Los datos sociales y laborales conocidos en la última semana ofrecen una radiografía valiosa del momento que atraviesa la economía argentina, y como suele ocurrir en esta etapa, el cuadro combina avances con señales de cautela. El indicador más esperado, la tasa de desempleo, se ubicó en 7,8% durante el primer trimestre de 2026, apenas por debajo del 7,9% que había registrado en el mismo período del año anterior.

La estabilidad del número principal esconde, no obstante, movimientos que conviene analizar con detenimiento.Lo más alentador es que la leve baja del desempleo no se explica por gente que dejó de buscar trabajo, sino por una economía que sumó participantes al mercado laboral. Tanto la tasa de actividad como la de empleo crecieron en la comparación anual.

La primera pasó del 48,2% en el primer trimestre de 2025 al 48,6% un año después, mientras que la segunda subió del 44,4% al 44,8%. Que más personas se incorporen a la búsqueda de empleo y que, al mismo tiempo, una proporción mayor consiga ocuparse es una señal de cierto dinamismo.

El contrapunto aparece en la subocupación, que aumentó del 10% al 11,1%, lo que indica que una porción creciente de los ocupados trabaja menos horas de las que querría. En otras palabras, hay más empleo, pero también más empleo insuficiente.En el frente salarial, abril dejó una noticia positiva.

Los salarios registrados le ganaron a la inflación, con un aumento del 3,5% mensual frente a una suba de precios del 2,6%. El resultado fue una mejora real del 0,8% en el mes, aunque en la comparación interanual los sueldos todavía acumulan una caída del 2,2%, lo que recuerda que la recuperación parte de un piso deprimido.

Dentro del universo de los trabajadores registrados se observó una brecha entre el sector privado y el público. Los asalariados privados lograron una suba real del 1,4% mensual, aunque siguen un 2,3% por debajo en términos anuales, mientras que los estatales sufrieron una leve caída real del 0,2% en el mes y acumulan un retroceso del 2% interanual.

El salario privado viene recuperándose con mayor vigor que el público, sujeto a la pauta del ajuste fiscal.El balance externo aportó una de las mejoras más contundentes del período. El déficit de cuenta corriente se redujo a u$s 1651 millones en el primer trimestre, lo que representó una mejora del 68% en la comparación interanual.

Medido como proporción del Producto, el rojo se achicó desde el 0,8% del año pasado hasta apenas el 0,2%. El factor que mejor explica ese avance es el saldo del intercambio de bienes, que se expandió de manera notable y trepó desde los u$s 2060 millones hasta los u$s 6339 millones, equivalentes al 0,8% del Producto.

También colaboró el balance de servicios, que siguió siendo deficitario pero por un monto algo menor que el del año anterior. En sentido contrario jugó el ingreso primario, que empeoró levemente en términos del Producto y operó como un freno parcial a la mejora general.El turismo, un componente sensible de ese balance de servicios, mostró movimientos llamativos en mayo.

El turismo emisivo por vía aérea creció un 25% interanual, mientras que el receptivo cayó un 0,3%, en lo que constituyó su primer retroceso después de haberse mantenido positivo durante todo el período posterior a la pandemia. En la vía terrestre el patrón fue distinto, ya que el ingreso de visitantes aumentó un 11% interanual y, en cambio, la salida de argentinos por los pasos fronterizos se desplomó un 27,5%.

La combinación sugiere un tipo de cambio que abarata los viajes al exterior por avión, pero que encarece relativamente el turismo terrestre de salida.Los datos de ingresos completaron el panorama distributivo. El ingreso promedio por habitante del conjunto de la población relevada en los principales aglomerados urbanos alcanzó los 728.008 pesos en el primer trimestre, con una mediana de 500.000 pesos, una brecha entre ambos valores que ya anticipa cierta desigualdad en la distribución.

Casi el 62% de la población percibió algún ingreso, con un promedio de $ 1.153.457, mientras que entre quienes están ocupados el ingreso medio fue de $ 1.104.227 y la mediana de $ 900.000. El coeficiente de Gini se ubicó en 0,442 y mostró un leve aumento frente al 0,435 del mismo período del año anterior.

Es un movimiento pequeño, pero apunta en la dirección de una desigualdad que crece en lugar de ceder, algo que conviene seguir de cerca en los próximos trimestres.En el plano financiero, la semana dejó una decepción para el mercado de capitales. El proveedor global de índices MSCI no introdujo cambios en la clasificación de la Argentina, que permanece en la categoría más baja de su escala, la de mercado independiente o “standalone”.

La expectativa de los inversores apuntaba, como mínimo, a que el país ingresara a una lista de seguimiento, el paso previo habitual antes de una eventual recategorización. Al no ocurrir, la decisión enfrió esas expectativas y alejó la posibilidad de captar los flujos de capital que una mejora de estatus podría haber atraído, estimados por algunas firmas internacionales en hasta u$s 4500 millones.

Para una economía que necesita financiamiento externo, quedar fuera incluso de la antesala formal de la reclasificación representa una oportunidad postergada.Finalmente, las reservas brutas del Banco Central cerraron la semana en u$s 47.081 millones, con una disminución de 292 millones respecto de la semana previa. Es una variación moderada que no modifica la tendencia de fondo, aunque marca una sucesión de semanas con leves caídas que merece atención en un contexto donde la acumulación de divisas sigue siendo una de las prioridades del programa.El balance que dejan estos indicadores es coherente con el diagnóstico que viene perfilándose desde hace meses.

El mercado laboral muestra mejoras en los márgenes, con más actividad y más empleo, aunque también con más subocupación y una desigualdad que se mueve levemente al alza. El salario real empieza a recuperarse, sobre todo en el sector privado, pero todavía no compensa lo perdido en el último año.

El frente externo se consolida como el gran sostén de la macroeconomía, con un comercio de bienes que mejora con fuerza el resultado de la cuenta corriente. La economía avanza, en suma, pero lo hace con un patrón desigual que reparte sus beneficios de manera todavía despareja entre sectores y trabajadores.