La historia de amor del primer matrimonio entre mujeres de América Latina empezó en Colombia

En el Día del Orgullo, Norma Castillo, de 84 años, recuerda el amor que la llevó, junto a Ramona “Cachita” Arévalo, a protagonizar el primer matrimonio entre mujeres de América Latina. Una historia que inició en un pueblo del Caribe colombiano y que, mucho antes de llegar al altar, también dio origen a uno de los primeros espacios LGBTIQ+ de Barranquilla.El 9 de abril de 2010, Norma y Cachita se convirtieron en la primera pareja de mujeres casada en América Latina.Archivo Particular“Cuando uno está enamorado quiere saltar, quiere contar, quiere cantar, quiere mostrar la alegría de sentir el amor.
Y tuvieron que morirse sin poder decir “yo te amo” en público a la persona que más querían… Quiero que tengan conciencia que el día de hoy, es el día en que logramos decir, a cielo abierto, al aire libre y con toda la voz: ‘yo te amo’”. Tan pronto terminó esa frase, Norma volteó a ver a Cachita, la mujer con la que llevaba más de tres décadas compartiendo una vida y una historia de amor.
La abrazó y la besó. Era un gesto que seguramente habían repetido mil veces en privado, pero que esa vez se atrevían a hacer frente a las cámaras y ante un país entero que las miraba porque protagonizaban el primer matrimonio entre mujeres en Argentina y en toda América Latina en 2010.
Pero esta historia de amor empezó antes y bastante lejos del país del tango y el mate. Curiosamente, inició en el Caribe colombiano, específicamente en el corazón del Magdalena: en Pivijay.
Un pueblo conocido por su Festival del Bollo de Yuca, al parecer el mejor de la costa; por sus parrandas vallenatas y porque dicen que quien lo visita nunca más se quiere ir. Tiene poco turismo, así que su economía gira alrededor de la ganadería, la agricultura y el comercio.
Pivijay es famoso por todo esto y por ser cuna de amor entre estas dos mujeres que protagonizarían un hecho histórico.Se trata de Norma Castillo, escritora, artista y activista de nacionalidad argentina, y de Ramona Arévalo, conocida como “Cachita”, uruguaya, cerrajera y de personalidad tímida, pero determinada. Cada una se convirtió en pivijayera por motivos distintos.
Norma llegó a este pueblo caribeño con su esposo colombiano, en los años 70, huyendo de la dictadura argentina. Cachita, por su parte, viajó con su pareja y su hijo de vacaciones, y les gustó tanto que se quedaron a vivir allí.
Sus maridos eran parientes, y esa cercanía familiar fue la que las acercó primero como amigas.(Le puede interesar: Marchas del Orgullo LGBTIQ+ en Colombia: fechas, lugares y horarios en más de 30 ciudades)Así lo recuerda Norma, quien a sus 84 años repasa su trayectoria como activista y la historia de amor que vivió con su esposa, fallecida hace algunos años. Desde pequeña tuvo una vocación revolucionaria.
Cuando intenta responder de dónde viene ese llamado, no lo tiene tan claro, pero sí guarda memoria de haber crecido en una Latinoamérica convulsionada, atravesada por revoluciones y luchas. Y ella, que pronto se uniría a esos jóvenes que pedían cambios, empezó su propia revuelta en casa.
Siendo aún muy niña, pero ya consciente de los mandatos que pesaban sobre las mujeres, le anunció a su mamá que jamás quería ser madre. También desconfiaba de la religión, pues nunca creyó en sus prohibiciones.
Y así fue poniendo en duda todo lo que tenía alrededor.Norma tiene 84 años. El deterioro cognitivo le ha borrado algunos recuerdos, pero no la memoria del amor que vivió junto a Cachita.Archivo ParticularPero, según los relatos familiares, sí había antecedentes.
Norma creció en Goya, una ciudad argentina a orillas del río Paraná. Fue hija de una maestra y de un talabartero con un don innato para la música, en una época en la que no era apropiado vivir de eso.
Venía de una familia materna de mujeres que, como madres cabeza de hogar, sacaron solas adelante a sus hijos e hijas.“De una madre bastante particular para su época también, muy militante de la política. Con un pensamiento conservador para lo que es la familia, pero por ahí como muy revolucionario en esto de ser una mujer trabajadora, pues ella tenía un trabajo lejos de la casa algo que no estaba bien visto”, cuenta Laura Ruiz Díaz Castillo, sobrina de Norma, a El Espectador.
Esa misma revolución que llevaba dentro desde pequeña la impulsó, a los 15 años, a exigir cambios en la educación de su colegio y luego en la universidad. Más adelante terminó militando en el peronismo, aunque ella se describe más como activista que como peronista.
En 1976 cuando llegó la dictadura cívico-militar, autodenominada “Proceso de Reorganización Nacional”, que tenía como objetivo “aniquilar a la subversión”, su vida cambió. Durante ese régimen fueron perseguidos y desaparecidos militantes políticos, sindicalistas, estudiantes, periodistas y activistas de derechos humanos.
Los movimientos de izquierda fueron completamente arrasados. Ella estuvo en cautiverio varias veces, y la última vez duró encerrada más de un mes, una experiencia que la dejó marcada física y psicológicamente.
Ese mismo año huyó de Argentina y se exilió.(Lea aquí: El orgullo LGBTIQ+ marcha con rabia, temor y rebeldía)Fue de esta manera como aterrizó en la costa colombiana, en Pivijay. “Apenas llegué tuve que resucitarme porque venía bastante herida, pero entre el café tan rico, la amistad tan hermosa y el cariño de toda la gente, al poco tiempo ya estaba recuperando el habla”, cuenta en entrevista con este diario. En su cabeza seguían los compañeros que aún enfrentaban la represión, escondiéndose como podían, y al mismo tiempo pensaba en todas las personas que había dejado en su país.Pronto empezó a trabajar como profesora en el colegio del municipio, y sin darse cuenta se fue “costeñizando”.
Hoy, cuando habla de esa época, la nombra como la mejor que le tocó vivir. De hecho, apenas menciona a Colombia, el acento costeño se le escapa solo.
Suelta un “cachaca” o un “junior tu papá”. Habla del café, de la música, del baile, y, sobre todo, del ron de caña.Pero ningún recuerdo le ilumina tanto la cara como el de Cachita, su primera y última memoria de este país. “Ella apareció en mi vida y nunca más se despegó”, dice.
Primero se volvieron grandes amigas. Eso sucedió casi de inmediato, en parte porque ambas encontraron coincidencias en sus historias: las dos lejos de su tierra y extrañándola por igual. “Hicimos un recorrido de muchos años matizado por la amistad, el cariño y el juego de cartas.
Esa era la escapatoria de todas las tardes hasta la casa de Keti. Ahí nos juntábamos a jugar a las cartas hasta que el sol decía: basta.
Fueron los momentos más felices”, cuenta.Las dos mujeres sacaron su amor del clóset y nunca dejaron de luchar para que otras personas pudieran hacer lo mismo.Archivo ParticularLa amistad siguió su curso hasta que, una noche, en medio de una fiesta y con esa soltura que solo da el alcohol, Norma, con un coraje que ni ella supo explicar después, se acercó de forma diferente a Cachita. Desde ese momento empezaron a verse en secreto, convencidas de que aquello no podía ser más que un capricho pasajero.
Ni siquiera Norma escapaba a los prejuicios de la época, y en esos años ambas eran incapaces de imaginar que dos mujeres pudieran amarse de esa manera. Las cosas cambiaron en 1992, cuando el esposo de Norma murió y Cachita tomó la decisión de separarse del suyo.“A mí me tocó en carne propia ir tomando conciencia de mí.
Darme cuenta de qué es lo que yo sentía. Cuando me di cuenta, me sentí mal.
Hasta que lo pensé mejor y encontré a la persona que me acompañó. Encontré a las personas que nos quisieron, que nos escucharon y la lucha se volvió triunfo”, afirma Norma. “Sacar ese amor del clóset” le daría una calma que la acompañaría hasta la vejez, pues ya no tendría que buscar a Cachita “luego de la luna”, porque había podido amarla aquí, a cielo abierto.
Así lo escribió para el documental “Juntas”, que cuenta la vida de ambas: “Con el amor más grande, con el amor más nuestro, dejaré el suplicio de mirar hacia el cielo buscando, luego de la luna, el norte, norte lejos, el norte que se niega a postrarme a tus pies”.No tardaron en vivir juntas, ni en disfrutar su vida en el pueblo. Dice que, una vez “liberadas”, se mudaron a Barranquilla, donde formaron el Movimiento por la Integración Social y empezaron a reclamar acciones para la población LGBTIQ+.
Se involucraron tanto que terminaron abriendo una de las primeras discotecas queer de la ciudad. “Cerca del estadio del Junior”, recuerda. Sin decirlo abiertamente, entre la gente se sabía que era un espacio seguro para las personas sexodiversas, aunque en realidad podía entrar cualquiera.
Y ahí se armaban las parrandas.“Encontramos las dos el cariño de toda la gente y ahí llegaban las visitas, las más insólitas que te puedes imaginar”, recuerda con picardía al evocar la visita de una importante figura política de Barranquilla. “Hubo muchos casamientos, hubo muchos enamoramientos, hubo mucha vida flotando alrededor de esa pequeña discoteca”, dice con anhelo.(Le recomendamos: La historia de las máscaras y los rostros cubiertos en las primeras marchas del Orgullo)“Ellas eran una ternura, se notaba. Era visible el amor que se tenían la una a la otra.
Muy compañeras, muy pendientes de sus necesidades, de a qué hora venía la otra, a qué hora llegaba, dónde iba, o sea, todo lo pensaban de a dos, todo lo pensaban juntas. Muy de un amor que pocas veces se ve”, narra su sobrina.
Cachita falleció en 2018 luego de una enfermedad cardíaca.Archivo ParticularEl activismo que regresó a Argentina con la pareja Norma alcanzó a durar 27 años viviendo en Colombia, Cachita un poco más. Disfrutaron la vida, se estabilizaron económicamente y se adaptaron a las costumbres costeñas.
Pero se vieron en la obligación de volver a Argentina. En 2003, Norma tuvo que viajar porque su mamá se encontraba en un delicado estado de salud a causa del alzhéimer, mientras que Ramona quería reencontrarse con su hijo, quien ya se había radicado en el país.
Las familias de ambas estaban al tanto de su relación, aunque no era algo de lo que se hablara abiertamente.De vuelta en Argentina, el espíritu activista de ambas no se quedó quieto. Conocieron a Roxana Arellano, vecina del Parque Chas, en Buenos Aires, con quien empezaron a notar la crisis de vivienda que dejaba a las familias hacinadas, pagando arriendos imposibles.
Juntas armaron la Cooperativa El Caracol para luchar por este tema.De esas reuniones también nació la conversación sobre el matrimonio igualitario. “¿Por qué no se casan las viejas?”, recuerda Arellano que se preguntaban. Mientras ella se enfocó en la vivienda, Norma tomó la causa del matrimonio y, junto a otros compañeros de la cooperativa, no necesariamente homosexuales, salían con letreros que decían “Hoy todos somos putos” u “Hoy todos somos homosexuales”, para apoyar la causa.
Un camino que pronto las llevaría a asistir a las charlas de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales (FALGBT).Tanto repitieron esa pregunta que un día se la hicieron a sí mismas: ¿por qué no se casaban ellas? Para entonces ya tenían más de 60 años y en el país apenas se empezaba a tramitar una ley de matrimonio igualitario.
Aunque aún no era permitido, se presentaron ante un Registro Civil para solicitar su matrimonio, respaldadas por sus tres décadas de amor. La respuesta fue un no.
Pero, no conformes, presentaron un recurso de amparo que llegó a manos de la jueza Elena Liberatori, quien meses antes había habilitado el primer matrimonio entre hombres en la ciudad. Liberatori les dio la razón, y el 9 de abril de 2010, Norma y Cachita se convirtieron en la primera pareja de mujeres casadas en América Latina.Argentina fue el primer país en reconocer el matrimonio igualitario en América Latina.Óscar PérezDespués de desafiar los esquemas que pesaban sobre ellas por ser mujeres, mayores y lesbianas, empezaron a militar con más fuerza.
Hablaban en medios de comunicación, iban a los encuentros organizados por la FALGBT y compartían públicamente su experiencia para que se aprobara el matrimonio igualitario. Cachita, la más callada de las dos, llegó a decir en una entrevista en televisión: “Queremos que salga la ley para que nadie más tenga que ir a la Justicia para casarse”.
Esa ley se hizo realidad en Argentina cuatro meses después de su matrimonio, específicamente el 15 de julio de 2010, cuando finalmente se permitió que las personas del mismo sexo se casaran. Fue el primer país latinoamericano en reconocer este derecho.Cachita falleció en 2018 luego de una enfermedad cardíaca. “Aunque el dolor a veces sea tan terrible de no tener más a quien uno quiere, lo tuve.
Lo tuve. Fue nuestro y fue aceptado, y eso es lo que yo agradezco”, relata Norma.
La argentina dice que, mientras ella viva, todo seguirá siendo “lucha y nunca abandono”. Ya tiene 84 años y aunque le cuesta recordar algunas cosas, nunca olvida su amor por la lucha y, más aún, su amor por Cachita en medio de esa lucha.
Dice que ellas pelearon mucho por lo que lograron y que ojalá nadie más vuelva a pasar por eso: “Que cuando yo me muera la lucha esté centrada en otras cosas que no sea despreciar al otro. Que no sea creer que somos ‘enfermos’ o que tenemos que pagar el pato por ser como somos.
Yo estoy aquí para mostrar que enfermedad no tengo, pero amor sí. Tantos años de amor viví con ella”, afirma. “La vida de mi tía, después del fallecimiento de Cachita, se desmoronó por completo.
Le costó un montón estabilizarse con la vivienda, estabilizarse emocionalmente. De eso último, creo que nunca volvió.
Creo que fue uno de los detonantes de su enfermedad”, cuenta Laura, su sobrina, quien agrega que a Norma le diagnosticaron deterioro cognitivo severo.Aún con el peso de su enfermedad, dice que le alegra ver que hoy se puede vivir con algo más de normalidad. Solo espera que no se “vuelva a retomar el rumbo de la violencia contra el amor”.
Y, cuando busca esa fuerza para seguir, la encuentra en el recuerdo del amor de su vida. Mientras se toca el corazón dice: “tengo una especie de ánfora guardada acá adentro, donde está ella y el dolor no entra ahí.
Cuando lo recuerdo me siento mejor para poder seguir, y así no dejar nunca el lugar en que tuvimos la suerte de vivir la vida. Es importante recordar la presión que sufrimos, para hacer comprender a los demás que es mejor entender que presionar y que extirparlo a uno por ser lo que es”, concluye.
Norma cuenta que, por ahora, en medio del remolino de su memoria, sabe que por lo menos tiene algunas cosas claras. Quiere publicar su libro “El sendero oculto”, resultado de su gusto desde pequeña por la escritura y de las ganas de contar su autobiografía.
También sueña con volver a Colombia.Lo cierto es que cuando vuelva a Colombia encontrará un país distinto del que dejó. Uno en el que las parejas del mismo sexo ya pueden casarse y ser reconocidas como cónyuges en igualdad de condiciones, un derecho que la Corte Constitucional garantizó el 28 de abril de 2016.
Diez años después, la historia de Norma y Cachita recuerda que detrás de ese “sí, acepto” hubo personas que primero tuvieron que luchar para poder decir, en voz alta y sin miedo, “yo te amo”.(También le puede interesar: El Museo Nacional recibirá la demanda que permitió el matrimonio igualitario en Colombia)🟣📰 Para conocer más noticias y análisis, visite la sección de Género y Diversidad de El Espectador.✉️ Si tiene interés en los temas de género o información que considere oportuna compartirnos, por favor, escríbanos a cualquiera de estos correos: lasigualadasoficial@gmail.com o ladisidenciaee@gmail.com.
Información de El Espectador (Colombia). Edición y redacción: Noticias Today.
Ver publicación original ↗
💬 Comentarios (0)
Iniciá sesión o creá tu cuenta para comentar.