Hay recuerdos que nunca abandonan la memoria. Quienes hemos vivido un terremoto sabemos que el miedo no termina cuando deja de moverse la tierra.

Después vienen el silencio, la incertidumbre, la búsqueda desesperada de los nuestros y el largo proceso de reconstruir no solo edificios, sino también la esperanza. Me tocó vivir esa experiencia mientras residía en México.

Vi de cerca el rostro de un país que conoce demasiado bien el dolor de los sismos. Una nación que ha sido puesta de rodillas en más de una ocasión por la fuerza de la naturaleza y que, no obstante, siempre ha encontrado la manera de levantarse.

México ha aprendido que, cuando la tragedia golpea, ninguna persona puede salir adelante sola. Sus terremotos han dejado miles de víctimas y profundas cicatrices, pero también han revelado lo mejor de su gente: ciudadanos convertidos en rescatistas, vecinos organizando centros de acopio, jóvenes formando cadenas humanas para remover escombros y personas llegando desde distintos rincones del mundo para tender una mano sin preguntar a quién pertenecía esa mano que necesitaba ser rescatada.

Por eso, es justo y necesario mirar atrás para agradecer profundamente a todos aquellos que, cuando México lo necesitó, no lo dudaron ni un segundo y ahí estuvieron. Gobiernos, organizaciones y ciudadanos comunes de diversas latitudes que cruzaron cielos y mares para remover piedras, llevar alimento o simplemente ofrecer un abrazo en medio del caos.

Ese apoyo incondicional quedó grabado en el corazón de una nación que jamás olvidará a quienes caminaron a su lado en la oscuridad. Esa experiencia me enseñó una verdad sencilla: la solidaridad no tiene nacionalidad.

También me demostró que, ante una catástrofe, no existen esfuerzos pequeños. La reconstrucción no depende de unos pocos héroes, sino de la suma de voluntades; todos, en mayor o menor medida, estamos llamados a colaborar con lo que esté a nuestro alcance.

Una hora de voluntariado, un kilo de arroz, unas monedas o la difusión de información útil; todo cuenta cuando se trata de aliviar el dolor humano. Por eso, hoy Venezuela nos necesita y la respuesta no puede medirse por el tamaño del aporte, sino por la grandeza del corazón que lo inspira.

En estos días, he visto a Panamá responder con esa generosidad silenciosa que tantas veces nos caracteriza. Algunos podrán pensar que nuestro gesto es pequeño frente a la magnitud del desastre que enfrenta un país hermano.

Yo pienso exactamente lo contrario. La solidaridad nunca se mide en toneladas de ayuda ni en cifras económicas.

Se mide en la decisión de no permanecer indiferentes. Se mide en la voluntad de compartir, aun cuando no se tiene abundancia.

Se mide en comprender que hoy es Venezuela quien necesita auxilio, pero mañana podríamos ser nosotros. Los latinoamericanos compartimos mucho más que un idioma o una geografía.

Compartimos una historia marcada por terremotos, huracanes, inundaciones, erupciones volcánicas y tantas otras pruebas que nos recuerdan nuestra vulnerabilidad. Pero también compartimos una extraordinaria capacidad para levantarnos juntos.

Cuando México sufrió sus peores terremotos, muchos países extendieron su mano. Entre ellos estuvo Panamá.

Hoy, cuando cualquier nación de nuestra región enfrenta una emergencia, la solidaridad vuelve a cruzar fronteras, porque así funcionan las familias: cuando uno cae, los demás ayudan a levantarlo. Esa es la verdadera fortaleza de América Latina.

No radica únicamente en sus recursos naturales ni en el tamaño de sus economías. Está en su gente.

En esa convicción de que el dolor ajeno también nos pertenece y de que ninguna frontera puede dividir la compasión. Los desastres naturales nos recuerdan que la vida puede cambiar en segundos.

También nos enseñan que la reconstrucción comienza mucho antes de colocar el primer ladrillo: empieza cuando alguien decide acercarse y decir: “No están solos”. Por haber vivido un terremoto en México, sé que quienes hoy, en Venezuela, reciban una caja de alimentos, una medicina, una manta o simplemente un mensaje de apoyo no olvidarán ese gesto.

Porque, cuando la tierra deja de temblar, son esos actos de humanidad los que permiten que un pueblo vuelva a ponerse de pie. Y, si algo distingue a Panamá, es que nunca ha sido un país indiferente frente al sufrimiento de los demás.

Esa solidaridad, aunque algunos la consideren modesta, tiene un valor inmenso. Porque, al final, los pueblos no se engrandecen por lo que poseen, sino por la capacidad de compartirlo cuando más se necesita.

La autora es abogada.