Cien años del nacimiento de Marilyn Monroe: Una visión desde el teatro

Me aventuraría a asegurar que el 1.° de junio de 2026 el mundo entero hizo una parada obligada, para recordar el primer centenario del nacimiento de la mítica actriz norteamericana Marilyn Monroe. Pero, ¡tranquilidad!, no hablaré de cine, que no es lo mío, sino de la pieza en dos actos After the Fall (Después de la caída), escrita por el afamado dramaturgo Arthur Miller, y su puesta en escena en Costa Rica.
Desde que este título de Miller se estrenó en Estados Unidos en 1964, los críticos y cronistas coincidieron en ver en los personajes Quentin y Maggie de After the Fall, los alter ego de Miller y Monroe. El filólogo y traductor costarricense Cristián Rodríguez, quien comentó el montaje aquí, participaba, al parecer, de esa misma apreciación. (Un paréntesis: Rodríguez consideraba a Marilyn “una soberbia actriz, que pocos reconocían como tal”).
Miller, como es de público conocimiento fue el último esposo de Marilyn Monroe. Se habían casado a mediados de 1956 y se divorciaron en los inicios de 1961.
La actriz falleció a comienzos de agosto de 1962, dejando una nebulosa de preguntas y conjeturas y la mesa servida para el nacimiento de su mito.El dramaturgo expresó en el prólogo de su pieza que: “Esta no es una obra sobre algo; he querido que sea algo en sí misma. En primer lugar, es una manera de mirar al hombre y a su naturaleza humana como la única fuente de violencia que se acerca cada vez más a la destrucción de la raza”.
Y el título, After the Fall, haría alusión –según las palabras de Quentin, cerca del final de la obra– a ese punto sin vuelta atrás relatado en Génesis, 3: 7, una vez que la primera pareja comiera del fruto prohibido; o sea, “después de la caída”, como se ha escuchado repetir a través de los siglos.En esta importante pieza de la producción de Miller se han destacado también notorias conexiones con la novela de Albert Camus, La caída, en la cual el monologuista (Jean-Baptiste Clemence), revisando su actuar en la vida, escarba en sí mismo los argumentos para su propia exculpación; aunque concluirá al final de su extensa perorata que “siempre será demasiado tarde”, porque nunca hay una segunda vez. En el caso de After the Fall, el dramaturgo reconoce que en esta propuesta asistimos a un juicio, el de Quentin, un hombre llamado a rendir cuentas de sus valores y sus actos, ante su propia conciencia.
Miller subrayó que es Quentin mismo, quien –situado al filo del abismo–, repasay sopesa “su experiencia, su naturaleza y su tiempo” buscando un poco de luz, y “fuera de toda inocencia, prevenirse por siempre contra su propia complicidad con Caín y la del mundo”.El 3 de junio de 1970, The Little Theater Group of Costa Rica estrenó la obra citada, en el Teatro Nacional, producida por Roberto Fábrega, dirigida por Henrietta Jordan, con la asistencia de Kathy Knight, acompañadas por un numeroso equipo de trabajo. El meritorio elenco lo componían unas 18 personas, entre las cuales destacaban Patrick Oxenham, en el papel de Quentin y Georgia Knauth como Maggie.
La obra transita entre un pasado recordado por Quentin, en el primer acto, a un “aparente” presente junto a Maggie, en el segundo. En el programa de mano se incluyeron las reflexiones de Howard Taubman, crítico y comentarista de culturales del New York Times, quien indicó, entre otras cosas: “La larga e hiriente relación entre Quentin y Maggie, la excitante y popular actriz que irremediablemente será comparada con Marilyn Monroe, es descrita con la ternura y angustia que esta relación significó para ambos.
After the Fall es un drama lleno de sufrimiento, y también la obra más madura de Arthur Miller”. Cristián Rodríguez, se refirió a la pieza y al montaje, al que calificó de “brillante” y de “esfuerzo inaudito” del grupo.
Se permitió sugerirle a quien asistiera a ver la obra y quisiera “sacarle todo el jugo”, así como disfrutar de su gran valor estético, que comenzara por “renunciar a su experiencia en el teatro tradicional y convencional, pues de poco le servirá”. Y es que los personajes viven, sin un orden específico, solo en la imaginación de Quentin –quien sostiene la pieza de principio a fin–.
Por lo tanto, no puede esperarse de ellos un actuar coherente y con cierta “lógica”, porque son seres como hechos “de los sueños”. Solo se sabe que han existido en un pasado, o en un presente impreciso y borroso.
El tiempo, por consiguiente, es también el de la mente y el recuerdo: no responde a ninguna regla. En cuanto a Maggie, aunque aparece en el acto primero, cuando han desfilado prácticamente todos los otros personajes del recuerdo, es en el acto segundo donde adquiere mayor significación y se revelará en toda su fragilidad, farmacodependencia, difícil relación sentimental y vital y en su complejidad psicológica (“atrapada en la tela de araña de sus demonios”, como lo indicará una acotación).
La relación se irá deteriorando a lo largo de este segundo acto hasta terminar en una irreversible devastación emocional y física, como lo resume Quentin: “¡Maggie…, nos hemos consumido mutuamente!”. La forma –novedosa aún en aquel momento– de plantear el desarrollo de los “acontecimientos” o pequeños cuadros, en una atmósfera cuasi onírica y la sugerencia del dramaturgo en relación con un ideal de escenario “formado por tres planos cuya altura aumenta a medida que va hacia el foro, y que cruzan en línea curva desde un lado del escenario al otro” (lo cual debía resolver el escenógrafo, el artista plástico Max Rojas), la tornaba muy compleja de llevar a las tablas; razón por la cual Rodríguez indicó que “cualquier pero que un crítico severo pudiera señalar, queda disimulado ante la empresa de poner en escena una obra sumamente difícil y que exige la colaboración profesional de muchos y consumados artistas”.
Por demás, elogió el desempeño actoral del grupo, sin dejar de destacar el de Oxenham (Quentin) y de Knauth (Maggie) “tan bella de alma como de cuerpo”.
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
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