La catástrofe complica los planes de Trump en Venezuela y lo enfrenta a María Corina Machado

El experimento de Donald Trump en Venezuela era una de las intervenciones más originales y exitosas de Estados Unidos en América Latina. Un problema estratégico enorme se había convertido, desde el 3 de enero, en una fuente de soluciones.
El país con las mayores reservas de petróleo del mundo, que durante décadas sirvió a los intereses de China, Rusia y Cuba, que se había convertido en un nodo de estructuras criminales y en la fuente de un éxodo de ocho millones de personas, pasó a hacer todo lo que Trump pedía. Venezuela dejó de expulsar gente, cortó vínculos con los rivales estratégicos de Estados Unidos y se alineó por completo.
Desmontó toda la estructura regulatoria que había destruido la inversión privada y pavimentó el camino para que empresas estadounidenses volvieran a invertir en petróleo, minería y electricidad. Las refinerías del golfo de México, diseñadas para el crudo pesado venezolano, volvieron a recibirlo como antes.El plan de Trump constaba de tres fases.
Primero, garantizar el orden luego de la captura de Nicolás Maduro y la decapitación violenta del régimen. Después, reactivar la economía.
Y recién entonces avanzar hacia una democratización. La pieza central era Delcy Rodríguez.Trump no quería esperar una transición democrática larga, incierta y caótica.
No quería ver cómo un nuevo gobierno intentaba penetrar una estructura estatal que funciona más con lógica criminal que institucional. Delcy le ofrecía control, rapidez y capacidad de ejecutar.
Conoce cada recoveco del régimen y sabe que Estados Unidos puede hacerle lo mismo que a Maduro si deja de obedecer.Ese era el corazón del experimento trumpista: mantener intacta la maquinaria chavista, pero ponerla a trabajar para Washington. La catástrofe destruyó la premisa básica del plan.
Desnudó la devastación que el chavismo dejó sobre la infraestructura urbana, sanitaria y productiva. Y mostró que el régimen no era garantía de orden, sino parte central del problema.En 2005, sismólogos japoneses le advirtieron a Hugo Chávez que en La Guaira y al norte de Caracas podía producirse una tragedia enorme en caso de terremoto.
Le dijeron que podía haber hasta 20.000 muertos y le ofrecieron un plan para reducir drásticamente el daño. Chávez lo ignoró.
Y en 2012 inauguró viviendas en Catia La Mar que se derrumbaron el 24 de junio porque no reunían condiciones mínimas de seguridad.Eso explica la desesperación del chavismo por contener el relato. No sobre su responsabilidad en el sismo, que es un hecho de la naturaleza, sino sobre su responsabilidad en lo devastadoras de sus consecuencias.Se rompe el pacto con DelcyHasta la semana pasada existía entre muchos venezolanos un pacto tácito.
Delcy Rodríguez era tan responsable como Maduro, pero muchos aceptaban tragarse ese sapo porque creían que podía ser el instrumento de una normalización gradual. No la querían.
La toleraban.Eso se terminó. El terremoto, junto con las más de 58.000 edificaciones afectadas según relevamientos de la NASA, rompió ese pacto.
Afloró primero desesperación, después angustia y finalmente furia. Contra militares y fuerzas de seguridad que al principio no aparecieron y luego aparecieron para obstaculizar rescates, controlar a la población y, en algunos casos, saquear.Con ese quiebre social, Delcy deja de ser garantía de estabilidad y pasa a ser una apuesta cada vez más peligrosa para Trump.
Pero la Casa Blanca parece no registrar que el 24 de junio fue un parteaguas tanto o más importante que el 3 de enero. Ante el debilitamiento de la dictadora encargada, no replanteó el plan: la apuntaló.
John Barrett, encargado de negocios, lideró la respuesta, elogiando la gestión venezolana frente a una tragedia cuyas evidencias muestran lo contrario. Es que Trump no tiene plan B en Venezuela.Machado, sin rumboLa tragedia dejó también sin estrategia a María Corina Machado.
Desde el 3 de enero hacía un trabajo paciente: tragó saliva, dejó de insistir con el reconocimiento inmediato de la victoria electoral de Edmundo González en 2024, aceptó de hecho a Delcy como autoridad provisional y trató de convertirse en interlocutora indispensable para la tercera fase del plan.Machado creía que, por su legitimidad popular y la necesidad de una normalización seria para atraer inversiones, Trump tarde o temprano iba a aceptarla. Pero el terremoto terminó con esa paciencia.Ahora enfrenta un dilema casi imposible.
¿Qué hace frente a la mayor tragedia natural sufrida por los venezolanos después de 27 años de tragedia política, económica y social? ¿Sigue afuera, en reuniones con empresarios y diplomáticos, y se arriesga a quedar arrasada por la furia contra el régimen?
¿O intenta volver y se expone a ser acusada de montar un show político y a quedar enfrentada con Trump?Intentó regresar al menos dos veces, primero desde Curazao y luego desde Panamá. En ambas ocasiones, el régimen cerró el espacio aéreo para impedírselo.
¿La decisión la tomó Delcy o Trump? Desde Washington se emiten señales contradictorias.
Algunos de sus voceros informales difunden la idea de que el intento de regreso de Machado era mezquindad política. Pero otros aseguraron el jueves al Wall Street Journal que Trump habló con Delcy el viernes para pedirle que permitiera el regreso de Machado.En cualquier caso, una transición ordenada y negociada hoy parece mucho más improbable que antes.
El horizonte se parece menos a Chile o a Brasil y bastante más a Haití: un país devastado, atravesado por la furia, con un Estado colapsado y una dirigencia barrida. El terremoto no solo destruyó miles de edificios.
También destruyó la ilusión de que el chavismo sometido podía servir como puente hacia una normalización.
Información de El Cronista. Edición y redacción: Noticias Today.
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