Los votos promovidos y conquistados por algunos liderazgos de izquierda a nombre del abandono y las frustraciones del llamado “Perú profundo” encierran, asimismo de hipocresía y medias verdades, una distorsión grave: la de ver la paja en ojo ajeno y no la viga en el propio.Entre muchos de los que se rasgan las vestiduras frente a los nuevos poderes políticos, no hay quien quiera empezar por reconocer sus responsabilidades propias antes de pretender verlas reflejadas en los demás.Vivimos el festín de la impunidad electoral después del festín presupuestal estatal. En el país donde no se gobierna, no se controla, no se supervisa y no se rinden cuentas, y los responsables pueden reciclarse en otros cargos o fugarse, no hay nada que no sea posible, como organizar un partido y aspirar al gobierno o a la oposición, no importa si violenta, con más de una sentencia penal sobre las espaldas.En las últimas elecciones hemos visto a exalcaldes y exgobernadores en carrera a la presidencia y al Congreso culpando alegremente a sus competidores de lo que ellos no pudieron hacer en sus municipios y regiones.

Si este recurso de cinismo puede ser normalizado por la política, no debiera ser aceptado por los electores, que terminan por pasar por unos incautos de plazuela o unos perfectos tontos útiles, viendo también la paja en ojo ajeno y no la viga en el propio: la viga de su responsabilidad cívica a la hora de delegar poder con su voto.Resulta que Puno, Cajamarca, Huancavelica, Loreto y Áncash aparecen, extrañamente, en la óptica de la izquierda, como regiones que nunca hubieran elegido gobernadores y alcaldes, que nunca hubieran recibido presupuestos y canon a raudales y que nunca hubieran tenido competencias directas en salud, educación, transportes, recursos naturales y medio ambiente. Lo que no han tenido es una efectiva rendición de cuentas capaz de desvirtuar el engaño y la narrativa de que la causa de todas las desgracias de las regiones es el “centralismo limeño”.Hay, sin duda, una acumulación histórica de responsabilidades del Estado en su flagrante desconexión con el interior del país.

Pero ya llevamos 25 años de traslados de competencias y presupuestos del Gobierno Central a los gobiernos regionales, y otros 25 años de distribución millonaria de canon minero, pesquero, forestal, gasífero, petrolero e hidroenergético. Los resultados de gestión de los gobiernos regionales y municipales en estos dos ámbitos de manejo económico y financiero no solo son decepcionantes, sino que traducen un alto componente de improvisación, ineptitud y corrupción.El gobierno y el Congreso entrantes no pueden ser más cómplices del desorden y derroche de recursos económicos y financieros municipales y regionales, ni tampoco cómplices de la distorsión de ver la paja en ojo ajeno (“centralismo limeño”) y no la viga en el propio (alcaldes y gobernadores atrincherados en su incompetencia).El nuevo ministro de Economía y Finanzas no tendrá que ser el incauto de plazuela ni el tonto útil de turno a la hora de mirar el deformado descontento del Perú profundo.