LA MATANZA.— La pelota vuelve a pasar por encima del alambrado y cae dentro del predio donde se levanta una escuela que nunca llegó a inaugurarse. Son las dos de la tarde y los alumnos de la Escuela Secundaria N°176 de Virrey del Pino, partido de La Matanza, intentan desarrollar la clase de educación física en un espacio reducido.

Corren, frenan, cambian de dirección y buscan no chocar entre sí. La cantidad de estudiantes ocupa prácticamente toda la superficie disponible.

Cuando uno de los chicos le reclama a otro que acelere el paso, la respuesta surge casi de inmediato: “No hay espacio, boludo”. Detrás de ellos se levanta una estructura de dos pisos que debía convertirse en el edificio definitivo de la escuela.La escena se repite con frecuencia.

También se repite otro episodio: la pelota que atraviesa el alambrado y termina dentro de la obra paralizada. Uno de los alumnos corre a buscarla, atraviesa el límite que separa ambos espacios y vuelve a la clase.

Para quienes cursan tercer año, esa imagen forma parte de la rutina diaria. Estudian en aulas cedidas por la escuela primaria y observan desde allí dos escenarios que forman parte de su futuro inmediato: el edificio que debía recibirlos en los próximos años y los módulos donde probablemente terminarán cursando cuarto, quinto y sexto años si la situación no cambia.La distancia entre ambos lugares es mínima.

La diferencia entre las condiciones de uno y otro resulta evidente.LA NACION recorrió el predio donde se encuentra la obra paralizada. Para ingresar fue necesario atravesar sectores cubiertos por vegetación crecida.

En distintos puntos del edificio se observan acumulaciones de agua, humedad y manchas de moho. También permanecen maderas colocadas en altura con clavos expuestos y sectores abiertos que muestran el avance alcanzado antes de la paralización.

No hay trabajadores ni actividad. A pesar del deterioro provocado por el paso del tiempo, la estructura principal conserva buena parte de lo construido.

El edificio cuenta con planta baja y primer piso y todavía pueden distinguirse con claridad los espacios destinados a futuras aulas, pasillos y dependencias complementarias. Desde algunos sectores es posible identificar la distribución interna proyectada para la escuela.El contraste con el lugar donde en la actualidad estudian los alumnos es inmediato.

Mientras la obra permanece detenida, la vida escolar continúa desarrollándose a pocos metros de allí.El acceso cotidiano de los estudiantes no conduce al edificio abandonado. Una puerta de madera da ingreso a un pequeño patio y, detrás de ese espacio, aparecen los tres módulos donde cursan cuarto, quinto y sexto años.

Las familias señalan que la puerta no cuenta con un sistema de cierre seguro y sostienen que esa situación favoreció distintos episodios de vandalismo y robos durante los últimos años. Sobre la madera solo aparece pintado un número en color celeste: 176.

No hay nombre institucional. No hay carteles que identifiquen a la escuela más allá de su numeración.La ausencia de una denominación propia tiene una explicación particular.

Como la inauguración del edificio nunca se concretó, tampoco avanzó el proceso formal para asignarle un nombre. Ahora son los estudiantes quienes impulsan un proyecto para revertir esa situación.

La propuesta contempla que los alumnos presenten ideas, se realice una votación y la escuela deje de identificarse solo por su número. Según explican las familias, la iniciativa busca dotar a la institución de una identidad que consideran pendiente desde hace años.Al costado de los módulos se acumulan mesas y sillas.

Algunas están rotas. Otras permanecen apiladas hasta que vuelven a ser necesarias.

Las familias describen ese sector como una suerte de depósito improvisado de mobiliario escolar. Cuando faltan bancos o sillas en las aulas, los alumnos recurren a ese espacio para buscar lo que necesitan.Las condiciones de cursada es uno de los principales motivos del reclamo.

Los estudiantes de primero, segundo y tercero utilizan aulas cedidas por la escuela primaria. Los de cuarto, quinto y sexto cursan en módulos prefabricados instalados en el patio.

Las familias sostienen que el espacio resulta insuficiente para la cantidad de alumnos que asisten a la institución.“Es una carrera para agarrar sillas”, describió Romina Vanesa Aquino, decoradora de eventos de 47 años y madre de alumnos. Según contó a LA NACION, muchos estudiantes llegan antes para asegurarse un lugar donde sentarse. “Los bancos los ocupan tres chicos cuando fueron pensados para dos”, agregó.

Su hija cursa segundo año en aulas prestadas por la primaria y su hijo asiste a cuarto año.Aquino recuerda que la construcción del edificio había generado expectativas en toda la comunidad educativa. Según relata, la noticia fue recibida con entusiasmo porque permitiría resolver una situación que arrastraba años de limitaciones de infraestructura. “Cuando nos dijeron que iban a hacer la escuela estábamos todos chochos”, recuerda. “Después vimos la fecha de terminación en el cartel y pensamos que por fin se iba a resolver el problema”, suma.La madre explica que la escuela primaria necesita recuperar las aulas que presta a la secundaria por el crecimiento de la matrícula en el barrio.

La consecuencia, sostiene, es que ambas instituciones terminan afectadas por la falta de finalización de la obra.Su hija cursa segundo año en uno de esos espacios prestados. Según describe, los estudiantes que utilizan las aulas de la primaria cuentan apenas con un pequeño sector de cemento para pasar los recreos. “Todo el secundario que está arriba tiene ese pedacito para recreo”, relata.La situación no resulta más sencilla para quienes cursan en los módulos.

Aquino sostiene que algunos cursos reúnen entre 35 y 45 alumnos en espacios reducidos. También asegura que los pisos presentan hundimientos y que algunos estudiantes sufrieron golpes o torceduras al introducir accidentalmente los pies en esos sectores. “Los pisos se hunden.

Varias veces los alumnos se lastimaron al meter el pie ahí dentro”, afirma. “Mi hijo me decía que se caían las sillas y las mesas, pero no me lo contaba para no preocuparme”, añade.Las condiciones climáticas agravan más las dificultades. “En verano estudian afuera. Sacan los ventiladores y tienen clase en el patio porque adentro no se puede estar”, sostiene Aquino.

En invierno, el frío se convierte en otro problema para alumnos y docentes.La falta de espacio también condicionó la organización escolar. Aquino recuerda que algunos estudiantes debieron cambiar de turno por la imposibilidad de albergar todos los cursos en el mismo horario. “Fue como la época de la colimba”, describe al recordar el mecanismo usado para definir qué alumnos permanecerían en el turno mañana y cuáles pasarían a la tarde.

La reorganización implicó separar grupos de compañeros y modificar la dinámica familiar de múltiples alumnos.Mientras tanto, la obra permanece inmóvil frente a ellos. “Es una escuela inmensa que abarcaría a todos los chicos de la secundaria”, señala Aquino al observar la estructura inconclusa.Limitaciones Elizabeth Taborda, empleada de 55 años y madre de un alumno de cuarto año, sostiene que los problemas de infraestructura no comenzaron con la paralización de la obra. Recuerda que la secundaria arrastra limitaciones desde hace años y explica que los módulos fueron incorporados originalmente como una solución transitoria ante la falta de espacio.

La expectativa era que permanecieran durante un período breve, hasta que el nuevo edificio estuviera terminado.“Se suponía que los módulos iban a estar un par de años y después se sacaban. Nunca fueron pensados para quedar de forma permanente”, explica.

Taborda recuerda asimismo la expectativa que había generado el proyecto: “Nos dijeron que para mediados de 2023 íbamos a tener escuela. Todos saltábamos de alegría porque no lo podíamos creer”.La madre también destaca que los directivos realizan reclamos constantes ante distintos organismos y que la comunidad educativa no recibió respuestas concretas sobre cuándo podría retomarse la construcción. “Los directivos reclaman, presentan papeles y hacen todo lo que tienen que hacer.

El problema es que nadie responde”, afirma.Las diferencias aparecen cuando surge la discusión sobre quién debe asumir la responsabilidad de concluir la obra. Algunas familias sostienen que corresponde al Estado nacional, por tratarse de un proyecto financiado originalmente por ese nivel de gobierno.

Otras consideran que la provincia de Buenos Aires debería intervenir para garantizar su finalización.Esa diferencia quedó reflejada incluso durante la recorrida realizada por este medio. Mientras Aquino sostenía que los fondos habían sido transferidos y que el Estado bonaerense debía concluir la obra, Taborda insistía en que se trataba de una construcción financiada por Nación y que el problema se originó luego de la suspensión de los programas nacionales.

Más allá de las diferencias sobre el origen de la responsabilidad, ambas coincidieron en el mismo reclamo: que el edificio sea terminado.La historia de la obra inició formalmente el 19 de enero de 2022. Ese día se publicó en el Boletín Oficial el llamado a Licitación Pública Nacional N°63/2021 para la ampliación del edificio de la Escuela Secundaria N°176 de Virrey del Pino.

La convocatoria, realizada en el marco del Programa 37 - Plan de Obras, contemplaba un presupuesto oficial de $327.515.199,25, un plazo de ejecución de 450 días y financiamiento del Ministerio de Educación de la Nación.Posteriormente, un cartel de obra colocado en el lugar —y ya retirado— indicaba un monto contractual de $424.744.963, un plazo de ejecución de 450 días y una fecha de inicio del 12 de agosto de 2022. Varias familias recuerdan ese cartel porque representaba la expectativa de contar con una escuela nueva en un plazo relativamente corto.Información institucional suministrada a LA NACION por la Dirección General de Cultura y Educación de la provincia de Buenos Aires indica que el proyecto contemplaba la construcción de un edificio de dos niveles compuesto por 12 aulas y espacios complementarios.

La documentación señala asimismo que la empresa contratista fue SES S.A., que el avance físico alcanzó el 32,60% y que la paralización tuvo lugar en febrero de 2024. La situación actual figura como una rescisión de mutuo acuerdo por falta de financiamiento.La misma información sostiene que la suspensión de programas nacionales afectó a otras 82 obras de infraestructura escolar con financiamiento nacional.

Según el Estado bonaerense, seis correspondían al Programa 37, 11 al Programa 46 y 65 al convenio tripartito entre Nación, provincia y municipios. También se comunicó que 16 edificios ya fueron finalizados mediante nuevas planificaciones, 11 obras están en ejecución y las restantes continúan bajo análisis.Los movimientos del expediente administrativo al que accedió LA NACION muestran que la documentación continuó circulando por distintas dependencias de la administración educativa bonaerense durante 2023 y 2024.

Los registros exhiben actuaciones en áreas vinculadas con Infraestructura Escolar, Administración de Obras e Infraestructura Escolar, Control de Obras, Presupuesto, Contrataciones, Legal y Técnica y Coordinación Institucional. Incluso después de la paralización continuaron registrándose movimientos administrativos, incluido uno fechado el 27 de enero de 2026 en la Subdirección de Control de Obras.

Mientras tanto, la comunidad educativa continúa realizando actividades para sostener el funcionamiento cotidiano de la institución. Florencia Guzmán, ama de casa de 34 años y madre de dos alumnos, integra la cooperadora escolar y describe el trabajo de familias, docentes y directivos para mejorar las condiciones existentes.“Mi hija lo terminó naturalizando.

Un día vio una nota y me expresó: es verdad, no tenemos que estar en un lugar así”, contó. Su hija cursa cuarto año en uno de los módulos y su hijo asiste a primer año en aulas cedidas por la primaria.Guzmán destaca el vínculo entre alumnos y docentes y señala que el principal problema no está relacionado con la tarea pedagógica sino con las limitaciones materiales que enfrenta la institución.

También describe el trabajo de la cooperadora para recaudar fondos, colocar cortinas, colaborar con sistemas de alarma y realizar mejoras para sostener el funcionamiento diario de la escuela.La cooperadora participa asimismo de proyectos vinculados con la construcción de identidad institucional. Entre ellos se encuentra la realización de un mural y la iniciativa para que la secundaria tenga un nombre propio.Morena Lara, madre de un alumno, resume una preocupación compartida por numerosas familias. “Desde la escuela están haciendo de todo para que reactiven la obra, pero al parecer nunca alcanza.

Es una lástima. Podría ser un edificio espectacular, sobre todo por la necesidad de los chicos y chicas que estudian ahí.

Lo necesitan ya. Es lamentable en las condiciones que están estudiando”, señala a este medio.Al cierre de esta nota, la Secretaría de Educación de la Nación no había respondido las consultas realizadas por LA NACION para precisar si la obra continúa vinculada con algún programa nacional, si existen desembolsos pendientes, si hay gestiones en curso para reactivarla o cuál es la situación del proyecto dentro de los registros oficiales.