En esta nueva entrega, exploramos la raíz de una de las disciplinas más antiguas de la historia de la humanidad.El Pensador fue originalmente imaginada por Rodin como una representación del escritor italiano Dante Alighieri contemplando sus escritos bajo el título “El Poeta”.Archivo particularNo es extraño que algunas personas, especialmente los niños —por no mencionar algunos animales— se queden estupefactos ante los espejos. La imagen reflejada de sí mismo, a una distancia aparentemente similar a aquella de la cual estamos del espejo, es difícil de descifrar.

¿En dónde está la imagen? ¿En del espejo? (¡qué difícil es la cotidiana expresión “estar en…”!) ¿Detrás de él?

¿Está en nosotros, en el ojo, una mera perspectiva? ¿Todo es una mera perspectiva?

Es este un problema en cierta forma tonto, sin haber práctico, pero inténtese responder a estas preguntas sobre un fenómeno tan cotidiano como la imagen reflejada. ¿Por dónde cogemos la pregunta, por dónde la abordamos?

Las preguntas para las cuales no sabemos qué dirección tomar para buscar una respuesta se llaman preguntas filosóficas. Normalmente tenemos idea de dónde mirar para responder la mayoría de nuestras interrogantes, así no tengamos las respuestas a la mano: sabemos que la temperatura del lado oscuro de la Luna se ha de conocer con un sofisticado termómetro; que la raíz cuadrada de 749 requiere de seguro lápiz y papel, si no una calculadora; que la cura del cáncer —si es que la hay— la encontraremos antes en la biología molecular que en la alquimia.

Pero hay problemas en los cuales simplemente no sabemos en dónde comenzar a escarbar.Le puede interesar: La filosofía como antídoto de la vida cotidianaLos antiguos eran adeptos a estos problemas, no por una afición endémica a la filosofía, sino porque estas preguntas circunscribían y determinaban el marco de sus prácticas y creencias, como por ejemplo esta: ¿es posible conservar reliquias de los antiguos héroes? Estoy pensando en el hermoso problema filosófico de la Nave de Teseo.

Cuenta la historia que cuando Teseo volvió a su patria luego de matar al Minotauro, su regreso fue a tal punto exaltado como una hazaña que su embarcación se puso en la cima de una montaña como objeto de veneración para las generaciones venideras. Con el tiempo, paulatinamente, cada parte de la nave se pudrió y debió ser reemplazada, al punto que en algún momento surgió la pregunta: ¿es la misma nave con la que surcó el océano el hijo de Egeo?

Aristóteles, a raíz de este problema, desentrañó una faceta poco comprendida de la forma en que funciona nuestro concepto de mismidad: para hablar de la misma cosa es preciso que en medio de las modificaciones haya algo que permanece, de lo contrario hablamos de aniquilación y creación de algo nuevo, no de mismidad. No se trata sólo de una paradoja lógica.

El problema que se debatía acá era el de la identidad. Por más escéptico que se sea con los problemas filosóficos, la identidad de la nave de Teseo nos atañe.

¿Somos los mismos de cuando éramos niños? Todas nuestras células se han renovado cientos de veces desde entonces.

¿Soy entonces Roberto? Las preguntas que nos hacemos, y los marcos dentro de los cuales nos las hacemos, no son separables.

Lo mismo vale para las descripciones, las explicaciones de los hechos y de nuestra propia cognición: encierran modelos en términos de los cuales se llevan a cabo esas descripciones y esas explicaciones. No preguntamos en el vacío; no hay visiones desde “ningún lugar”, espacios privilegiados por su “objetividad”, su neutralidad.

Un ejemplo lo ofrece la idea de los antiguos griegos sobre las estrellas en el cielo nocturno. Por un tiempo se creía que eran perforaciones en una bóveda de plata que en la noche se interponía entre el Sol y la Tierra.

Qué extraños debieron ser puntos que no se movían al unísono con los demás. La idea de la bóveda perforada hizo que les dieran otro nombre: planetas, πλανήτης, literalmente puntos errantes.

Puede que los antiguos vieran lo mismo que nosotros al levantar la cabeza hacia el cielo nocturno, pero sus observaciones estaban guiadas por un marco de referencia muy disímil. Es posible incluso decir que quienes ven huecos en una bóveda de plata y quienes divisan estrellas en el vasto espacio vacío no “ven” en realidad lo mismo.Le sugerimos: “La filosofía nos permite equivocarnos de manera más inteligente”: Pablo R.

ArangoAlgunos de esos sistemas de lentes-categorías a través de los cuales concebimos lo que nos rodea, los modelos o estructuras básicas dentro de los cuales “percibimos” el mundo, han estado con nosotros desde que somos humanos; otros parecen ir y venir con las modas. A la primera clase pertenece nuestra disposición a ver el mundo —y sobre todo a las personas— como un compuesto de sustancias materiales e inmateriales.

Somos, lo creemos con facilidad, un espíritu atrapado dentro de un cuerpo, la visión que el filósofo Gilbert Ryle llamó “el fantasma en la máquina” y que en la tradición filosófica se ha llamado “dualismo”. En el año 2004, los psicólogos Jesse Bering y David F.

Bjorklund, investigando las creencias de los niños sobre la muerte, idearon un experimento en el cual un grupo de niños presenciaba una representación teatral de títeres en la cual un cocodrilo engullía a unos ratoncitos que andaban por el bosque. Luego de la pequeña obra de teatro, le hicieron a los niños preguntas como “¿Los ratoncitos tienen hambre dentro de la panza del cocodrilo?”, “¿Sienten deseos de ir a casa, extrañan a su madre?”.

Increíblemente, los niños contestaron a la primera pregunta con un rotundo “no”, y a la segunda con un “sí” igualmente contundente. Es decir, entendían que los personajes engullidos no tenían estados biológicos como el hambre, pero sí estados psicológicos como deseos.

Incluso los niños de tres años —especialmente ellos— eran capaces de cognición desacoplada, el poder concebir de manera separada los estados psicológicos de los puramente corporales. Eran dualistas naturales, algo que Descartes ni se inventó ni tuvo que plantar en nuestro sistema de creencias.

Por el otro lado, están las nociones que varían en términos de tiempo relativamente corto, como nuestra visión del futuro por ejemplo, hoy mucho más sombría que hace cincuenta años. Esa red de conceptos dentro de los cuales preguntamos y pensamos es increíblemente compleja.

Poco sabemos de ella de manera explícita. La filósofa Mary Midgley en un bello texto llamado “Plomería Filosófica” comparó ese entramado conceptual con la maya de tubos y cables que nos rodea en cualquier edificio.

Abrimos la llave y esperamos que el agua salga; sólo cuando no lo hace es que nos preguntamos ¿cómo van los tubos en la pared? ¿Dónde estarán los planos?

Nos movemos sobre estas nociones como sobre un barco que nunca podemos llevar a puerto seco para su reparación; no hay caso de poner nuestras nociones en pausa y seguir con nuestras vidas. La filosofía se ocupa de esos “planos”, de esos “tubos” por donde se mueven nuestros conceptos.

Esta actividad, dice el filósofo Isaiah Berlin, socialmente peligrosa, intelectualmente difícil, a menudo dolorosa e ingrata, despreciada con agresión por parte de gente que cree que vive sin necesidad de nociones y perspectivas, gente “práctica”, es la filosofía…y en el fondo su meta es siempre la misma: ayudar a los seres humanos a comprenderse a sí mismos para actuar a plena luz del día en vez de salvajemente en la oscuridad.1Siga leyendo: “Retrotopía”, la epidemia de la nostalgia: Bauman y el auge de la ultraderecha en el mundo1 Berlin, isaiah,Conceptos y Categorías, FCE, México, 1983, pg. 42.