El doctor Conrado Estol define su trayectoria profesional y personal a través de los lazos humanos. Para el especialista, la clave de su labor médica reside en la conexión con el paciente, un elemento que considera irreemplazable ante los avances tecnológicos.

En una entrevista con LA NACION, el médico relató cómo su infancia, dividida entre los inviernos de Nueva York y los veranos en los viñedos de Mendoza, moldeó su carácter y su vocación. Nacido en el Doctor’s Hospital de Manhattan, Estol reconoció que sus años de formación en Estados Unidos resultaron determinantes para su visión de la salud.

Luego de graduarse en la Universidad de Buenos Aires, el neurólogo completó su entrenamiento en centros de alta complejidad en Nueva York, Pittsburgh y Boston. Durante ese periodo, vivió la irrupción del SIDA y presenció los primeros tratamientos exitosos con drogas para el accidente cerebrovascular, hitos que marcaron su carrera. “Yo diría que la base de todo son los vínculos”, resumió Estol desde su consultorio en Buenos Aires.

A pesar de contar con una formación médica de élite y el reconocimiento en el ámbito académico estadounidense, el neurólogo decidió regresar a la Argentina a principios de los años 90. Según explicó, el sentimiento de pertenencia y la necesidad de reencontrarse con su familia y amigos pesaron más que cualquier ventaja económica o profesional que ofreciera el sistema norteamericano. “Lo que sufría el último día, cuando iba en el auto a Ezeiza para volverme, no lo puedo explicar.

Por eso estoy acá hoy”, dio a conocer el médico. En su práctica cotidiana, Estol enfatiza que la medicina requiere de una mirada integral.

Critica el enfoque actual que prioriza la reparación sobre la prevención y advierte sobre los peligros de una sociedad que, pese a su obsesión por la imagen, descuidó hábitos fundamentales como el sueño, la nutrición adecuada y el manejo del estrés. “La longevidad empieza décadas antes de la vejez”, remarcó el profesional. En cuanto a la creciente implementación de la inteligencia artificial en el diagnóstico clínico, Estol mantiene una postura equilibrada.

Si bien reconoce la capacidad técnica de los sistemas modernos, sostiene que la tecnología no sustituye la confianza humana. Para él, el consultorio funciona como un espacio sagrado donde la empatía constituye la herramienta más poderosa del médico. “Muchos médicos dejamos de ver la muerte como algo abstracto; es algo que vivimos muy seguido”, explicó al referirse a la carga emocional que conlleva su profesión.

El neurólogo admitió que, aunque el sistema de salud argentino atraviesa dificultades históricas y limitaciones de recursos, su labor actual en el Sanatorio Güemes le brinda una satisfacción profunda. Allí, coordina una unidad dedicada al tratamiento del ACV, lo que replica el modelo de excelencia que aprendió en el exterior.

Al ser consultado sobre sus creencias y su visión sobre la vida, el especialista se definió como agnóstico. Frente al misterio que representa el cerebro humano, elige adoptar una postura de humildad intelectual.

Finalmente, Estol reconoció que, más allá de los títulos y la ciencia, su mayor refugio es el ámbito familiar. Después de jornadas extenuantes, llegar a su casa funciona como el mejor remedio.

Su camino, desde aquel niño que disfrutaba del Central Park hasta el médico que hoy lucha por mejorar la calidad de vida de sus pacientes, demuestra que, en última instancia, el valor de las personas reside en la solidez de sus afectos.Este contenido fue producido por un equipo de LA NACION con la asistencia de la IA a partir de un artículo firmado por Valeria Agis.