Buscamos talento con el mapa equivocado

Las empresas de todo el mundo repiten el mismo diagnóstico: no hay talento. Pero quizás el problema sea otro.Según los estudios globales de ManpowerGroup, cerca de siete de cada diez organizaciones declaran tener dificultades para encontrar personas con las habilidades que necesitan.
El fenómeno se repite en economías desarrolladas y emergentes, en industrias tecnológicas y tradicionales. La escasez de talento aparece sistemáticamente entre los principales obstáculos para el crecimiento.La explicación habitual apunta a la velocidad del cambio tecnológico o a la falta de formación en nuevas habilidades.
Pero cuando uno mira el problema con más detenimiento aparece una pregunta incómoda: ¿de verdad estamos frente a una escasez de talento, o frente a un sistema que no lo está produciendo?Una pista aparece cuando observamos cómo se forman las personas desde el inicio. Diversas evaluaciones internacionales muestran que una proporción significativa de estudiantes tiene dificultades para integrar conocimientos, resolver problemas complejos o pensar creativamente.
No se trata de falta de inteligencia ni de esfuerzo individual. Es, en gran medida, el resultado de cómo están diseñados los sistemas de aprendizaje.Durante décadas organizamos la educación en compartimentos estancos: matemática por un lado, historia por otro, ciencias en otro espacio distinto.
Cada materia con su programa, su examen y su lógica propia. El conocimiento se fragmenta en partes que rara vez vuelven a conectarse.Ese modelo tuvo sentido durante mucho tiempo.
El mundo industrial se construyó sobre la especialización. La eficiencia se lograba dividiendo los problemas en partes cada vez más pequeñas y asignando cada fragmento a un especialista.El problema es que el mundo dejó de funcionar así.Hoy la mayoría de los desafíos relevantes —desde la innovación tecnológica hasta la sostenibilidad o la productividad— atraviesa múltiples disciplinas al mismo tiempo.
Resolverlos requiere conectar ideas, integrar información y detectar patrones entre áreas aparentemente desconectadas.Y aquí aparece una paradoja interesante.Mientras el mundo exige cada vez más pensamiento sistémico, seguimos entrenando a las personas para pensar de manera fragmentada.Las organizaciones no son ajenas a esa lógica: de hecho, muchas veces la profundizan. Dividimos el trabajo en departamentos que optimizan sus propios indicadores, separamos funciones en silos y diseñamos procesos que fragmentan los problemas, mientras pedimos a las personas que se especialicen cada vez más en una parte específica del sistema.Durante gran parte del siglo XX esa estrategia fue extraordinariamente eficaz.
Desde el fordismo hasta los modelos modernos de gestión, el paradigma dominante de la eficiencia fue la división del trabajo. Pero el contexto empieza a cambiar.En un mundo donde la inteligencia artificial puede ejecutar tareas especializadas con enorme velocidad y precisión, el valor humano empieza a desplazarse hacia otro lugar: la capacidad de conectar ideas, saltar entre dominios distintos, identificar patrones, cuestionar supuestos y construir nuevas analogías.
Es decir, exactamente lo contrario de la fragmentación.La eficiencia del siglo pasado premiaba la ultraespecialización. La eficiencia del siglo XXI empieza a depender cada vez más de la capacidad de integrar.No obstante, seguimos buscando talento con el mismo mapa mental con el que organizamos la escuela y el trabajo durante décadas: personas que se enfoquen en un solo problema, en un solo proceso, en un solo dominio.Tal vez el problema no sea que falte talento, sino el sistema que continuamos usando para formarlo.
Información de El Cronista. Edición y redacción: Noticias Today.
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