Luego de la victoria de Keiko Fujimori, buena parte del debate público se ha concentrado en la necesidad de conformar un gabinete de ancha base. El argumento parece lógico: si el país llega dividido casi en mitades después de una elección polarizada, la gobernabilidad exige incorporar representantes de distintas fuerzas políticas al Consejo de Ministros.El diagnóstico es correcto.

Lo que merece discusión es si un gabinete de ancha base constituye realmente la mejor estrategia para enfrentar ese escenario.Es evidente que el próximo gobierno necesitará transmitir apertura y voluntad de consenso. Pero asumir que un gabinete de ancha base es la única forma de demostrarlo equivale a confundir objetivos y estrategias.

Y aquí conviene precisar de qué estamos hablando. No me refiero a quienes se sumaron al proyecto político durante la campaña o al menos antes de conocerse los resultados electorales, sino a quienes permanecieron fuera —o incluso enfrentados— al fujimorismo hasta el día de la elección y recién después de la victoria buscarían incorporarse al gobierno.Dicho esto, la voluntad de diálogo puede expresarse de muchas maneras: convocando a los excandidatos presidenciales para discutir sus propuestas o incorporando iniciativas valiosas de otras campañas.

Ninguna de esas acciones exige necesariamente compartir la conducción del Ejecutivo.Más aún, conviene preguntarse qué problema intenta resolver realmente esta fórmula. Difícilmente logrará que quienes no votaron por Keiko se sientan representados de la noche a la mañana.

Lo que probablemente consiga es generar tranquilidad temporal entre algunos líderes políticos. Pero confundir el respaldo de ciertos dirigentes con la legitimidad ante millones de ciudadanos sería un error estratégico.Y es precisamente allí donde aparece el principal riesgo.

Quienes se suman a un proyecto político después de la elección suelen responder a prioridades e incentivos distintos. Mientras las condiciones son favorables, esas diferencias pueden permanecer ocultas.

Pero cuando llegan las primeras crisis —y llegarán— aumenta la tentación de marcar distancia o deslindar responsabilidades.Asimismo, existe una diferencia fundamental respecto de otros períodos. Los nuevos gabinetes ya no requieren obtener un voto de confianza para empezar a gobernar, por lo que la necesidad de distribuir ministerios como mecanismo de negociación política inmediata es hoy menor.La pregunta de fondo no es cuántas fuerzas políticas estarán representadas en el gabinete, sino qué tipo de gabinete tiene mayores posibilidades de producir resultados.

Porque la legitimidad del próximo gobierno no se construirá mediante cuotas políticas, sino a partir de su desempeño.Y para lograr esos resultados es prioritario actuar con rapidez. Se necesita, en otras palabras, cohesión.

La amplitud será una consecuencia a mediano plazo. La ancha base puede ayudar a atravesar la juramentación, pero un gabinete cohesionado tiene más posibilidades de atravesar las crisis.

La primera puede generar una buena fotografía, pero la cohesión tiene más posibilidades de generar resultados.Por eso, no deberíamos centrarnos en cuán amplio, sino en cuán eficaz puede ser un gabinete, porque antes de unir al país, un gobierno debe ser capaz de unirse a sí mismo.