Jorge Luis Borges, un poeta antes del tiempo

Había entrado a la reunión con una sonrisa perdida, dirigida desde su ceguera a todos los que lo recibíamos en esa casa. Estábamos en Austin, era el año 1983 y Borges, sostenido del brazo de María Kodama, era inmensamente feliz.
Llevaba un buen tiempo acomodado con gracia a la fama. En ese viaje había vuelto a la Universidad de Texas, que en 1961 lo había acogido como profesor.
Al sentarnos en la mesa a comer una paella que nos había preparado el profesor Arocena, Borges expresó su gusto por el plato: “He esperado 84 años para comer esta paella”. Al final de esa noche, llena de anécdotas y recuerdos, pidió a María Kodama recitar el Padre Nuestro en anglosajón.
Después de escucharla, mi amigo Ángel Delgado recitó la misma oración en latín y cuando me llegó el turno, repetí unas líneas de Eguren, uno de sus poetas preferidos. Fue una noche de recitales improvisados.
Al día siguiente, acompañamos a Borges y a María Kodama a un paseo por la ciudad. Su primera intención fue visitar las lunas artificiales (antiguos torreones desde donde se iluminaba Austin a comienzos de siglo).
Visitamos la estatua del general Joseph Wheeler. Como Funes, Borges recordaba su aspecto.
Mientras nos alejábamos, Borges me expresó: “¿Se ha dado usted cuenta de la musicalidad que tiene el comienzo de El Quijote?” De inmediato recitó las primeras famosas frases de Cervantes. “Es una música que no tiene nada de estridente”, me expresó, “pero que se impone en secreto”. En la conversación surgieron varios otros ejemplos.
Recordó en voz alta las famosas líneas de Ricardo Jaimes Freyre: “Peregrina paloma imaginaria –que enardeces los últimos amores…”.Su llegada a la Universidad de Texas fue un gran evento, coronado por su conferencia multitudinaria. La noche de su charla, mientras iba en el carro hacia el teatro, se sentía inquieto por la cantidad de público que lo esperaba, y repetía sin parar las dos primeras palabras de su conferencia: “Ladies and gentleman”.
Según nos expresó, si lograba decir esas dos palabras, el resto vendría solo. Al llegar al edificio, como el ascensor tardaba en llegar, expresó que sería mejor tomar las escaleras “que ya terminaron de inventarse”.
Unas horas antes habíamos estado en el vestíbulo del edificio donde él había vivido con su madre durante varios meses en 1961. Al entrar, Borges miró hacia arriba y susurró con una sonrisa: “Aquí estoy, madre.
Aquí estoy otra vez. Aquí estamos con María”.Cuando fui a despedirlo al aeropuerto, me expresó que le hacía mucha ilusión partir a Nueva York.
No obstante, agregó, para un hombre de su edad la ilusión en el futuro tenía poco significado.Lo vi alejarse hacia el avión, bajo el mediodía luminoso de Austin. Pensé que tenía razón.
El futuro tenía poco significado porque la eternidad lo había alcanzado en vida. Había creado un universo para que sus lectores viviéramos en él.
Ha cumplido cuarenta años de muerto pero está más allá del tiempo. AQ / MCB
Información de Milenio (México). Edición y redacción: Noticias Today.
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