Es argentina, fue parte de un éxito que ganó un Oscar y cautivó a Robert De Niro, pero hoy elige vivir lejos de las cámaras

“Siempre fui muy cara rota”, fue lo primero que expresó Analía Castro en diálogo con LA NACION al recordar las cualidades por las que su visita en El Club de Anteojito, programa conducido por Berugo Carámbula y Gachi Ferrari, llamó la atención de la representante artística de Canal 13. Desde ahí tuvo una breve pero frenética carrera que inició a sus cuatro años y que la llevó a formar parte de La historia oficial, uno de los hitos del cine argentino.
No obstante, aquel boom duró hasta su adolescencia, momento en el que eligió cerrar la puerta de la actuación y tomar un camino lejos de los flashes. Desde la comodidad de su hogar, Analía parecía estar acostumbrada a dar entrevistas.
Es que, aunque se retiró de la actuación cuando apenas era una adolescente, cada 24 de marzo su teléfono suena de manera recurrente. “Lo que pasa es que es más fácil contactarme a mí a veces que a los protagonistas de La historia oficial. Entonces, todos los marzo me contactan”, contó.
Para ella, apelar a la memoria es algo inherente; se acuerda de algunas secuencias del pasado con total frescura. “Era la nena simpática, la más chica de toda la familia. Entonces vivía rodeada de adultos, por lo que sabía moverme muy bien entre ellos”, remarcó.Aquella cualidad conquistó a la cazatalentos del canal, quien no tardó en pedirle el número a su mamá. “Al poco tiempo, me llamaron para hacer la novela Amada con Libertad Lamarque", indicó.
En ese entonces, Analía tuvo una gran participación en la tira, aunque ella misma afirmó que solía perderse en los pasillos en los que se ponía a jugar. “Me cuentan que en esa época estaba el director de Canal 13, que era militar, y yo me metía en la oficina de él a pedirle hojas para dibujar. Me hacía sentar en el escritorio y, si alguien entraba, le decía: ‘La nena está dibujando’”, recordó.En ese sentido, reflexionó: “A veces ves las noticias que salen ahora de los chicos que trabajaron en televisión, que les pasaron cosas tremendas, y yo digo: ‘Yo me metí en lugares terribles’.
Estuve protegida, no sé cómo, porque me escapaba de mi mamá. Ella me acompañaba a todos lados, pero yo desaparecía.
De golpe estaba en vestuario o me iba al camarín de alguien a charlar”. Mientras la pequeña Analía disfrutaba de sus travesuras sin tener noción del tiempo que pasaba entre toma y toma, quienes estaban a cargo de la producción tenían que armarse de paciencia para encontrarla.La aparición de la pequeña junto a Lamarque despertó la curiosidad del director Luis Puenzo, quien inmediatamente contactó a la madre de Analía para que interpretara a Gaby, la pequeña dulce, alegre y querida, adoptada de forma ilegal en plena dictadura militar argentina por el matrimonio protagonista: Alicia (Norma Aleandro), una profesora de historia, y Roberto (Héctor Alterio), un empresario con oscuros vínculos con el régimen militar.Aquella picardía la llevó a trabajar con soltura sobre un personaje del que poca información tenía.
A su corta edad, los secretos y la densidad dramática de la trama se mantuvieron al margen de su cotidianidad: “A mí no me contaron nunca las complejidades del personaje; sí lo básico: ‘Ellos van a ser tus papás, vas a ser la hija’ y listo. Era la única información que me daban”, recordó. “Según me contaron después, ellos no necesitaban que yo supiera más que eso.
Yo simplemente estudiaba la letra que me correspondía”, añadió. Ese mismo desparpajo y la inconsciencia de la edad hacían que Analía se moviera en el set con una autoridad insólita.
Debido a su inocencia, se animó a decirle que no al flamante director, algo que rememora con risas: “No lo puedo creer que le dijera a Puenzo: ‘No, no, esta escena no me gusta, hagámosla de vuelta’”.La naturalidad con la que coordinaba ciertas escenas daba cuenta de que el detrás de cámara despertaba en ella un interés aún mayor que el interpretar a los personajes que le tocaban. “Me doy cuenta hoy de que amaba más lo de atrás... Estar en el control.
En ese momento, las cámaras de televisión tenían un pie gigante, entonces vos te podías sentar ahí y te movían por todas partes. Yo veía cómo se grababan todas las escenas”, rememoró.Al ser la más pequeña del elenco, Analía encontró en sus padres de ficción un refugio y una verdadera red de contención.
Lejos de la frialdad de un set de filmación convencional, Norma Aleandro y Héctor Alterio asumieron sus roles con una ternura que traspasaba la pantalla. La cuidaban, la mimaban y estaban atentos a sus necesidades cotidianas. “Para mí, Héctor era otro papá más.
Hay una escena en la que él me está dando un remedio y me estaba dando un remedio de verdad porque yo estaba con tos”, dio a conocer sobre la secuencia que hoy revive como un acto de amor más allá de la ficción.El éxito arrollador de la película no solo culminó con la histórica estatuilla dorada, sino que abrió una dimensión desconocida para la pequeña actriz. Luego de ganar el Oscar, las puertas internacionales amagaron con abrirse de par en par. “Puenzo me quería llevar a Estados Unidos”, dio a conocer Analía sobre aquella época de oro.Según supo después, Robert De Niro había quedado cautivado con su naturalidad en pantalla, intrigado por cómo una nena de apenas cuatro años lograba conmover de esa manera. “Él se quedaba sorprendido de eso y le decía a Luis: ‘Tráemela, tráemela’”, contó.No obstante, las directivas de Alejandro Romay no le permitieron ir. “Los contratos de exclusividad de Romay eran muy estrictos y ahí caí; no pude ir a ningún lado”, lamentó.Un episodio de la serie Detective de señoras, protagonizada por Fernando Lúpiz y César Pierry, fue su último trabajo artístico.
En medio de la ausencia de llamados y el inicio de la secundaria, Analía tomó la decisión de abandonar la actuación. “Estaba cansada y justo estaba en una etapa en la que no era ni nena ni mujer. Tenía la voz de nena, la cara de nena, cuerpo de mujer.
Entonces era como raro; la altura no me daba para nada... La televisión ahí hizo un cambio, empezó a haber producciones más exigentes en el tema físico y yo era una nena”, indicó sobre las presiones que la empujaron a bajar el telón de manera definitiva.Lejos de los flashes y las alfombras rojas, Castro eligió trabajar por su cuenta. “Empecé a trabajar de camarera de casualidad”, recordó sobre la etapa en la que también inició sus estudios en psicología.
Fue en ese nuevo universo terrenal donde, a los 19 años, el destino la cruzó con el amor de su vida, aunque la primera impresión no fue la mejor: “Para mí era un creído. A primera vista fue: ‘¿Y a este qué le pasa?
¿No sabe quién soy yo?’”.Aquel desaire inicial se transformó en una historia de amor incondicional que ya lleva 27 años. A la par de los desafíos familiares, Analía encontró un nuevo rumbo laboral al sumarse a la empresa de catering de su marido, una dinámica que le permitió equilibrar su vida profesional con la crianza de sus hijas desde el hogar. “Empecé a hacer esto con él, que lo podía hacer desde casa, tranquila.
Después nació la más chica, y también se alargó... Y ya me acostumbré a hacer esto”, explicó sobre la rutina que adoptó luego de haber sido mamá joven.“Mi suegro siempre me decía que cuando los chicos crecen, volvés al principio de la relación.
Y ahora sí, tenemos tiempo para nosotros”, expresó con ternura. Ese “ratito” propio se nutre de humor y códigos compartidos: desde descostillarse de risa mirando Párense de manos en la televisión o debatir sobre fútbol del que ella entiende poco, pero del que disfruta a través de la complicidad de su compañero. “Tenemos esas cosas así, como que ya volvimos a ser novios”, concluyó.
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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