El miércoles pasado yo estaba en Argentina cuando me enteré de la terrible noticia: un doble terremoto había sacudido a Venezuela. Sentí un dolor profundo por quienes lo perdieron todo, por las familias buscando a sus seres queridos bajo los escombros.

Y, junto a ese dolor, un alivio enorme cada vez que las noticias confirmaban que habían rescatado a alguien con vida. Esa mezcla de angustia y esperanza me acompañó varios días, incluso a la distancia.

Ya de regreso en Panamá, mientras cenábamos en familia, Clara, mi hija de 8 años, se quejó porque el tomate de su plato no le gustaba, que estaba muy maduro, que prefería otro color. Y ahí, sin planearlo, sentí que era el momento perfecto para hablarles a mis hijos de lo que estaba pasando en Venezuela y de lo agradecidos que debemos estar por todo lo que tenemos.

Como padres, muchas veces sentimos la tentación de proteger a nuestros hijos de las malas noticias del mundo. Pensamos que, si no hablamos de ello, no les afecta.

Evitar ciertos temas no los protege; los deja solos con preguntas que no saben cómo procesar si escuchan o se enteran de las noticias por otro lado. Hablar de los desastres naturales con nuestros hijos no es sencillo, pero es necesario.

Algunas ideas que a mí me han funcionado en casa: Palabras sencillas y honestas. No hace falta entrar en detalles que generen más angustia, pero tampoco hay que mentir.

Podemos decir algo como: “La tierra se movió muy fuerte en Venezuela y muchas casas se cayeron. Hay personas heridas, otras que perdieron a sus familiares y muchísimas trabajando para ayudar.” Permitirles preguntar, aunque no tengamos todas las respuestas.

Los niños procesan el mundo a través de preguntas. “¿Por qué pasan los terremotos?”, “¿eso nos puede pasar a nosotros?”. No siempre tendremos una respuesta perfecta, y está bien decir: “No lo sé con certeza, pero esto es lo que sí sabemos”.

Lo que más necesitan no es una explicación científica completa, sino sentir que pueden hablar del tema sin que los callemos. Exponerlos, con medida, al dolor ajeno.

No se trata de mostrarles imágenes crudas, sino de ayudarles a entender que existe sufrimiento en otras partes del mundo y que eso debe movernos a la compasión, no a la indiferencia. Un niño que aprende a sentir empatía por quien sufre lejos crece siendo un adulto más sensible y solidario.

Aprovechar el momento para agradecer. Fue justo lo que hice con Clara frente al tomate “feo” de su plato.

Le expliqué que, mientras en Venezuela hay niños sin casa, agua ni comida, nosotros tenemos un plato lleno, una cama calientita y una familia sana. No para hacerla sentir culpable, sino para que entendiera el privilegio que representa algo tan simple como una cena en familia.

Vivimos en un país que, comparado con muchos en la región, goza de estabilidad, paz y baja exposición a desastres naturales de esta magnitud. Panamá no está exenta de riesgos, pero hoy podemos mirar lo ocurrido en Venezuela y reconocer cuánto tenemos que agradecer: salud, techo, familia y la posibilidad de dormir tranquilos.

Y más allá de la gratitud, tenemos la oportunidad de enseñarles a actuar: una colecta en el colegio, una donación en familia, una oración antes de dormir por las familias venezolanas. Pequeños gestos que les enseñan que el dolor ajeno también nos pertenece.

Porque criar hijos empáticos, agradecidos y conscientes del mundo que los rodea también es parte de nuestra labor como padres. Y a veces, las lecciones más importantes llegan justo frente a un plato de comida, mientras el mundo, a unos cuantos kilómetros, todavía tiembla.

La autora es pediatra.