Discépolo: del pedido de Mariano Mores a la pérdida temprana de sus padres, las claves de "Cafetín de Buenos Aires"
BUENOS AIRES.— “Cómo olvidarte en esta queja, Cafetín de Buenos Aires, si sos lo único en la vida, que se pareció a mi vieja”. En la mitología tanguera, la figura materna es una pieza clave, central y poderosa, como pudo serlo Hera en el olimpo griego o Juno en el firmamento romano.Pero no deja de llamar la atención esa rara comparación de una madre con un café porteño.
Hurgando en la canción “Cafetín de Buenos Aires” y, sobre todo, en la vida de su autor, Enrique Santos Discépolo, es posible encontrar algunas respuestas.“Cafetín de Buenos Aires” es uno de los tangos más famosos que escribió Discépolo, con música de Mariano Mores. El tema no nació de la noche a la mañana, inspirado por algún sueño sino de un pedido muy concreto que Mores le hizo al gran Discepolín.
Necesitaba una canción para la película Corrientes calle de ensueños. Al pianista se le sucedió mandar la música, que ya estaba escrita, al letrista con el que ya había trabajado anteriormente y había conseguido un gran éxito, en 1943: nada menos que el tango “Uno”.El tiempo era clave.
Apenas una semana. Y Discépolo cumplió con ese requerimiento.
Lo curioso fue que, más allá de lo que podía ocurrir dentro de un café porteño cuando finalizaba la primera mitad del siglo XX (el tango se estrenó en 1949), hay afectos personales que Discépolo coló en sus versos.La canción narra parte de la historia de una vida que se cuenta frente a la mesa de un café, incluso, desde el momento en el que la historia se vive desde afuera. Ese comienzo magistral (“De chiquilín te miraba de afuera, como esas cosas que nunca se alcanzan”) es, entre otras cosas, la vida del chico que quería ser mayor, pero que, todavía con pantalones cortos, tenía el ingreso prohibido al mundo de grandes que transcurría o, más bien, se relataba, entre esas mesas y sillas.
Porque, de algún modo, la vida transcurría afuera, pero ese “cafetín” era la voz de una consciencia, que recibía paciente, cada momento, cada pensamiento, cada sensación.Escuela de la vida, ese café enseñaba los ritos iniciáticos: “El cigarrillo, la fe en mis sueños y una esperanza de amor”. Vidriera de una fauna surrealista, provocaba el encantamiento de oídos y ojos permeables: “En tu mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas, yo aprendí filosofía, dados, timba y la poesía cruel, de no pensar más en mí.
Me diste en oro un puñado de amigos, que son los mismos que alientan mis horas”. También los desencantos, como dice unos versos, poco después: “Sobre tus mesas que nunca preguntan lloré una tarde el primer desengaño, nací a las penas, bebí mis años y me entregué sin luchar”.
Como ese “desencuentro” que también retrataba, muchos años después, Cátulo Castillo con profunda inspiración, aquí, este personaje cuenta hasta su propio final. ¿La vida de Discépolo está contada en estas estrofas?
En parte sí. Pero también es posible crear una ficción, y suponer que ese entregarse sin luchar ha tenido que ver con un amor bastante fugaz y un hijo mexicano que jamás conoció.
Sobran los datos de aquel amor que no terminó de ser (¿Porque Discépolo no se animó?) y de tantas otras situaciones de su vida, para novelar la historia de este cafetín y de su autor. En una semblanza del diario El Laborista, publicada el 24 de diciembre de 1951, que en la actualidad rescata elhistoriador.com.ar, se puede leer: “Ha muerto Enrique Santos Discépolo.
Un amigo. Un artista.
Un poeta. En su postrera mueca amarga de hombre que sufrió mucho sembrando emociones hechas a melodías, se habrá esbozado la sonrisa mansa y buena de siempre para sus amigos, para los que supimos de sus piruetas en vida y su filosofía profunda que venía avanzando –en todo momento y en toda hora– por surcos de destino que con el tiempo se cumple siempre como él lo vaticinara en las noches largas de las sobremesa y del café tomado en la vereda.
Muchacho con alma de esquina que copó en tangos profundos el corazón de todo el pueblo, nos expresó en versos simples lo que nosotros quisimos decir en charlas interminables, y formó su personalidad en la emoción que puso en todas sus cosas que tenía mucho de Quijote y mucho de Arlequín".Aquella sobremesa de café convertida en refugio fue, también, la que empujó Discépolo a buscar a su madre: “Cafetín de Buenos Aires, si sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja”. ¿Por qué hace esa comparación?
Tal vez porque de su madre solo tenía un lejano recuerdo. Enrique quedó huérfano de chico.
Su padre, el músico Santo Discépolo, murió cuando él tenía 5; su madre, la actriz Luisa Deluchi, partió cuando Enrique tenía 8. El primer asilo, apenas dejó la casa materna, se lo dio una de sus tías.
Pero no fue su mejor tiempo: “Fui a vivir a la casa de unos parientes ricos, desbordante de desdicha y sintiéndome sólo un intruso. Aprendí a dormir sin moverme en la cama para evitar cualquier ruido que pudiera molestar a aquella gente”, expresó una vez.Su hermano Armando, catorce años mayor, le abrió las puertas de esa casa, para que fuera a vivir con él, y también las del teatro, la actuación y la dramaturgia.
Un nuevo destino apareció en la vida de Enrique, que le tomó el gusto a las tablas con la actuación y la escritura (porque es sindicado como el mayor responsable de muchos títulos que firmó junto a su hermano). En paralelo, talló una manera de ser, pensar y sentir que extendió a la canción.
Fue el filósofo del tango y el que supo darle dramatismo al costumbrismo porteño.Enrique se convirtió en actor a los 16 años y poco después escribió algunas de sus primeras piezas teatrales: El señor cura, El hombre solo y Día feriado. Para 1925 ya acertaba con títulos como El organito (obra escrita junto a su hermano) con una lectura aguda de la sociedad de aquellos años que fue muy bien recibida por la crítica.
Mientras tanto, comenzaba a afilar su lápiz de letrista. En un excelente informe, de gran sustento bibliográfico, publicado hace un lustro por Fervor Cultura Buenos Aires, Carlos Varela rescata el testimonio que el poeta y ensayista Eugenio Mandrini volcó en su libro Discépolo, la desesperación y Dios.
En ese ensayo, donde prescinde de datos biográficos, se interna en el pensamiento de Discépolo y lo proyecta con sus propias palabras: “Tal vez, Discépolo soñó (o imaginó) esperar a la Vida agazapado sobre un árbol y al pasar poder saltar sobre ella. Echarle las manos al cuello y, con el mejor de sus aullidos a la luna, preguntarle, gritarle, exigirle: ¿me querés decir por qué me duele tanto respirar?
¿Me querés decir por qué me diste un oído tan malditamente humano que no sólo escucho las quejas del mundo, sino que escucho, también, los gritos de auxilio que da el silencio? Y, asimismo, ¿me querés decir por qué me hacés creer que estoy ciego cada vez que voy a mirarme al espejo y sólo veo una gran mancha negra?
¡Dale, vamos, Vida, respondeme pronto o te mato!“.Quizá, la figura de su hermano mayor, primero, y la de su esposa Tania, más tarde, le resultaron demasiado imponentes. Quizá, la única y mejor manera que encontró para sanar la orfandad fuera sublimar esa soledad en canciones que terminaron siendo únicas, asimismo de crudos espejos de una sociedad y de un tiempo plagado de sabihondos, suicidas, timbas, penas, desengaños, “años bebidos” y poesía cruel.
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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