¿Por qué se celebra el Día de San Pedro y San Pablo cada 29 de junio? Conoce su historia¿Hasta cuándo va el feriado largo por el 29 de junio?

Esto se conmemora en PerúRamón Gómez de la Serna, escritor de la primera mitad del siglo XX, ocupa un lugar singular en la literatura española de esa centuria. Novelista, ensayista, dramaturgo, periodista y creador de las célebres “greguerías”, fue uno de los escritores más innovadores de la vanguardia hispánica.

Su obra se caracterizó por una mirada original sobre la realidad, capaz de descubrir poesía, humor y extrañeza en los objetos y escenas más cotidianas. Desde las páginas de periódicos y revistas hasta sus libros más ambiciosos, cultivó un estilo inconfundible que influyó en generaciones posteriores de escritores de España y América.Su labor periodística fue tan importante como su producción literaria.

Durante décadas colaboró en diarios de gran prestigio, convirtiendo la crónica en un género de observación, memoria y creación artística. Gómez de la Serna no se limitaba a informar, él transformaba los hechos, las costumbres y los recuerdos en relatos llenos de imágenes, asociaciones inesperadas y una sensibilidad profundamente humana.

Para este escritor, el periodismo era una extensión natural de la literatura y una forma de dialogar con la vida cotidiana.Exiliado en Buenos Aires luego de el estallido de la Guerra Civil Española, mantuvo una intensa relación con la prensa latinoamericana y con múltiples lectores del continente. Sus colaboraciones para diarios como El Comercio de Lima permitieron que su voz llegara a miles de hogares en Hispanoamérica.

En esos textos se aprecia una de las facetas más entrañables de su escritura: la evocación nostálgica de la infancia, la familia y las tradiciones populares, tratadas siempre con una mezcla de humor, ternura y melancolía. Era y es considerado el “Escritor de Madrid”.

La crónica publicada en El Comercio, el 3 de julio de 1946, hace 80 años, con motivo de la festividad de San Pedro y San Pablo, constituye un magnífico ejemplo de esa sensibilidad. A partir de un recuerdo infantil, Gómez de la Serna convierte una celebración religiosa en una meditación sobre la libertad, el paso del tiempo y los pequeños acontecimientos que marcan la memoria para siempre.

Su relato demuestra por qué fue uno de los grandes renovadores de la prosa en español y una figura esencial para comprender la evolución del periodismo literario contemporáneo.&&&&&&&&&&&&“En mi niñez he tenido un día más solemne que los demás del año y era el día de San Pedro y San Pablo, los dos grandes santos reunidos en la misma hoja del almanaque representando una fiesta doble. ¿Qué sucedía el día de San Pedro y San Pablo para que resultase su conmemoración una fecha inolvidable?

Que ese día salían del convento en que estaban internadas dos primas mías: Lola y Teresa. Era el único día que las dejaban ver la calle durante todo el año, y su asueto duraba desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche.Resultaba impresionante ese único día de la libertad y, como si se amparase en mí su avidez, comenzaba a verlo todo con más realidad que los demás días.

Mi padre, mi tía Milagros, que era la madre viuda de las dos niñas internadas en el convento, yo y mis hermanos nos reuníamos a las seis de la mañana en la clarividente calle madrileña llena de churreras y no perdíamos minuto para estar a las siete en punto en la puerta del Convento.Ya muerta su madre, hace poco, me escribían ellas: “A ver si vienes por aquí y tenemos el gusto de verte, tú que tantos recuerdos nos traes de los días de nuestra niñez, aquellos días alegres de San Pedro y San Pablo en que tanto madrugábamos para tomar chocolate en la vaquería del Retiro y creíamos que no llegaba la hora de que vinierais a buscarnos”. Había para llegar al Convento en tranvía y después descender la bajada de la Calle de Mesón de Paredes, bravía de casticismo, con sus cien tabernas abiertas y ya los portales barridos con la escoba de la cotidianidad, que sólo manejan las porteras aseando el día, dándole trazas de viviente como verdaderas comadronas de su nacer faenario.

Nos parecía que la Providencia había puesto tan en cuesta abajo aquella calle, que no volveríamos a visitar hasta el próximo año, para facilitar nuestra llegada poniéndonos monopatín la rampa. ¡Quién sabe si hubiésemos llegado a las siete en punto si aquella calle hubiese estado cuesta arriba!Todo lo tocante a aquel trecho del Madrid de las Manolas y los Manolos tenía una fuerza y fiereza para nuestra infancia de los siete años; como si las piedras fuesen leones y los faroles palos de navío.

Todo se sublimaba a las siete menos cinco de la mañana del día que convertía en doble espejo de luz el díptico de los dos Santos del mismo tamaño colosal. Los garbanzos de las tiendas de ultramarinos —media vidriera de escaparate cubierta con ellos— parecían piedras de la submarinidad del medio sueño que habíamos perdido.

La velocidad que llevábamos no nos dejaba ver las zapaterías y cacharrerías, y lo que nos atraía era la visión de puerto que tenía el claro que se hacía al promedio de la calle de Mesón de Paredes, la “corrala” que hay precisamente delante de la iglesia en cuyos adentros estaban mis primas. Muchos años a través de mi vida he pasado por aquella especie de plaza estancada con oblicuos balaustres de hierro y con una casa de vecindad —como decoración de zarzuela— de amor y “conventilleras” (que es como se llama en Buenos Aires a las comadres de corredor) —al fondo y siempre me he acordado de cómo era de eco de la esperanza —pelota de niño rebotando en medio— que rebullía del otro lado del portón y que nos daba en el pecho cuando abríamos el picaporte de los dos pájaros enjaulados.

¡Ya estábamos y ellas estaban esperando con su monja cuidadora en la sala de visitas rigurosa y con declamación de Ave Marías!—Sí, sí, hasta luego— y en un abrir y cerrar de ojos y de puertas sacábamos a las niñas a la calla de su único día de vacación con la familia.Miraban deslumbradas la salida, como si se hubiese despejado el cielo, como si las paredes del viejo Mesón de Paredes que daba nombre a la calle, hubiese abierto su nido al espacio libre de las excursiones voluntarias.El mundo era suyo —nuestro—durante doce horas. ¡Doce horas!

Casi un año si todo se miraba bien, si se contaban las losas de las aceras, los guardias, los coches, los faroles y sobre todo los árboles urbanos del camino al jardín público.Había que tener mucho cuidado con ellas, porque se les había olvidado andar desde el otro año, mirar de lado y caminar de frente, quedarse extasiadas ante el botellón morado de una farmacia y no caerse.Aprovechaba yo sus asombros para ver como ellas, sorprendido de que todo fuese tan interesante. Sí, una estatua es un saludo de la inmortalidad, una fuente que corre es un río suelto, un carro, una carroza de la farándula, un vendedor de periódicos, un rey disfrazado, uno que va de paseo, un ser feliz, etc., etc.La puerta del jardín público era esa mañana como un arco levantado en honor de las dos niñas que solo salían un día al año.

Lo pasábamos como si nos fuesen a caer ramajes y rosas de su paramento improvisado.Pronto estábamos en aquella alquería en que los madrileños se repusieron de la convalecencia del romanticismo —queda un hermoso dibujo de Unabieta Vierge— atacando a las vacas en su propia ubre.Enseguida estábamos establecidos en frente a la mesa rustica y junto al canto del arriate con verja floral de lirios morados. El gran sacramento de ese desayuno único en el año es inenarrable para la pluma, pues habría que mojarla en chocolate para describirlo.El abrazo de la primavera y el verano se realizaba ese día, que sublimaba tanto su optimismo que los pájaros no se veían y eran como mosquitos bajo la cúpula verde y azul.Después de ese desayuno tempranero y suculento se extendía el panorama de lo demás como un bosque, como un lago, como una visita interminable.Aquello había sido la letra capitular miniada con santos y catedrales entre los rasgos del minio de la letra mayúscula y holgada, y después todo lo que venía era texto hasta la letra otra vez miniada del capítulo del año venidero.Yo recuerdo que hacíamos muchos zig-zags, que comprobábamos grutas y paseos de coches, que veíamos avanzar hacia nosotros !os chaflanes de los grandes edificios, cortados en proa —cuando se es chico lo grande parece querernos atropellar como una locomotora— y que por fin llegábamos a casa en un retardado mediodía.—!Qué tarde habéis venido!— exclamaba mi madre aupando hasta sus besos a las dos niñas—.

El arroz se iba a pasar.Miradas a los cuadros, miedoso de los espejos —¡Fuera los sombreros!— asomaba al balcón. Estaban en la casa que soñaban para cuando fuesen mayores, cuando el convento quedase muy lejos como un recuerdo de los martirios dulces que ha necesitado la vida para hacerse grande.La balaustrada del balcón, que era reja para su estatura de niñas de siete años, era abandonada enseguida porque aquel tercer piso les daba vértigo, ya que ellas ellas estaban hechas a planta baja y patios.Ya comprendía el goce de libre excursión que es la vida, y en ese día aprendí lo confortable que es una habitación modesta aunque mi padre nos diese pocos céntimos a la semana.

Después de la visita de las asiladas aprendíamos a ser más resignados, y comprendíamos el goce de lavarnos y salir a la calle, suficiente dicha para el ser humano.Lola y Teresa probaban a jugar con todo, con la figura de porcelana, con el abanico, con un espejito en la primera varilla, con una casa olvidada del remoto Nacimiento, con un triciclo disfrazado de caballo —clavileño de niños y fotógrafos—, y había un momento, demasiado tempranero, se podría decir que anticipado, en que se quedaban cabizbajas como muñecas remetidas en el hueco abismático del sofá. Nosotros sabíamos lo que era y también bajábamos la cabeza sin saber qué hacer, ya que no habíamos sabido evitar aquel precipitado presentimiento ni aturdiéndolas con juegos ni gritos.¿Por qué habían pensado en “aquello” tan lejos de la hora de volver?

Pero no había nada que hacer; todo languidecía, había comenzado a las cuatro la rampa de las siete, otra vez en lontananza de lloradero el Convento de la hora gris y epilogal.—!No! !No! Esperad...

Queda el veráscopo con playas y una escena que os va a hacer reír mucho, en que unas señoritas se han subido a las sillas porque hay un ratón en el cuarto...Aquello las distraía más de lo que ellas esperaban distraerse, pero cada nueva fotografía doble en su cartón duro caía en el diván con un redoble de tristeza, como solo suenan las cartas en el descarten de quien se va arruinando. Todos entrábamos en una agonía en que sacábamos todo lo que podíamos como del sótano de debajo de las camas, rompecabezas a los que les faltaban tarugos, cabases del colegio para enseñarles una estampa, bolitas de cristal con su mirada azul...

Todo lo posible; hasta reservas de papel de plata para que se hiciesen una sortija...Nada podía parar el tiempo.La monja guardiana esperaba ya como Parca inmaculada a la que colgaba de su cadenario, entre llaves y crucifijos, unas tijeras para cortar recreos, y salidas.—Niñas… poneros los sombreros…Mi tía Milagros estaba ya en pie con su mantilla clavada en la cabeza con alfileres de color negro, sobrepuesta a la gran aflicción que la aquejaba al tener que depositar a sus niñas en el triste colegio; y se iban las tres, después de una despedida, “catastrófica”, hasta el año que viene”.