Hay imágenes que parten el alma. Un padre removiendo escombros con sus manos, bomberos buscando hasta el cansancio con la esperanza de escuchar una voz entre el concreto, un perro rescatista siguiendo el rastro de una vida y vecinos arriesgándose, sin herramientas, para intentar salvar a otro ser atrapado.

Cuando la tierra deja de temblar, comienza una pregunta mucho más incómoda: ¿Cuántas de las vidas que se perdieron eran realmente inevitables? Pensando mucho en Venezuela.

Como ingeniera, esa pregunta me ha acompañado durante estos días. No únicamente por los terremotos que estremecieron al país, sino por todo lo que sucedió después.

Porque el sismo fue un fenómeno natural. Muchas de las tragedias que siguieron no lo fueron.

Existe un principio ampliamente aceptado en la gestión del riesgo de desastres: los desastres no son naturales; natural es la amenaza. El desastre ocurre cuando esa amenaza encuentra vulnerabilidad.

Los rescatistas conocen bien la importancia de las primeras 72 horas después de un terremoto. Es la llamada ventana de oro, en la que cada minuto puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.

No obstante, esas horas no comienzan cuando la tierra tiembla; comienzan décadas antes, con las decisiones que una sociedad toma para proteger a sus ciudadanos. En ingeniería distinguimos entre resistencia y resiliencia: resistir es soportar una carga; ser resiliente es continuar funcionando después de ella.

Lo mismo ocurre con los países. El terremoto no decide si un hospital resiste, si un edificio cumple las normas de seguridad o si los equipos de emergencia tienen las herramientas necesarias para responder.

Tampoco decide si existe comunicación, coordinación e instituciones capaces de actuar. La prevención se construye a partir de decisiones silenciosas que muchas veces no salen en el periódico: mantener un hospital, inspeccionar una escuela, fortalecer equipos de rescate, formar profesionales y construir instituciones confiables.

Porque las tragedias no solo revelan lo que sucedió; también evidencian aquello que, como expresó Rolando Pelicot en su artículo «Decidimos no decidir», dejamos de hacer. Y ahora me pregunto: ¿Qué estamos haciendo hoy para que algo así nunca se repita o nos ocurra?

Hace apenas unas semanas, en Panamá discutíamos sobre niños que arriesgan su vida cruzando ríos sin puentes para llegar a la escuela. Hoy observamos edificios colapsados y comunidades devastadas en Venezuela.

Parecen historias distintas. No lo son.

Ambas reflejan una misma pregunta que debería incomodarnos como sociedad: ¿Cuántas vidas tienen que perderse antes de que la prevención se convierta en una prioridad nacional? No obstante, entre tanta destrucción hay un elemento profundamente esperanzador: la capacidad humana de tender puentes cuando más falta hacen.

Rescatistas, médicos, bomberos, ingenieros y voluntarios de distintos países, incluyendo Panamá, están ofreciendo su conocimiento, su tiempo y sus manos para ayudar a personas que nunca han conocido, pero cuyo dolor sienten como propio. Quizás la mayor lección que hoy nos deja Venezuela no sea únicamente sobre los terremotos.

Nos recuerda que las estructuras más importantes no siempre se construyen con concreto y acero; algunas se construyen con empatía, solidaridad y la decisión de proteger la vida de otros. Porque la prevención no es solo una herramienta técnica: es una expresión profunda de amor y responsabilidad colectiva.

Esa es, en el fondo, la esencia de la ingeniería y también de una buena política pública: anticiparse al dolor para proteger la vida antes de que la tragedia nos obligue a actuar. Como ciudadanos, deberíamos aspirar a algo similar: construir confianza antes de la crisis, fortalecer instituciones antes del colapso y actuar antes de que la tragedia nos obligue.

Exigir políticas públicas que prevengan y no se limiten a reaccionar. Comprender que la política y la gestión pública no son conceptos lejanos: son decisiones que determinan qué escuela permanece en pie, qué hospital sigue funcionando y quién puede ser rescatado a tiempo.

Porque la política pública sí importa. La gestión pública sí importa.

Las decisiones de hoy determinan quién vive mañana. Quizás esa sea la verdadera lección de las primeras 72 horas: lo que ocurre hoy es el resultado de lo que hicimos o dejamos de hacer hace décadas.

La autora es ingeniera civil y miembro de Jóvenes Unidos por la Educación