Una docente termina con la cara contra el asfalto luego de ser empujada por la espalda por un policía en Valencia. Esa imagen debería perseguirnos.

No hablamos de un forcejeo ni de una intervención necesaria; hablamos de una ciudadana desarmada que cae al suelo luego de un empujón por la espalda. El uniforme otorga autoridad, pero nunca debería amparar la impunidad.

Resulta de una ironía cruel que a quienes nos enseñan desde niños en la escuela que no se debe pegar, se les responda con esta violencia policial. Cuando el monopolio de la fuerza del Estado se ejerce así contra quienes defienden la educación, el pacto social salta por los aires.

Tolerar esta actitud supone un fracaso colectivo. La autoridad existe para proteger y se demuestra con proporcionalidad, no empujando a traición a ciudadanas pacíficas.

Si este acto violento se resuelve sin consecuencias reales, el problema dejará de ser una agresión puntual para convertirse en la triste confirmación de que, a veces, el uniforme solo sirve para amparar la ley del más fuerte.Seguir leyendo