Ser o no ser primer ministro

Uno de los dilemas que Keiko Fujimori deberá tener resuelto a la hora de su asunción al poder es si coloca en su real lugar al presidente del Consejo de Ministros, llamándolo como se debe, o mantiene el equivocado y acostumbrado título distorsionante de “primer ministro”.Es una cuestión de elección entre un factor formal de estabilidad y otro informal de crisis.Ser o no ser “primer ministro” es un incómodo elemento por despejar en un país como el nuestro, lleno de rituales de poder.Se trata de un cargo que sencillamente no existe. Es parte de los defectos de nuestro sistema presidencialista híbrido, que adorna la investidura del presidente del Consejo de Ministros con ese inadecuado y rimbombante título, propio del sistema parlamentarista.Si para efectos prácticos y para titulares de los medios el nombre de presidente del Consejo de Ministros resulta demasiado largo, su simplificación como jefe de Gabinete vendría bien.
Claro que la corrección —mediante simple declaración oficial— podría no gustar a algunos ilusionados con el aura de futuros primeros ministros más que con las tareas de gobierno que quisieran desempeñar, ni a otros que ostentan su CV de ex primeros ministros como si alguna vez hubieran gobernado una nación.El presidente del Consejo de Ministros es constitucionalmente el segundo a bordo en el ejercicio gubernamental de turno y portavoz autorizado después del jefe de Estado. Es lo que en la estructura corporativa privada representa un gerente general en la supervisión del cumplimiento de metas y objetivos a cargo de gerentes centrales, que vendrían a ser los ministros de Estado.El Consejo de Ministros tiene un peso determinante en la dirección y gestión de los servicios públicos, incluidos los más sensibles: seguridad, salud, educación, transporte, economía, justicia y relaciones exteriores.
De ahí que quien lo preside tiene que exhibir una elevada talla político-ejecutiva, algo así como un CEO en busca de resultados competitivos y trascendentes, muy lejos de ser un alfil dispuesto a salvar un vacío presidencial o un operador fusible para contener el desgaste del poder político.De la puesta en orden de la Presidencia del Consejo de Ministros dependerá en mucho la puesta en orden general que Keiko Fujimori quiere hacer realidad desde el gobierno, pues se trata de dotar a la estructura estatal de un alto grado de eficiencia, estabilidad y equilibrio en su dirección, gestión y administración, con resultados concretos y visibles.Devolverle la confianza al país con un cambio de esta naturaleza no nos hará extrañar a un “primer ministro” descargado de la nube y alejado, desde su nombre, del sentido de la realidad.Así, con una PCM puesta en su verdadero lugar, Keiko Fujimori no tendrá que enfrentar una innecesaria distorsión en su estructura de poder. Más bien verá mucho mejor definidas sus funciones de gobierno y Estado, sin la interferencia de alguien preocupado por cómo ser “primer ministro” ahí donde precisamente no hay espacio constitucional para serlo.
Información de El Comercio (Perú). Edición y redacción: Noticias Today.
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