Hay que merecer la victoria. Nadie regala nada.

Hay que jugar bien para ganar en este Mundial. Los que entraron por la ventana de la ampliación de participantes ya están de regreso.

Queda uno, interrumpirá el lector: casualmente, Cabo Verde. Pero si hubo una selección que se esmeró para clasificarse en el grupo de Uruguay, Arabia Saudita y hasta España fue Cabo Verde.

Argentina tiene una clara superioridad sobre su próximo rival, pero deberá demostrarlo desde una virtud que suele tener en este tipo de partidos: la seriedad. Paraguay le demostró a Alemania, y de paso a todos los candidatos que juegan después, que los lugares comunes son ciertos.

Que con la chapa no alcanza. Que los triunfos no serán casuales sino buscados.La ilusión de otro Mundial glorioso tiene argumentos.

Algunos se dicen de memoria: Messi, la ambición, el carácter y un equipo entero que sabe rodear al 10. Hay otro que remite a los antecedentes del cuerpo técnico.

Si bien puede creerse que al seleccionado lo caracteriza imponer siempre sus condiciones, la realidad marca que cambia en función del rival. Lionel Scaloni y sus ayudantes rompieron la idea de que el que tiene más chapa debe lograr que se acomoden a su juego.

Argentina no juega siempre igual. Y como ya quedó expresado en esta columna, hoy el campeón del mundo no parece obsesionado en copiar sus producciones más recordadas.

Argentina no tiene problemas en, por momentos, parecer un equipo aburrido. Que se entienda el concepto: aburrir es bajar el ritmo, que suceda poco.

No le interesa el golpe por golpe. A Scaloni y compañía se les habrá escapado una mueca de satisfacción en el gol de Japón a Brasil.

Lo que tratan de evitar es que el equipo quede desarmado ante una posible pérdida. Danilo la perdió en un pase hacia adentro y Sano atravesó la cancha hasta el gol.

Argentina nunca quedó mal parada. En 270 minutos más descuentos en tres partidos, nunca la contraatacaron.

Es cierto que no tuvo adversarios muy exigentes, pero todos están esperando una pelota perdida y espacio para correr. Si los pases son cortos y los compañeros están cerca, los rivales no progresan como quieren.

Controlar la pelota puede ser para atacar bien, pero sobre todo para defender mejor. Así es como la selección por momentos arma desarrollos lentos, en los que sucede poco.

Más, si está ganando. Defiende las victorias parciales desde el control del juego, no tanto con la búsqueda de un segundo gol.

Para eso estuvo Messi, explicación de las alegrías, las emociones y a la vez del estilo colectivo. Se sabe que, en ataque, el equipo lo busca y sabe encontrarlo.

Lo que hace para recuperar también se entiende desde el 10. Es difícil que un equipo presione si no lo hacen todos.

El objetivo de la presión es que el rival no consiga superioridad numérica para salir del fondo con comodidad. La prioridad parece ser que Messi no se desgaste en ese rubro.

Con uno menos para presionar, entonces, el equipo pasa a otra fase: la del repliegue en campo propio. Allí donde espera sin impacientarse.

La selección, igualmente, deberá agregarle más ráfagas de aceleración a ese juego más prolijo que ambicioso. Thiago Almada es una referencia.

No tiene problema en retroceder y ayudar al lateral izquierdo. Pero siempre su mejor faceta será la ofensiva.

Lentamente comenzaron a darse jugadas de Almada en campo contrario: la acción del primer gol a Austria y un ingreso con ganas de demostrar frente a Jordania. Si sigue en este camino ascendente, se recibirá de socio principal.

En lo individual también hay algunos focos en duda: uno por lesión, el otro por la etapa posterior a su recuperación. El primero es Cristian Cuti Romero, que llegó con más margen del pensado al Mundial aunque retrocedió por un nuevo golpe en la rodilla.

Argentina tiene muy buenos centrales. Pero un buen Romero es la garantía máxima.

Tiene la fiereza de Nicolás Otamendi y la salida criteriosa desde el fondo de Lisandro Martínez. Y el recuperado que necesita ritmo es Julián Alvarez.

La del sábado fue su primera titularidad desde el 5 de mayo, cuando no pudo completar la vuelta de la Champions League contra el Arsenal. Se le nota la falta de ritmo.

Está Lautaro Martínez, el mejor reaseguro posible. Más allá de eso, la competencia en ese puesto es el ideal.La selección juega de acuerdo al rival.

Eleva la producción en la medida de que sube la exigencia. Así lo afirman en intimidad no pocos jugadores.

Cuanta más jerarquía del otro lado, mejor la mentalidad del propio. Hasta ahora no sufrió las inclemencias de un Mundial jugado con un clima húmedo particular.

Lo vivirá frente a Cabo Verde en Miami, allí donde el desarrollo del final del primer tiempo entre Portugal y Colombia fue propio de un fútbol que no existe más: las líneas separadas por 30 metros, falta de medio campo, algunos jugadores para atacar y otros para defender, mayoría de extenuados. El Mundial se pelea sorteando obstáculos.

El fixture y el cuadro pueden ayudar, pero es el nivel de la selección lo que permite la ilusión. El campeón reinante es uno de los candidatos.

Cabe una posible solución para no aventurarse ni avanzar más rápido que el torneo en sí: esperamos mucho tiempo el Mundial como para ya estar pensando en el final.