XIII. Desperté y abrí los ojos

SANTA FE.— Desperté y abrí los ojos… Un minuto antes del fragor del reloj. Me detuve, como siempre en lo soñado, buscando pistas.
Lo descarté al instante, hoy resultaba vano. Más vano que de costumbre.
Pensé en ellos, como a diario. ¿Dónde andarán?
¿Cómo habrán amanecido? ¿Solos o con sus parejas?
Parejas desconocidas... vidas desconocidas. - ¡Ya son grandes! Te quedaste en el tiempo… Suele decir mi mujer.
Y es cierto. Aquellos tiempos, aquellos buenos tiempos.
Los cuatro juntos en la casa de Santa Fe. Felices tiempos de risas, de proyectos, de ilusiones.
Parecido al amor de celuloide, viejas películas olvidadas que tanto disfrutábamos. Tan dulces como lejanos.
Me levanto de la cama. Doy media vuelta para acomodarla, reflejo cotidiano, pero no, hoy no.
Quedará así, revuelta. Todavía a oscuras comienzo la rutina.
El baño, los dientes, la ducha. Reparo en mi pelo, cada vez menos… Le sonrío al espejo.
Recuerdo aquel viejo chiste del calvo que decide salir despeinado… Espío mi cuerpo desnudo, asusta. La herida.
Reparo en la herida que me tacha el pecho; resalta ante la delgadez como un repulgue de empanada mal hecho. Al tanteo, bajo a la cocina y pongo al fuego la pava de Argentina que me regaló Raúl.
Busco el pastillero mientras preparo el mate. Recuerdo el hoy, patillas hoy no.
Se me ocurre tirarlas a la basura, pero no, las dejo por si acaso. Con apuro, innecesario hoy pero maquinal, tomo tres o cuatro mates con azúcar, al diablo el edulcorante.
Casi desnudo salgo al patio ventoso y húmedo, el flaco que ahora soy se estremece. Parece que el otoño vino destemplado.
Pienso buscar y ponerme el abrigo de piel marrón, quizás la bufanda de lana azul; aunque mejor no. ¿Para qué?
No hace tanto frio y voy al encierro. Ya en la calle, saludo a Cesar que me pregunta si no voy sacar la basura.
Sonrío. - ¡No hay basura hoy, nada que sacar! Le grito.
Camino hasta la avenida. Supongo que sería bueno tomar el autobús, años que no lo uso.
Los observo, pasan atiborrados, cargados hasta el estribo a esta hora, tan temprano. Laburantes que van a sus trabajos, chicos a la escuela que ya no usan guardapolvos, ancianos...
Ancianos como yo. Tomo un taxi al sanatorio.
En la esquina un niño pide ayuda. Bajo el cristal; le alcanzo un billete grande, lo agarra sorprendido.
El chofer me mira por el espejo, hace un gesto de desaprobación. Sonrío, él que sabe.
La puerta del sanatorio destaca iluminada. Una muchacha con chaqueta celeste me espera con una silla de rueda maltratada. - Puedo solo.
Gracias. En el pasillo hay olor mezcla de alcohol y lavandina.
Guillermo sale a mi encuentro, finge casualidad, sonríe de compromiso. Pregunta por mi familia, y me obliga a evadir la respuesta, no quiero abundar en detalles, va a creer que tengo afectada la cabeza.
Y en realidad es lo único que funciona bien, al menos eso creo. Mientras me descambio, hablamos de futbol, del clima y de la gente cada vez más complicada…la crisis.
Veo al enfermero entrar a la habitación, Guillermo le comenta algo que no alcanzo a escuchar. Tal vez sea la sordera que avanza día a día, o acaso la anestesia que empieza a circular por mis venas desde el sachet de suero colgado al costado de la cama.
Duermo... me duermo. Aparece mi abuela, cocinando, me llama. - Vaguito, vení a comer las milanesas ya están listas… Mi madre se ríe a carcajadas, cuando llego de pescar con los amigos de siempre, todo embarrado.
Papá y mi hermano se asoman, transpirados de trabajar en los barcos, levantan las manos, saludan, desde lejos algo me gritan. Entro ahora a un lugar luminoso, en principio creo que es la sala de cirugía pero no.
Hay mucha gente, apenas conocida, apenas recordada; disfrazadas con ropa de otro tiempo, todos sonríen. Dicen mi nombre… Estoy bien, me siento en familia, casi como aquellos lejanos días de Santa Fe.
Cuando llega, todos aplauden, no comprendo porque. Es como que la demandaban.
¡Ahí está! No era como la imaginaba, pero tampoco atemoriza. - ¿Sabés que te esperaba?
Alcancé a murmurar. Ella distante, como si nada.
Ante el silencio y la vaguedad, recordé algunas de las advertencias que fui compilando en estos tiempos. Convulsionados tiempos.
Y entonces, cuando me hallaba en el límite mismo de la abstracción, pareció advertir mi fuga e intentó interferir. Interfirió. - ¡Vamos che!
Creí escuchar. Sonrió cordial y estiró algo parecido a un brazo, o a un camino.
Yo lo tomé y traté, sin éxito, de devolver la sonrisa. Dejé mi cuerpo con dolores y rajas; me entregué a la muerte.
De nuevo desperté y abrí los ojos.
Información de El Litoral (Santa Fe). Edición y redacción: Noticias Today.
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