Sobrevivientes de los terremotos en Venezuela luchan contra la precariedad de los albergues

Edificios marcados con la “D” de la muerte, el final luego de los devastadores terremotos en VenezuelaCómo el gobierno de Venezuela dificulta la cobertura periodística en la zona cero de los terremotosDaniela Armas hace fila para recibir un sánduche de jamón y queso y una manzana. Desde los mortales terremotos en Venezuela, conseguir alimentos se ha convertido para ella en una “lucha” en el albergue improvisado donde se encuentra.Comida, agua, ropa, medicinas… Donantes privados han enviado un sinfín de donativos al estado La Guaira, la zona cero de los dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 que causaron casi 2.000 muertos el 24 de junio.El Polideportivo José María Vargas, cerca del aeropuerto internacional de Maiquetía parcialmente cerrado por los destrozos, se convirtió en el hogar de Armas y otras 1.700 personas más que pernoctan desde el día siguiente de los temblores que redujeron a polvo edificios completos.PUEDES VER: Venezuela sigue los rescates a 7 días de los terremotos, sin actualizar número de desaparecidosPero a esta vendedora de 18 años dormir a la intemperie en un colchón le “da miedo”.
Toma turnos de algunas horas de sueño con su novio cada noche para salvaguardar sus pocas pertenencias, y cuidarse ellos mismos.“Ayer se entraron a golpes, todo es una locura aquí, por eso es mejor evitar problemas”, considera.El día a día, confiesa, lo pasa “luchando por la comida”. “Aquí dan provisiones, pero a veces se matan por la comida (…), esto es como una gallera”, cuenta a la AFP al recibir su plato después de hacer una larga fila.En ese “asentamiento provisional”, como lo llaman los oficiales que custodian el área, gastados colchones y carpas desteñidas están desplegados en un campo de fútbol de césped artificial. “Al principio era todo muy bien, pero después empezó una mala organización que primero los propios militares agarraban sus cosas y después nosotros las sobras”, se queja Yohana Álvarez, de 45 años.Un alto toldo los protege del sol de la costa, así como tiendas de campaña que acogen familias enteras.“A veces no comemos nada en el día, sino que vienen en la madrugada a darnos” alimentos, cuenta Albeth Chirinos, de 32 años, quien duerme con su madre sexagenaria en el piso. “Estamos aquí esperando que nos sigan apoyando”.Situación “crítica”Seis días después de los potentes terremotos, La Guaira se encuentra “en una fase de asistencia inmediata”, explica a la AFP Lia Poggio, jefa para Venezuela de la misión de la Organización Internacional de Migraciones (OIM). “La situación es bastante crítica”, asegura. La prioridad es “dar asistencia” y “que las personas puedan acceder a servicios de forma digna”.LEE TAMBIÉN: Países Bajos termina rescate en Venezuela ante menor posibilidad de hallar supervivientesMiles de personas se instalaron en estadios, canchas, plazas, incluso aceras, donde voluntarios brindan atención médica y les donan alimentos.“Tenemos que coordinarnos para no saturar lugares”, dice a la AFP Franco Chramosta, de la fundación Maniapure. “Estamos preparándonos para lo que viene, y lo que viene no es fácil”, avizora.
El gobierno contabiliza unos 16.000 damnificados por esta tragedia que, según la ONU, puede dejar un estimado de hasta 50.000 desaparecidos y casi siete millones de personas afectadas. “Corazón chiquito”En Catia La Mar, el foco de la asistencia humanitaria vira hacia quienes se salvaron del desastre. La zona está sumida en el silencio, sin socorristas que busquen más sobrevivientes.Las labores de rescate se tornan milagrosas en el estado costero, como la de un niño de tres años que había quedado sepultado bajo los escombros.
Hasta el martes, 6.461 personas fueron sacadas con vida en La Guaira. Camiones y pick-ups entregan sin horarios ni rutina desde agua embotellada hasta ropa y zapatos, que acaban apilados en las entradas de los asentamientos.“No me quejo, hay personas en peores condiciones que nosotros, que hasta perdieron la vida y su familia y yo estoy completo”, dice Darwin Rivas, un damnificado de 46 años, antes de quebrarse en llanto.
En el estadio de béisbol César Nieves, unas 200 personas instalaron toldos con retazos de tela y vigas corroídas. Perros y niños juegan libres, mientras sus padres están acostados en colchonetas adormecidos por el calor.
Helicópteros de socorristas internacionales sobrevuelan el área cada pocos minutos. Todos miran al cielo como un ritual.“Nosotros no estamos ahorita para ver de qué lado estamos, sino que somos sobrevivientes y de cualquier parte vamos a necesitar más ayuda”, dice Carolina Álvarez, una docente de 54 años.La tragedia le “pone el corazón chiquito”. “Estamos sacando fuerza de donde no tenemos”, asegura.
Información de El Comercio (Perú). Edición y redacción: Noticias Today.
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