Durante semanas, Leonor Pérez vio a su hijo desaparecer los domingos. Decía que iba donde la abuela.

O a la plaza. Siempre había una excusa.

Salía de la casa y regresaba horas después, hasta que un día ella decidió encararlo.—¿Quiere saber adónde voy? —le respondió él—. Vaya conmigo.Lo siguiente que recuerda es una camiseta morada en las manos, un clásico contra Alajuelense y la impresión de haber entrado a un mundo desconocido.

Desde la gradería sur vio a su hijo cantar, saltar y alentar entre cientos de personas. Y mientras observaba aquel ritual colectivo, dejó de mirar a su hijo y empezó a sentirse parte de aquello.Han pasado años desde aquella tarde.

De hecho, su hijo dejó de ir al estadio, pero ella no. “Nunca, Dios guarde, estaré ahí hasta que Dios me lo permita”.A sus 59 años, “doña Leo” —como la conocen en la Ultra Morada— sigue organizando su vida alrededor de los partidos de Saprissa. Los domingos con fútbol empiezan antes del amanecer.

Ella cuenta que su cuerpo la levanta (de la emoción) a las cinco de la mañana sin falta. Dice que no existe medicamento capaz de producirle el alivio que encuentra en la cancha.Para doña Leo, quien también llaman la mamá de la gradería sur, toda su vida es la barra. “Yo no sé cómo llevar las situaciones estresantes de la vida.

No tengo tiempo ni dinero para un psicólogo, pero llega el domingo y yo me sano todo. Yo hasta enferma, con calentura, voy al estadio.

Nada me detiene. Vale la pena”.Habla de la barra y habla de una familia.

De personas que le escriben todos los días para preguntarle cómo amaneció, cómo se siente. “Le puedo enseñar mi WhatsApp lleno de mensajes”, dice. “¡Los domingos se me cansa la mano de saludar a todos los que pasan a verme!”, dice.Doña Leo ya no sube a las zonas más altas de la gradería, como hizo cuando llegó a la Ultra hace 25 años. Le da miedo caer, pero le da más miedo imaginar una vida sin el estadio. “Doña Leo es un ejemplo de lo que significa ser un ultra”, dice Marco Sánchez, uno de los líderes de la organización.

La Ultra Morada ya no está compuesta únicamente por adolescentes que llegan recién salidos del colegio o por universitarios en sus primeros años de carrera, como ocurría tres décadas atrás.“Al inicio la mayoría tenía entre 17 y 25 años. Ahora el promedio anda entre los 30 y los 40 años”, explica Sánchez, de 50 años, quien ingresó a la barra cuando tenía 17 y acumula cerca de dos décadas dentro de la organización.En las gradas, asegura, conviven generaciones que antes eran difíciles de imaginar. “Tenemos chiquillos de cuatro o cinco años que llegan con las mamás, pero también adultos mayores.

Hay gente que llevó a sus hijos a la barra y ahora lleva a sus nietos”.Para Sánchez, parte de ese cambio se explica por una transformación cultural dentro de la propia organización. Reconoce que hubo “años difíciles”, marcados por conflictos con el club, la Fuerza Pública y hasta con integrantes de la misma barra.

La asistencia cayó. La reputación también.“Hace cuatro años retomé el liderazgo y tratamos de limar asperezas, volver a tener contacto con toda la organización, con la Policía y con el club.

La gente entendió que por ahí no era el camino. Había que darle un giro a la barra”.Según cuenta, los resultados empiezan a notarse.

Hoy calcula que la Ultra reúne en promedio a unos 1.500 integrantes, dependiendo del partido, y observa una presencia creciente de familias y aficionados que antes preferían mantenerse al margen. “Nuestra estrategia es que los hoy miembros traigan a sus familias y la pasen lindo, tanto como para militar. Luego mostrar que somos una comunidad sana y que ofrecemos alegría, adrenalina y amistad a quien quiera venir”.El sueño, resume, es que algún día la frontera entre la barra y el resto de la afición sea cada vez más difusa.

Que el relevo generacional no dependa únicamente de quienes llegan por primera vez, sino también de quienes crecieron viendo a sus padres y abuelos cantar desde la misma gradería.Como doña Leo, que llegó a la Ultra buscando qué hacía su hijo y terminó encontrando una familia más grande. “Ha sido lo mejor que me ha pasado”, dice la mamá de la gradería sur. “Esta gente es mi familia”.