Fijé mis ojos en el colorido cartel que se exhibía en la ventana de un comercio de San José. Decía: “Para papá leyenda”.

Estaba diseñado para llamar la atención de los transeúntes y conseguir un propósito: que las miradas se dirigieran hacia el tumulto de zapatos deportivos que, huérfanos de pies, en vez de deambular, permanecían inmóviles, vacíos e inoloros bajo aquel cartel.Era claro que la próxima celebración del Día del Padre justificaba la estrategia de mercadeo contenida detrás de una ventana y en un rótulo atractivo. No obstante, lo que llamó mi atención fue la palabra leyenda.

Me pregunté cuáles excepcionales atributos personales debería tener un padre para convertirse en una leyenda en el corazón de sus hijos e hijas; en una leyenda en vida y en una ejemplar biografía post mortem.El Diccionario de la Real Academia Española señala que una leyenda mezcla elementos reales con otros fantásticos o sobrenaturales. Con una leve sonrisa de niño dibujada espontáneamente en mis labios, recordé que, de acuerdo con estudios psicológicos, aproximadamente hasta los nueve o diez años, un padre es, para sus hijos, una fabulosa leyenda, la imagen de un personaje mitológico descendido a la Tierra.En efecto, junto a la firme alianza de la madre –y, en ocasiones, en solitario–, un padre se encarna en Apolo porque es el sol que fulgura en el día y brinda tierna calidez en las noches desgarradas por truenos y tormentas.

Es Hermes porque su mirada constituye un mensaje inclaudicable de protección y seguridad. Asume la condición de Hestia porque consolida el hogar y la familia.

Y papá también contiene la sustancia de Afrodita porque es una pertinaz manifestación de amor.Cercano al décimo año de vida, el papá-mito empieza a descascararse y los hijos descubren que el titán está hecho de carne y hueso, que tiene limitaciones, comete errores y no lo sabe todo. La quimera se ha esfumado; la infalibilidad paterna se precipita en añicos desde el Olimpo infantil hasta la tierra desnuda.Es entonces cuando, puesto en el centro de este campo asolado y yerto, el padre intuye que está en su poder y en su voluntad la extraordinaria aventura de convertirse en una leyenda para sus hijos.

Provisto de su sola, imperfecta y falible humanidad, asume con resolución el oficio del sembrador: plantar en su descendencia las mejores semillas, los mejores hábitos y los valores nobles, asimismo de nutrirla con una personalidad capaz de alcanzar independencia económica y coherencia de vida.Pero, al igual que nuestro agricultor tiene que aplicarse sobre la tierra para cosechar el fruto de su trabajo, un padre también debe decidirse a arar e irrigar el alma de sus hijos con dos herramientas de las que dispone a voluntad: una en la boca y la otra en sus manos. Las palabras y el ejemplo.¡Con cuánta fuerza un consejo paternal se arraiga como una robusta raíz en los hijos cuando las palabras están en armonía con el ejemplo que ellos ven en su padre!

Y con cuánta desilusión lo desechan cuando las palabras y las conductas son solamente dos líneas paralelas que no se juntan.Un hijo o una hija escuchan las exhortaciones de su padre si estas salen de sus labios revestidas del ejemplo. De lo contrario, se convertirán en una evanescencia verbal.Y ruego a los lectores que no piensen que hablo como una autoridad que esculpe los trazos de un padre perfecto.

Semejante concepto ya quedó guardado en la memoria medieval que demandaba un modelo de perfección paterna, materna y cristiana, y que causó más estragos y ansiedad de los que edificó.Asimismo, los hijos, ya desvanecida la inocencia de la fantasía, eximen a su padre, con tolerante juicio –y a veces con un poco de piedad–, del deber de representar la deficiente comedia del padre irreprochable y carente de imperfecciones. En su lugar, arde en ellos un anhelo no expresado, pero tanto más urgente y decisivo cuanto más silencioso es: que papá sea una referencia congruente para sus vidas; que hable el lenguaje de quien aconseja a través de sus acciones; que no introduzca únicamente por los oídos sus parlamentos sobre los buenos hábitos y los valores.

¡Que me los haga ver en él!Entonces, tu hijo o tu hija llegará hasta la tienda de zapatos deportivos y, sin necesidad de prestar atención al legendario cartel, elegirá un buen par para ese papá que se convirtió en una leyenda: una leyenda forjada a partir de su ejemplo en el concreto territorio de la vida diaria, y no desde el discurso de un Olimpo demasiado lejano y alto para ser escuchado.alfesolano@gmail.comAlfredo Solano López es educador jubilado.