Este jueves, cuando Luis Romo empujó el balón al fondo de la portería, México hizo algo que parecía inexistente, se puso de acuerdo en ser feliz. Miles de almas en el Zócalo, plazas, casas, bares y banquetas gritaron al mismo tiempo el gol contra Corea del Sur.

Por 90 y tantos minutos no hubo izquierda ni derecha, pleitos, tomas de tribuna ni sobremesas arruinadas por la política. Qué ganas de que el Mundial no acabara nunca, porque se ha convertido en la política pública más eficiente para garantizar satisfacción instantánea.

Mientras ruede la pelota, se suspende la realidad. No se arregla el Metro, pero se olvida que se descompone; no se terminan los escándalos de corrupción, sólo que dejan de encabezar la conversación; tampoco desaparece la violencia, pero hasta los líderes de los cárteles deben hacer una pausa para preguntar cómo va el marcador.

En cuanto México juega, las noticias incómodas pasan a la banca. Así, la inseguridad se queda calentando en la banda esperando entrar en cualquier momento; la economía sigue haciendo estiramientos y la justicia observa desde la tribuna.

Durante horas, cualquier crisis nacional queda reducida a una pregunta mucho más urgente: ¿por qué Javier Aguirre no hizo los cambios antes? O, desde Palacio Nacional, ¿cuándo viene a la mañanera el pato Merlín?

En esos momentos, el país entero se convierte en parte del cuerpo técnico. No hay colonia, oficina, grupo familiar o de amistades donde no aparezcan los Aguirre.

El tío que no sabe que es un fuera de lugar explica por qué había que jugar con cinco atrás. La comadre, que en su vida ha visto un partido completo, ya dictaminó que a César El Chino Huerta le falta hambre de gol.

El oficinista que se queda sin aliento al subir las escaleras exige una mayor intensidad en la marca. La comida del domingo se vuelve junta de cuerpo técnico.

Si alguien se atreve a decir que el futbol lo aburre, recibe la mirada que Andrés Manuel López Obrador reservaba para los columnistas incómodos, y se convierte en traidor de la patria. En la televisión, los comentaristas no narran partidos, gestionan histerias colectivas.

Gritan como si el gol acabara de resolver la crisis de seguridad y como si el disparo al poste hubiera contenido la inflación. Mientras tanto, la afición sufre, pero con un sufrimiento bonito, no como ese otro que produce la cuenta del mercado.

Nada importa más que el futbol. El debate nacional sigue siendo si el equipo se echó demasiado atrás o si la Selección está jugando a no perder.

Incluso la CNTE llegó a un acuerdo y decidió agarrar sus chivas e irse; el caso de Rubén Rocha, o cualquier otro escándalo de corrupción, puede esperar unas semanas más. Lo único que importa es que México es líder de su grupo y, por ahora, eso basta para declarar gobernable al país.

Hasta la política respira. Una victoria de la Selección siempre le regala al poder unas horas de silencio prestado.

Nadie exige demasiado mientras haya repetición del gol y una conferencia con un pato más carismático que los políticos. Asimismo, el Mundial democratiza la ilusión.

El que pagó boleto para el estadio y el que lo vio en pantalla comparten la misma euforia, aunque no el mismo presupuesto. Claro, la felicidad tiene fecha de caducidad.

Por eso, ojalá el Mundial no terminara nunca, porque cuando acabe tocará volver al país que quedó en pausa desde el 11 de junio. El campeonato no arregla nada, pero permite, durante unas semanas, mandar todo lo demás a un segundo plano.

En México hay demasiadas cosas que duelen, fallan o se descomponen, por lo que no es poca cosa que un balón o un patito alcance a bajarle el volumen al desastre.