La revolución tecnológica alcanzó al teatro y a los conciertos. Lejos de ser una amenaza inevitable, la inteligencia artificial puede convertirse en una aliada si fortalece, y no sustituye, la creatividad y la conexión humana.

Esta es una nueva entrega de la serie “Abran puertas, que comience el espectáculo”.Armados con un holograma de su vocalista, quien falleció el 4 de septiembre del 2014, así como grabaciones de su voz y guitarra, Zeta y Charly interpretaron en vivo varios de sus temas más recordados. La sensación entre el público fue de gratitud, sorpresa y emoción.Páramo Presenta/Manuela UribeHace poco, en una entrevista, alguien del sector señalaba a la tecnología —la robótica y la inteligencia artificial (IA)— como el futuro ineludible del entretenimiento en vivo.

Y, si bien proyectar la tecnología y la IA es ya un lugar común en cualquier sector económico, en el de las artes escénicas resulta contradictorio, pues sus bases son la creatividad y la conexión presencial con el público, características esenciales del ser humano.Ahora bien, la creación a partir de la IA no es una novedad: ya llegó y se instaló. Dando por sentado un mínimo no negociable para que la IA funcione —respetar las fuentes y los derechos de autor de quienes crean—, resulta inevitable preguntarse: ¿cómo cambiará esto al espectáculo en vivo?

¿Deben los espacios prepararse para integrar experiencias inmersivas enriquecidas con robótica e inteligencia artificial?El último jueves de mayo fui a un show en el que, luego de algunos minutos, no sentía completa esa conexión con el escenario: Ecos de Soda Stereo. Fue, más bien, un intento de sincronizar la reconstrucción digital del grande y único Gustavo Cerati con la puesta en escena de Charly Alberti y Zeta Bosio, en medio de un público nostálgico.

La experiencia dejó aprendizajes: rostros de asombro, otros de desconcierto y, en general, una bruma de añoranza en un auditorio grato que se esforzó por rendir homenaje a quien le regaló a la humanidad mucho más que el mejor momento del rock en español.Mientras tanto, del otro lado del planeta, algo similar, aunque distante en sus resultados, ocurre desde 2022 en el Reino Unido. Se trata de ABBA Voyage, que, bajo la etiqueta de “teatro inmersivo”, ofrece una residencia de conciertos virtuales.

Allí se construyó un recinto exclusivo para tres mil personas: el ABBA Arena, diseñado milímetro a milímetro para que la ilusión tuviera efecto.Tardaron años en capturar cada gesto, paso y postura de los cuatro integrantes de ABBA para construir sus avatares digitales, a los que llamaron los “ABBAtars”, acompañados por una banda en vivo de diez músicos que toca cada noche para que la música tenga cuerpo sobre el escenario.Si bien no he tenido la oportunidad de presenciarlo, sus reseñas muestran que ha mantenido una gran acogida durante cuatro años, con más de tres millones de asistentes y altos niveles de ocupación, lo que ha permitido recuperar progresivamente la inversión inicial de £141 millones.Pero no son los únicos. En Las Vegas existe, desde 2023, Sphere, la arena con la experiencia inmersiva más ambiciosa: capacidad para 20.000 personas, una pantalla LED interior que envuelve al auditorio por completo y un sistema de audio con 167.000 canales de amplificación.

Aunque su construcción superó los dos mil millones de dólares, en 2025 generó más de mil millones en ingresos.Su viabilidad financiera se confirma con la construcción de una segunda Sphere en Abu Dhabi y los planes para una tercera, de menor escala, en National Harbor, Maryland. Eso sí, la inversión ha exigido artistas capaces de sostener meses de presentaciones.

El recinto ha contado con U2, Eagles, Metallica y, en la actualidad, Backstreet Boys, cuya convocatoria desborda al público local y atrae visitantes internacionales de manera constante.A diferencia de los espectáculos que apelan a la nostalgia, aquí la tecnología no suple la ausencia del artista; por el contrario, lo exalta, lo amplifica y lo hace aún más presente.Todo esto reafirma que la escena está mutando. Y, cuando algo cambia, así como una corriente encuentra un nuevo cauce, inevitablemente nos aferramos a aquello que nos ha vinculado con ese movimiento.

En el caso de la música en vivo, hay algo que difícilmente soltaremos: su capacidad de unirnos.Primero, a quienes están sobre las tablas, en ese pequeño universo en el que artistas e instrumentos se hacen uno para convertirse en música. También a quienes sentimos, coreamos o cantamos al unísono, como si fueran novecientas, nueve mil o cuarenta mil personas, como si nos convirtiéramos en una sola célula bajo el ropaje de un mismo escenario.Esa misma fuerza del encuentro ha demostrado que puede convivir con lo nuevo.

Basta recordar la sensación que surgió después de la pandemia: ese impulso por reencontrarnos y abrazar al otro, el mismo que impulsó el auge de la industria y disparó la venta de boletería.Aunque existe un recelo natural frente al cambio, permanece la confianza en la capacidad creadora. Las herramientas tecnológicas no la espantarán; por el contrario, pueden generar una experiencia más integral gracias a su capacidad inmersiva, que ya se convirtió en un segmento del sector con vocación de crecer, siempre que se logren cerrar las brechas tecnológicas.

Resistirse a ese avance no parece una opción.El punto está en saber utilizarlas para impulsar la creación y preservar aquello que la tecnología, por sí sola, no logra replicar: ese vínculo místico y vivo entre el artista y su público, en el que ambos se reconocen en el otro.Porque, aunque sigamos existiendo dinosaurios que atesoramos ese momento del teatro en el que se siente el crujir de las tablas, cuando el auditorio retiene el aliento y las bailarinas preparan sus pasos; o ese instante en que las partituras parecen danzar con el paso solemne, contenido y tranquilo de cada página, también existe un público que busca extasiarse con lo más extremo de la tecnología para alcanzar experiencias más emocionantes.Sin duda, la escena cambió y el sector ya asumió el reto de empezar a adaptar los espacios culturales. En Colombia hacemos un llamado para que se asuma la tarea de dotarlos con las herramientas suficientes que permitan cautivar tanto a quienes atesoramos las experiencias más tranquilas, nutridas por silencios espaciados que funcionan como preámbulos sagrados, como a quienes esperan sentir el corazón acelerado en medio de una realidad artificial que eleva digitalmente a sus artistas.El futuro ya está aquí.

La planeación del sector debe abrazar lo que siempre ha sostenido la escena: sus creadores y su público, un público que cambia y ya no espera.