Hace 20 años conocí casualmente a Antonio Lehmann Struve (1934-2009) en el antiguo restaurante suizo Zermatt, en barrio Escalante. El encuentro fue apasionante; no nos conocíamos y él ignoraba que yo, siendo escritor y lector de toda la vida, estaba imbuido del mundo de los libros.

Comenzamos a conversar, como solo se le habla a un desconocido que nunca más se volverá a ver, en un lugar de paso y, con sinceridad, me confesó que no sabía cómo competir con la Librería Internacional. Es verdad que, ya para entonces, el apacible y amodorrado ecosistema editorial josefino había sido sacudido por la llegada del librero austríaco Hans Venier, en 1995, y por un concepto innovador en la comercialización del libro, que se plasmaría en una librería moderna como la Internacional.

Pero algo estaba pasando de modo inexorable en la sociedad costarricense, porque la marca Britt había revolucionado el consumo de café una década antes. Y eso que ocurría es lo que llamamos ahora globalización.

Los patrones de consumo cultural se habían sofisticado hacia nichos específicos del mercado, que, en el caso editorial, se alejaron del modelo de librería como depósito de volúmenes, tipo almacén, poco diversificado y de interés general, en que los mismos títulos se apilaban durante años. En aquella época, la rotación del libro era escasa, a diferencia de lo que sucede en el vertiginoso siglo XXI, y las librerías vivían de la temporada escolar.

Un resabio de aquel mundo perdido, que difuminaba los límites entre la librería y la papelería, es la oración que repiten algunos libreros actuales ante compradores despistados: “No se venden cuadernos”. Con el Mall San Pedro, abierto también en 1995, la oferta comercial se desconcentró del perímetro de San José hacia zonas periféricas, en un proceso irreversible que se había iniciado décadas antes y que afectó todas las prácticas de ocio, como las salas de cine históricas, que fueron sustituidas por la tecnología del video, luego por el devedé y, recientemente, por las plataformas.

La cultura escrita también fue desplazada, en favor del audiovisual y del consumo digital, y desaparecieron librerías como López, Valerín, Watson, Trejos, Acrópolis y La Casa de las Revistas. Por el contrario, una librería académica, orientada al público universitario, como Nueva Década, resistió la evolución del consumidor.

La presencia de un recién llegado en el mundo de los libros no fue muy bien recibida por los libreros tradicionales de San José, en su mayoría reticentes al cambio. Sí lo fue para los grupos editoriales internacionales que se establecieron en Costa Rica, como Alfaguara, que se adhirieron a un nuevo modelo que les ofrecía un mayor volumen de venta y otras condiciones económicas.

Lehmann Struve, quien años después moriría en circunstancias trágicas, era hijo del histórico librero e impresor Antonio Lehmann Ringwald, un editor visionario que publicó la obra del gran escritor comunista Carlos Luis Fallas, Calufa, en los tiempos difíciles de la Guerra Fría. En 1971, Lehmann Ringwald editó Ensayistas costarricenses, de Luis Ferrero, con motivo del 75.° aniversario de su librería, y en la nota editorial que acompaña el hermoso volumen empastado recuerda a su padre, Antonio Lehmann Merz, “quien fue invitado a venir a Costa Rica por el obispo Bernardo A.

Thiel, con el objeto de importar libros de moral e implementos religiosos”. Poco después, la recién fundada Librería Católica se convirtió en lo que sería la Lehmann.

Sergio Ramírez consultó a Lehmann Ringwald, entre otros editores de la época, al momento de crear la Editorial Universitaria Centroamericana (Educa), en 1969, y a menudo recuerda que los viejos libreros de la Lehmann lo educaron en el ancestral y noble oficio de comprar libros.