“Si no te gustan las puertas, no puedes trabajar aquí”, dice uno de los guardianes del centro de detención del Tribunal Penal Internacional (TPI), después de que se hayan abierto y cerrado un buen número de ellas. Como el resto de sus colegas, no lleva armas de fuego o pistolas eléctricas.

Tampoco porras. Solo un dispositivo portátil que le permite pedir refuerzos si hay problemas.

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