IA y liderazgo educativo: innovar sin ceder el juicio pedagógico
La inteligencia artificial generativa entró a las escuelas chilenas más rápido de lo que el sistema fue capaz de deliberar. Pasó de curiosidad tecnológica a promesa de eficiencia pedagógica y apoyo a la gestión sin que medien protocolos, criterios institucionales ni formación específica para los equipos directivos.
El problema ya no es su presencia, sino su incorporación acelerada en un sistema atravesado por desigualdades estructurales, agobio docente y condiciones territoriales muy distintas entre sí.La discusión, asimismo, no se agota en el aula. La infraestructura y el control estratégico de la IA están concentrados en Estados Unidos y China: hablar de IA en educación es también hablar de dependencia tecnológica y soberanía pública.
Chile cuenta con una Política Nacional de Inteligencia Artificial actualizada en 2023, pero esa actualización no ha bajado al sistema escolar. Los establecimientos siguen sin planes de uso, sin criterios de evaluación y sin resguardos para los datos y la identidad digital de niños y jóvenes.La seducción es comprensible.
La IA resume información, apoya planificaciones y reduce tiempos administrativos. El problema aparece cuando esa ayuda empieza a sustituir el juicio profesional.
Una tecnología diseñada para asistir puede terminar vaciando el liderazgo educativo si docentes y directivos delegan en plataformas decisiones que exigen discernimiento ético, lectura del contexto y responsabilidad pedagógica.Los datos son elocuentes. Según la encuesta PULS 2024, de Global School Leaders y Fundación Chile, los líderes escolares destinan apenas un 32% de su tiempo a tareas pedagógicas; siete de cada diez directores reportan estrés por carga administrativa.
Solo el 35% ha recibido formación tecnológica y, aunque un 73% declara conocer la IA, un tercio de ellos nunca la ha utilizado. La brecha entre el discurso de innovación y la práctica revela un problema de condiciones institucionales, no de voluntad individual.Esa brecha se agrava en contextos de desigualdad.
Las escuelas con más capital profesional acceden antes a formación, mejores herramientas y tiempo para experimentar. Las de territorios vulnerados las incorporan de forma reactiva o inducida por ofertas externas.
La IA no democratiza por sí sola: puede ampliar oportunidades, pero también consolidar diferencias previas bajo un lenguaje de innovación.Desde una posición político-pedagógica, el liderazgo educativo no puede renunciar a disputar el sentido de la IA en la escuela. Eso exige tres movimientos: abrir deliberación informada con docentes, estudiantes y familias sobre alcances y riesgos; construir criterios institucionales para distinguir usos complementarios de usos sustitutivos del pensamiento y el juicio profesional; y formar capacidades críticas para que la IA no se convierta en atajo permanente ni en una nueva obediencia tecnológica.La cuestión no es prohibirla ni celebrarla ingenuamente, sino subordinarla a un proyecto educativo más humano y justo.
En escuelas como las del SLEP-El Pino, en La Pintana, esa decisión no es abstracta: define si la IA refuerza el trabajo docente o lo desplaza. Si el liderazgo se limita a administrar soluciones prefabricadas, otros decidirán por la escuela.
Si asume la tarea de orientarlas críticamente desde el territorio, todavía es posible evitar que la técnica desplace a la pedagogía. No se trata solo de saber usar la inteligencia artificial: se trata de saber cuándo no usarla, para qué decir que no y desde dónde sostener esas decisiones.*Nemesio Rodríguez es profesor de Estado en Educación General Básica, ganador del Global Teacher Prize Chile 2025.
Información de La Tercera (Chile). Edición y redacción: Noticias Today.
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