Opinión | La conservación y la paz no se compran, se acuerdan

Ahora que Colombia está ad portas de un cambio en su conducción política, vale la pena reflexionar sobre uno de los grandes desafíos que trascienden los gobiernos: consolidar una visión de país en la que la conservación y la construcción de paz dejen de caminar por separado y sean una misma apuesta.La conservación y la paz no se compran, se acuerdan.Fundación NaturaEl conflicto armado colombiano nunca fue ajeno a nuestra biodiversidad. Muchos de los territorios con mayor riqueza biológica y cultural fueron escenarios de disputa armada, economías ilegales y presencia institucional débil.
Esto no es casualidad. La degradación ambiental y la fractura del tejido social han sido, con frecuencia, expresiones de una misma historia de violencia.
Por eso, construir paz no se trata solo de silenciar las armas, también significa crear condiciones para una vida digna y reconstruir las relaciones entre las comunidades, los territorios que habitan y las instituciones que los acompañan.Pronto se cumplirán diez años del Acuerdo de Paz y aunque seguimos lejos de alcanzar muchas de sus metas, esta década deja aprendizajes valiosos. Uno de ellos es que no existe paz sostenible allí donde los ecosistemas se degradan y los medios de vida desaparecen.
La experiencia demuestra que la conservación solo se sostiene cuando quienes habitan los territorios participan desde sus propias estructuras de gobernanza, son reconocidos como cuidadores y confían en las instituciones. Lo invitamos a leer: Las guardianas del bosque, fórmula para el bienestar económico y la conservación.En distintos lugares del país, la conservación ha demostrado ser un camino para construir paz.
Los acuerdos voluntarios de conservación, individuales y colectivos, han permitido que comunidades campesinas, pueblos indígenas y consejos comunitarios, definan compromisos para proteger los ecosistemas de los que depende nuestro bienestar. Más que acuerdos para conservar, han sido acuerdos para fortalecer la organización social, reconocer las formas propias de gobernanza y crear condiciones favorables para una paz duradera.Ese ha sido uno de los mayores aportes del Pago por Servicios Ambientales (PSA) en territorios históricamente afectados por el conflicto.
Su poder no está en los incentivos económicos, sino en la capacidad de convertir la conservación en acuerdos sociales. En realidad, representa una de las expresiones más sólidas de cómo la conservación puede articular biodiversidad, desarrollo rural, participación comunitaria y construcción de paz alrededor de un mismo propósito.
Porque la conservación y la paz no se compran, se acuerdan. Las apuestas más valiosas son aquellas que sobreviven a los gobiernos porque responden a desafíos estructurales del país.
La paz y la conservación son dos de esos desafíos. En un momento de transición política, el mayor compromiso no debería ser empezar de nuevo, sino profundizar en aquello que ha demostrado que es posible construir confianza, fortalecer los territorios y cuidar la biodiversidad.
Porque allí donde las comunidades tienen las condiciones para cuidar su territorio, también se fortalecen sus organizaciones, se amplían sus oportunidades y construyen paz. Que esa convicción siga guiando las decisiones del país será, quizá, una de las mejores formas de honrar lo aprendido en esta última década.
Información de El Espectador (Colombia). Edición y redacción: Noticias Today.
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