Por cuatro días locos que vamos a vivir

SANTA FE.— Imposible evitar referirse a la selección de fútbol argentina. Imposible e inevitable.
No voy a las canchas, no sigo el campeonato de la AFA, pero cuando llega el Mundial me transformo en un hincha más, algo así como un argentino más. Inútil las reflexiones sociológicas, políticas, culturales.
El fútbol es el fútbol. Pasión de multitudes para unos, opio del pueblo para otros.
Las diferencias se desvanecen en el aire cuando llega la hora de la disputa de la Copa del Mundo, o la Jules Rimet (como se llamaba el trofeo que se jugaba antes). Quienes defendemos celosamente nuestro individualismo, para quienes miramos con recelo las convocatorias de multitudes, nos hemos resignado a que una vez cada cuatro años y durante un mes arriemos nuestras fobias mientras nos sumergimos en el anonimato de las masas en las calles.
Yo por lo menos acepto ese compromiso en nombre de mi condición de argentino. Jorge Valdano, el futbolista y director técnico oriundo de Las Parejas, campeón del mundo en 1986 y un escritor con capacidad para trabajar con notable lucidez con las palabras, escribió alguna vez: "El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importante".
Impecable. II Es un mes.
Un mes si nos va bien, porque en su defecto no queda otra ruta que la que nos conduce a casa. En esas borrascosas jornadas todos los argentinos nos reconocemos como argentinos.
Los que vivimos en las grandes ciudades y los que viven en los pueblos y las aldeas más modestas; los argentinos de tierra adentro y los que viven en el extranjero. Los peronistas y los antiperonistas; los reos del Conurbano y los vecinos de Puerto Madero.
Todos se uniforman con la celeste y blanca. El espectáculo es notable y hasta en algún punto conmovedor.
La sensación de sentirnos iguales, unidos en una exclusiva causa. No importa que la sensación sea breve, importa el instante vivido.
Imposible resistirse a esa pasión, imposible ignorarla. Yo por lo menos he renunciado a esa exclusión, y con las precauciones del caso me sumo a la alegría popular.
Argentina no será más justa o injusta por el resultado de un partido de fútbol; no seremos más o menos libres por los avatares de una pelota; nuestro preciado individualismo criollo no se extraviará en la alienación colectiva porque festejemos un gol, salgamos a la calle o nos sumemos a una multitud festiva. Les recuerdo a los más recelosos: la pasión del fútbol se derramó en emociones, en cánticos, en proezas populares, pero contra toda prevención nunca resultó funcional a las pretensiones, ardides o especulaciones de cualquier gobierno o de cualquier político rapaz.
III Tres veces fuimos campeones del mundo, tres veces vivimos el estado de alegría popular, y en las tres ocasiones los gobiernos (militares y civiles) no obtuvieron ningún rédito político a la hora de la victoria y ningún perjuicio a la hora de la derrota. En 1978 los militares hicieron lo posible y lo imposible para apropiarse del triunfo.
Incluso durante algunas horas dio la impresión de que lo habían logrado. Una semana después los argentinos retornaban a su rutina y los jefes de la junta militar terminaron entre rejas no por la organización de un mundial de fútbol sino por una causa más grave, una causa salpicada de sangre y muerte.
En otro contexto y con otra legitimidad, Raúl Alfonsín fue el presidente del momento en que se ganó la copa en México. Fue en 1986.
En 1987 hubo elecciones para renovar legisladores y gobernadores y los candidatos del gobierno perdieron sin atenuantes. En 2022, los jugadores campeones ni siquiera fueron a saludar al presidente de turno y los estrépitos del victoria, el estruendo de las consignas a nadie le hizo olvidar los desaciertos de un gobierno derrotado por sus propios errores y torpezas.
Ni la muerte de Diego Maradona ni el triunfo de Qatar alteró el concepto de la sociedad que ya no le perdonaba al gobierno los vacunatorios VIP y las fiestas en Olivos. IV Hoy estamos en los instantes de euforia.
El partido contra Argelia y los goles de Lionel Messi nos transformaron en argentinos jubilosos. Sería deseable que esos relampagueos de felicidad se reiteren durante ocho partidos y con una copa más en nuestra pizarra.
Las consecuencias previsibles serán una semana de euforia. Y si perdemos habrá una semana de desencanto.
No mucho más. En cualquiera de los casos se impondrán las necesidades y reclamos de todos los días.
Los jubilados recordarán su famélicos ingresos, las amas de casa tendrán presente que en las góndolas los precios suben más allá de lo que dicen algunas cifras oficiales, los trabajadores continuarán temiendo por la estabilidad de sus empleos, los empresarios por la eficiencia de sus negocios y los pacientes de los hospitales por los avatares de su salud. Ningún resultado, ninguna jugada mágica de Messi o de quien sea, ninguna secuencia de goles, mejorará la imagen de Manuel Adorni o despejará el interrogante acerca de por qué el presidente Javier Milei se empecina en sostener en la responsabilidad ins
Información de El Litoral (Santa Fe). Edición y redacción: Noticias Today.
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