El campo de golf en La Guaira que se ha convertido en el epicentro del desastre tras los terremotos en Venezuela

La conmovedora historia del bebé de 18 días y su madre que fueron rescatados luego de más de 24 horas bajo los escombros en VenezuelaUna madre excava entre las ruinas en busca de su hijo luego de los terremotos en Venezuela: “Con las manos no se puede”El nivel de destrucción en el oeste de La Guaira es difícil de asimilar.Aunque el terremoto del pasado miércoles golpeó con fuerza a todo el estado costero situado al norte de Caracas, al entrar a la parroquia Caraballeda el panorama cambia de forma abrupta. MIRA: “Hay edificios donde no se ha removido ni una sola piedra”: crece la indignación en Venezuela mientras se desvanece la esperanza de hallar más sobrevivientesA medida que uno se adentra en la zona, la devastación se vuelve más densa.El número de edificios que colapsaron sobre sí mismos luego de los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5, que sucedieron en un lapso de 39 segundos, forman filas enteras de edificios han quedado reducidos a montañas de concreto y hierro retorcido.En algunas zonas de las urbanizaciones más afectadas, como Caribe y Tanaguarena, hay tramos completos donde todavía no ha comenzado la remoción de escombros.Caraballeda solía ser en los años 90 una de las áreas más prósperas del estado, una animada zona turística bordeada de palmeras, con hoteles de lujo, restaurantes, condominios con piscinas, un muelle repleto de yates e incluso un campo de golf.Hoy presenta una imagen desoladora, más cercana a la de un escenario de guerra que a la de un destino vacacional.Ese campo de golf, vestigio de la opulencia que marcó la zona antes de la tragedia de 1999, se ha transformado en el epicentro de la emergencia.Sobre su césped verde, que solía estar perfectamente cuidado, hoy yacen un hospital improvisado que atiende a las personas que han podido ser rescatadas y están gravemente heridas, asimismo de pilas de ropa donada y cajas llenas de ayuda humanitaria.En una parte del campo de golf, justo al lado de una pequeña laguna, una franja del terreno ha sido habilitada como área de aterrizaje para helicópteros que llegan con suministros y personal desde otros estados del país y también desde el extranjero.Otra ha sido habilitada como refugio para cientos de familias que lo han perdido todo.Milagros González, una residente de la urbanización Caribe, le dice a BBC Mundo que vivía en una parte de la zona donde la mayoría de los edificios colapsaron y tuvo que huir tan pronto como pudo.
Su torre fue “una de las pocas que no colapsó”. “Salí con mis dos pequeñas y mis dos señoras mayores. Salirnos fue fácil.
Pero gracias a Dios [salimos] con vida. El edificio no se puede habitar.
Pero estamos vivos, que es lo importante y agradecidos con Dios”, afirma. “Al frente hay un edificio que se llama Hoyo Cinco. Ahí hay personas tapiadas y no han podido sacarlas porque, con la forma en que cayó el edificio, da miedo que termine de colapsar lo que quedó”.
González confiesa que cada vez que se acuesta se despierta mareada y piensa que está temblando. “Resulta que ahorita me expresó una psicóloga que es parte del mismo proceso”, añade mientras sus dos hijas pequeñas juegan con muñecas sobre un colchón que han puesto sobre el césped. En los alrededores del Caraballeda Golf & Yacht Club, las calles –agrietadas y cubiertas de escombros– están marcadas por el polvo y el silencio, interrumpido solo por la maquinaria pesada y por quienes buscan entre los restos.El calor húmedo de esta zona del Caribe, que roza los 30 grados centígrados a diario, se vuelve sofocante con el paso de las horas e intensifica el cansancio de quienes trabajan sin pausa desde el miércoles.A eso se suma un olor persistente —que algunos habitantes describen como “olor a sangre”— mezclado con polvo, concreto y materia orgánica, que impregna el ambiente y obliga a portar mascarillas.
Las calles también están llenas de venezolanos con miradas perdidas, gestos tensos y una tristeza que se percibe incluso antes de escuchar sus historias.El ministro del Interior de Venezuela, Diosdado Cabello, afirmó que Caraballeda es uno de los lugares más afectados por los terremotos que, hasta la mañana de este domingo, habían dejado al menos 1.430 muertos y miles de damnificados.La magnitud de la tragedia va más allá de esas cifras. Miles de personas permanecen atrapadas bajo los escombros en La Guaira y en otras zonas del país.
La ONU estima que hay alrededor de 50.000 desaparecidos, esto se hace particularmente evidente en Caraballeda.En los últimos días han llegado equipos de rescate internacionales procedentes de México, España, Catar, Estados Unidos y Reino Unido para reforzar las labores de búsqueda. No obstante, en el terreno el número de estructuras derrumbadas que aún no han sido intervenidas refleja que la ayuda internacional no ha sido suficiente.
Un bombero que trabaja en la zona, y que pidió no ser identificado, indicó que hay decenas de edificios donde no se ha removido ni una sola piedra. “No hay suficientes manos”, expresó. “Y es muy, muy probable que todavía haya personas atrapadas”.Ante esta desesperada situación, la reacción de la sociedad civil ha sido decisiva. Vecinos y voluntarios, tanto de La Guaira como de otras partes del país, se han movilizado para asistir a los afectados.
Algunos distribuyen alimentos y agua; otros organizan insumos o colaboran en las tareas de búsqueda con los recursos disponibles, en ocasiones incluso con sus propias manos.En medio de la emergencia, esa red improvisada de apoyo se ha convertido en un sostén clave para quienes siguen esperando encontrar a sus familiares desaparecidos. Jesús Andueza, un chofer de bus de Caraballeda de 64 años, estaba durmiendo una siesta cuando inició el primer temblor. “Fue horrible.
Gracias a Dios. La casa no se cayó, pero bailó”, cuenta sentado en el césped.
Aunque su familia está a salvo, dice que el impacto psicológico ha sido duro. “Para decirle con sinceridad, uno queda así como nervioso. Cualquier ruidito... horrible”.
Él hoy, como muchas otras personas, dormirá en el campo de golf de Caracabella, porque le da miedo regresar a su casa. “Me duelen los pies, tengo los pies hinchados y vine a buscar unos pañales para la niña. Es preferible quedarme aquí”.
Información de El Comercio (Perú). Edición y redacción: Noticias Today.
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