El relevo generacional de las barras: ¿quiénes heredarán La Ultra y La Doce?

Sobre la repisa, al lado del televisor que transmite Irán - Nueva Zelanda, descansa el botín izquierdo que la leyenda eriza Wilmer López usó el día que fue su despedida del fútbol. A la izquierda, se exhibe a plenitud un trozo de la malla que recibió el gol del título 31 de Alajuelense.
Y abajo de todo este informal museo de reliquias manudas están Dylan Vega, de 15 años, pelo corto, cuyos ojos están embebidos en la pantalla; y a su lado Alexei Salas, de 16, rubio, con una pava que corre de su frente cada vez que pueda.La imagen habitual es ver a estos dos muchachos juntos viendo fútbol, pero no necesariamente en una sala de estar sino en un estadio. En el estadio del club cuya pasión los ha hecho militar, desde hace 3 y 2 años respectivamente, en la barra conocida como La Doce.Por ser época de mundial, los muchachos deben conformarse con ver los partidos internacionales, los cuales no encienden tanta electricidad como los de su Liga. “Es que nosotros, aunque estemos cansados o resfriados o lo que sea, no nos vamos a perder nunca un partido en el Morera”, cuenta Alexei.Dylan lo secunda. “La verdad es que yo prefiero no ver un partido si no es en el estadio.
En la casa nada que ver. No es lo mismo”, cuenta.Asintiendo los mira Diego Sánchez, de 40 años, quien lleva 26 calendarios de ser parte de la barra y es uno de los líderes.
Hoy comparte con los chicos en la Casa Club de La Doce, mismo sitio donde suelen encontrarse cuando ocurren los partidos de visita contra Saprissa y Herediano (ya que esos estadios no permiten el ingreso de barras externas).Diego, vestido con la rojinegra, mira a los noveles miembros del grupo con orgullo, como quien mira a un hijo. Bromean, ríen juntos, les da palmaditas en las espaldas y los invita a un par de Coca-Colas Pero no es el único: esta noche de fútbol comparten también con otros hinchas veteranos como Jared Mendoza (de 37 años, lleva 24 en La Doce), Bryan Cordero (de 41 años, 28 años en la barra) y Bryan Rojas (de edad 32, con 18 años militando).
Este grupo representa bastante bien el grueso de La Doce: personas en sus 30 y 40 años que fueron seducidos por el gran ambiente futbolero que se vivía a comienzos de los 2000, cuando La Liga y Saprissa desataban calurosos clásicos y tenían representaciones internacionales que siempre serán recordadas. Eso sí: aclaran que pertenecen a una segunda generación de la barra.
Sus fundadores (algunos retirados, otros que prefieren estar fuera de los focos) ya rondan los 50 años. Por eso, la situación parece ser un poco más complicada para el barrismo: según un estudio de la Universidad de Costa Rica del 2024 se evidencia una pérdida de interés por el fútbol nacional entre los jóvenes.
Siete de cada diez personas menores de 25 años afirman no simpatizar con ningún equipo de primera división. Asimismo, solo el 39% de los encuestados expresó seguir el campeonato nacional.Mientras el partido sigue rodando en la pantalla, Diego Sánchez observa a Dylan y Alexei discutir una jugada.
Los deja hablar. Sonríe.
Hay algo casi de espejo en la escena pues hace casi tres décadas él ocupaba el lugar de los muchachos.“Yo los veo y me acuerdo de cuando uno empezaba”, dice. “La ilusión era la misma.”Los adolescentes escuchan historias que para ellos pertenecen a otro mundo. Un tiempo en el que no existían grupos de WhatsApp para organizar viajes.
Un tiempo en el que los integrantes de La Doce se contaban por decenas y no por cientos. Un tiempo en el que la barra cargaba una fama mucho más pesada.“Antes había mucha rivalidad, mucha bronca.
Todo era muy distinto y no había un sentido de organización como ahora”, recuerda Bryan Cordero. “Había situaciones que no eran buenas y que terminaron afectando la imagen de todos”, le agrega Bryan Rojas. “Una imagen que hemos tenido que ir saneando con los años”.Los mayores hablan de miembros de la barra que se alejaron (o que tuvieron que hacerlos al lado) y de años en que la palabra barra parecía inseparable de la palabra violencia. No intentan negarlo.
Tampoco romantizarlo. “Sería mentir decir que eso nunca existió”, dice Bryan Cordero.Todo esto lo dicen porque intentan explicar que hoy es otra cosa: cómo el grupo que hoy recibe a muchachos como Dylan y Alexei se parece poco al que ellos conocieron cuando eran adolescentes.Jared, el otro veterano, cuenta que “aquí (en La Doce) hay de todo”. Abogados, ingenieros, doctores, profesores, choferes, estudiantes...“Hay gente con maestrías y hay gente que apenas está empezando a trabajar”, agrega. “La barra no distingue quién es usted ni qué hace.
Aquí la idea es que seamos todos uno solo y nos apoyemos como una familia”.“Y es que en verdad es como una familia”, agrega el joven Dylan, “porque en la familia hay gente muy diferente, a veces hay problemas internos, pero se resuelven como familia. Eso es lo que yo he aprendido.
También a reconocer lo malo de lo bueno, a madurar...”, dice, reflexivo.Sobre aprender, el juvenil Alexei también tiene algo por decir. “Diay, todos sabemos que esta es una edad en que uno siente muchas cosas. A veces frustración, estrés...
Y yo llego el domingo a tocar música con La Doce y... No Hay palabras.
No hay nada como eso”.Los mayores hablan de responsabilidad. De acompañar a los jóvenes.
De estar pendientes de cómo les va en el colegio. “Si uno está haciendo algo mal, aquí se lo dicen”, cuenta Alexei. “A uno le pregunta cómo van saliendo las notas del cole. Se preocupan por uno”.Diego, el líder, aprovecha para hablar sobre los proyectos que tiene la barra para atraer a jóvenes como ellos.
Uno de estos ocurre justamente donde hoy estamos parados. Estamos en una Casa Club en desarrollo, una suerte de terraza de recreo con bancas largas, televisores, una manta firmada por el propio Wilmer López e infinitos escudos de Alajuelense que te miran desde cualquier ángulo.
Diego relata que la idea es convertir esta casa en un club que tenga socios e incentivar a gente a militar en la barra para tener este tipo de beneficios.Jared, ansioso por hablar, se suma en su explicación. “Yo le voy a ser sincero: yo lo que quiero es que ya no seamos una barra. Quiero que seamos una organización formal, algo así como Club de Leones, pero de hinchas de la Liga.
Nosotros hacemos fiestas a niños pobres, donamos en Teletón, ayudamos a personas que necesitan ayuda... Queremos formalizarnos”.”Somos el corazón del equipo en casa, pero tenemos que dar el siguiente paso.
Nos haría muy bien dejar de vernos como solo una barra, porque somos mucho más que eso...”.La Doce nació en 1991 como un pequeño grupo de aficionados de Alajuelense que se reunía en la gradería oeste del estadio. Lo que inició con apenas unos cuantos jóvenes cantando y alentando terminó creciendo hasta convertirse en una de las barras más numerosas del país.
Antes de adoptar su nombre definitivo en 1995, fue conocida como “La Turba” y los “Ultra Rojinegros”.Entrar a la Ultra con 13 añosLa primera vez que su mamá sospechó que su hijo no era como los demás fue durante un cumpleaños. Mientras otros niños pedían bicicletas, videojuegos o juguetes para sus fiestas, él pedía mantas blancas.
Mantas enormes. Su mamá, a la fecha, todavía recuerda la extrañeza con que recibía aquellas solicitudes.
¿Para qué quería un niño semejantes pedazos de tela?La respuesta llegaba días después. Evans extendía las mantas sobre el piso de la casa y pasaba horas dibujando “S” gigantes moradas...
Después vinieron los balones de fútbol. Luego los bombos.
Los tambores. Cualquier cosa que produjera ruido o tuviera relación con el equipo morado. “Pero así yo lo amo.
Es un fiebre y un hijo espectacular”, cuenta.La obsesión era tan evidente que, cuando cumplió 13 años, la conversación no sorprendió a nadie. Evans se acercó a su madre y le expresó que quería entrar a la Ultra Morada.Para entonces llevaba toda la vida asistiendo al estadio.
Había crecido viendo a la barra desde la distancia, cantando durante los partidos desde otros sectores del estadio mientras los adultos le advertían que aquella gradería tenía fama de conflictiva. Pero la realidad es que él apenas miraba el balón porque sus ojos se iban siempre hacia otro lado: los bombos, las banderas, los instrumentos, los cánticos.“Siempre me gustó mucho lo que era la barra”, recuerda hoy, a sus 16 años.
Conversamos un par de horas después de haber salido de su colegio hoy y donde le mostró a su madre un 100 que trajo de un examen de Estudios Sociales.La vida de Evans justo sucede entre esos dos mundos principalmente: el estudio y su pasión por la Ultra morada. Desde niño, su madre y padre llevaron a Evans al estadio casi siempre.
Pero cuando Saprissa jugaba fuera de casa, Evans convertía la sala de su casa en una pequeña gradería sur. Colgaba banderas, encendía el televisor y tocaba durante 90 minutos un bombo que había recibido como regalo.
Con una tapa improvisaba los platillos. Reproducía videos de la Ultra y ensayaba los ritmos una y otra vez, como si estuviera preparándose para algo.
Y, sin saberlo, lo estaba.Poco después inició a colaborar con Cultura Saprissa, una de las organizaciones de aficionados. En una actividad para recibir el autobús del equipo, alguien vio a Evans tocando la murga y lo invitaron a conocer más sobre la Ultra.Cuatro años después, Evans ya no es el niño que dibujaba mantas en el piso de la casa.
Es trompetista de la Ultra (dejó la murga por una lesión que sufrió en su muñeca), participa en reuniones y planea sus vacaciones alrededor del calendario de Saprissa (como el semestre pasado que viajó a Panamá para ver al Monstruo).“Hay gente que cree que la barra son solo los noventa minutos del partido”, dice. “Pero esto es algo de toda la semana, de toda la vida”. De hecho, Evans procura estudiar fuertemente para los exámenes para eximirse y así poder tener más espacio para Saprissa.A sus 16 años habla de la barra como si hablara de una escuela paralela.
Ahí aprendió a tocar instrumentos que nunca imaginó dominar. Ahí descubrió que detrás de los bombos, las banderas y los cánticos existe disciplina, coordinación y compromiso.
Ahí también encontró referentes mayores que él que “me ha enseñado mucho sobre la vida”, dice. “Mucha gente tiene una mala percepción por lo que era antes, porque había mucha violencia, pero lo que hay ahora es compañerismo y amistad”. “Uno aprende que en la vida hay que luchar hasta el último minuto para triunfar”, explica. Cuando habla de su futuro, la conversación aterriza en otro sueño: estudiar Medicina.
Dice que la barra le enseñó la importancia de esforzarse por lo que uno quiere. “La Ultra me enseñó que las metas requieren constancia, sacrificio y paciencia. Le soy sincero: me motiva a ser mejor”.La barra del Saprissa, inició en abril de 1995, después de que el dirigente Enrique Artiñano trajera a uno de los cruzados, como se conocía a los integrantes de la barra de la Universidad Católica de Chile, para que guiara el proceso de construir una agrupación similar para el equipo tibaseño.La ternura en una barra ‘brava’Durante semanas, Leonor Pérez vio a su hijo desaparecer los domingos.
Decía que iba donde la abuela. O a la plaza.
Siempre había una excusa. Salía de la casa y regresaba horas después, hasta que un día ella decidió encararlo.—¿Quiere saber adónde voy? —le respondió él—.
Vaya conmigo.Lo siguiente que recuerda es una camiseta morada en las manos, un clásico contra Alajuelense y la impresión de haber entrado a un mundo desconocido. Desde la gradería sur vio a su hijo cantar, saltar y alentar entre cientos de personas.
Y mientras observaba aquel ritual colectivo, dejó de mirar a su hijo y empezó a sentirse parte de aquello.Han pasado años desde aquella tarde. De hecho, su hijo dejó de ir al estadio, pero ella no. “Nunca, Dios guarde, estaré ahí hasta que Dios me lo permita”.A sus 59 años, “doña Leo” —como la conocen en la Ultra Morada— sigue organizando su vida alrededor de los partidos de Saprissa.
Los domingos con fútbol empiezan antes del amanecer. Ella cuenta que su cuerpo la levanta (de la emoción) a las cinco de la mañana sin falta.
Dice que no existe medicamento capaz de producirle el alivio que encuentra en la cancha.Para doña Leo, quien también llaman la mamá de la gradería sur, toda su vida es la barra. “Yo no sé cómo llevar las situaciones estresantes de la vida. No tengo tiempo ni dinero para un psicólogo, pero llega el domingo y yo me sano todo.
Yo hasta enferma, con calentura, voy al estadio. Nada me detiene.
Vale la pena”.Habla de la barra y habla de una familia. De personas que le escriben todos los días para preguntarle cómo amaneció, cómo se siente. “Le puedo enseñar mi WhatsApp lleno de mensajes”, dice. “¡Los domingos se me cansa la mano de saludar a todos los que pasan a verme!”, dice.Doña Leo ya no sube a las zonas más altas de la gradería, como hizo cuando llegó a la Ultra hace 25 años.
Le da miedo caer, pero le da más miedo imaginar una vida sin el estadio. “Doña Leo es un ejemplo de lo que significa ser un ultra”, dice Marco Sánchez, uno de los líderes de la organización. La Ultra Morada ya no está compuesta únicamente por adolescentes que llegan recién salidos del colegio o por universitarios en sus primeros años de carrera, como ocurría tres décadas atrás.“Al inicio la mayoría tenía entre 17 y 25 años.
Ahora el promedio anda entre los 30 y los 40 años”, explica Sánchez, de 50 años, quien ingresó a la barra cuando tenía 17 y acumula cerca de dos décadas dentro de la organización.En las gradas, asegura, conviven generaciones que antes eran difíciles de imaginar. “Tenemos chiquillos de cuatro o cinco años que llegan con las mamás, pero también adultos mayores. Hay gente que llevó a sus hijos a la barra y ahora lleva a sus nietos”.Para Sánchez, parte de ese cambio se explica por una transformación cultural dentro de la propia organización.
Reconoce que hubo “años difíciles”, marcados por conflictos con el club, la Fuerza Pública y hasta con integrantes de la misma barra. La asistencia cayó.
La reputación también.“Hace cuatro años retomé el liderazgo y tratamos de limar asperezas, volver a tener contacto con toda la organización, con la Policía y con el club. La gente entendió que por ahí no era el camino.
Había que darle un giro a la barra”.Según cuenta, los resultados empiezan a notarse. Hoy calcula que la Ultra reúne en promedio a unos 1.500 integrantes, dependiendo del partido, y observa una presencia creciente de familias y aficionados que antes preferían mantenerse al margen. “Nuestra estrategia es que los hoy miembros traigan a sus familias y la pasen lindo, tanto como para militar.
Luego mostrar que somos una comunidad sana y que ofrecemos alegría, adrenalina y amistad a quien quiera venir”.El sueño, resume, es que algún día la frontera entre la barra y el resto de la afición sea cada vez más difusa. Que el relevo generacional no dependa únicamente de quienes llegan por primera vez, sino también de quienes crecieron viendo a sus padres y abuelos cantar desde la misma gradería.Como doña Leo, que llegó a la Ultra buscando qué hacía su hijo y terminó encontrando una familia más grande. “Ha sido lo mejor que me ha pasado”, dice la mamá de la gradería sur. “Esta gente es mi familia”.
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
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