Frente a años de intervención humana y eventos climáticos extremos, comunidades locales lideran procesos para restaurar ciénagas, caños, meandros, zapales, y bosques inundables en el municipio de Ayapel, ubicado en la ecorregión de La Mojana.En La Mojana, habitan más de 500 mil personas, tanto en las zonas rurales como urbanas.Fundación NaturaEn el Caribe colombiano se encuentra la ecorregión de La Mojana “considerada como uno de los deltas más complejos del mundo, con una gran riqueza ecosistémica; que recoge las aguas de los tres principales ríos de la zona Andina del país (Magdalena, Cauca y San Jorge) y está compuesto por múltiples ciénagas, caños, meandros, zápales, y bosques inundables”, según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible. La Mojana cumple con la función de amortiguar las inundaciones en las partes altas de la región Andina, acumular los sedimentos provenientes de los ríos facilitar su decantación y acumulación.

Dentro de esta región estratégica se encuentra el complejo cenagoso de Ayapel, un humedal de importancia internacional debido a su diversidad biológica y ecológica. Como lo menciona la Convención Ramsar, “los humedales son ecosistemas de gran importancia biológica por la gran cantidad de especies vegetales y animales que albergan.

Se han descrito como ecosistemas de gran importancia para las poblaciones humanas por los beneficios o servicios ecosistémicos que brindan: el suministro de alimento, aporte y reservorio de agua dulce, materiales de construcción, fauna y flora (proveen seguridad alimentaria), biodiversidad de especies, recarga de aguas subterráneas, aportes en la recreación, turismo y actividades espirituales”. Un área que, como mencionó Sergio Villamil, jefe del proyecto Gobernanza para la gestión integral de agua en el municipio de Ayapel, “históricamente ha convivido con las inundaciones, pero en los últimos años los ciclos naturales han perdido regularidad.

Las crecientes son más fuertes, las sequías más prolongadas y la capacidad de los humedales para regular el agua se ha visto afectada por intervenciones humanas y cambios en el clima”. Allí habitan más de 500 mil personas, tanto en las zonas rurales como urbanas, y entre el 2021, cuando se generó la primera emergencia humanitaria por inundaciones a gran escala, y el 2025, según la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, más de 160 mil personas y una gran cantidad de cultivos han sido afectados.

Desde entonces, el Gobierno, en alianza con diferentes organizaciones internacionales y nacionales, ha venido trabajando para mitigar estas afectaciones y preparar a las comunidades y el territorio de esta ecorregión priorizada en el Plan Nacional de Desarrollo, para la implementación de procesos de restauración, rehabilitación y/o recuperación ecológica. Por eso, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible con recursos del Fondo para la Vida y la Biodiversidad y Fundación Natura, implementa un proyecto de restauración ecológica en Ayapel, con la participación de diez organizaciones de base comunitaria (OBC).

Este proceso tiene como objetivo “contribuir a la recuperación y conservación de ecosistemas estratégicos de la región de La Mojana, mediante la implementación de acciones de restauración ecológica y el fortalecimiento de la gobernanza en el territorio (…) Asimismo de fortalecer las capacidades de organizaciones de base comunitaria (OBC) y Juntas de Acción Comunal (JAC), promover la participación de actores locales e institucionales y consolidar estrategias de sostenibilidad para los procesos de restauración”, explicó Villamil. En ese contexto, frente a un territorio donde las inundaciones han resultado en graves afectaciones y, por ende, debe prepararse ante futuras emergencias, se ha iniciado un proceso piloto de rehabilitación ecológica de ecosistemas acuáticos, que, dados los niveles de degradación, como sugiere Daniela Salazar Suaza, especialista en restauración ecológica acuática, “busca recuperar parte de la estructura, composición y funcionamiento ecológico de un ecosistema degradado, pero sin necesariamente devolverlo a su condición original o histórica”.

Este proceso también apunta a mejorar la calidad del agua, la presencia de fauna y flora y la disponibilidad de peces que garantizan la seguridad alimentaria de las comunidades y su bienestar general.Las acciones de restauración ecológica dependen del ecosistema que se busque recuperar, pero en el caso acuático se suma el dinamismo, la calidad y todos los organismos presentes, el tipo de suelo que, en este caso, tiene menos cantidad de oxígeno debido a que permanece inundado por agua durante periodos prolongados, de manera permanente o temporal; y la caracterización y monitoreo de las especies es mucho más complejo. Por eso Daniela resaltó lo clave de la investigación sobre este proceso, pues “todavía nos falta más conocimientos en el tema de sucesión en estos ecosistemas, de cómo funcionan algunas plantas filtrando contaminantes, cómo recuperan la calidad del agua, cómo son refugio y hábitat para muchas especies (…) no tenemos protocolos estandarizados para rehabilitar estos sistemas tan complejos en nuestro país”.

En ese camino por involucrarse en la investigación de la rehabilitación ecológica en ecosistemas acuáticos, por entender las dinámicas y las características de las plantas que habitan en la ciénaga de Ayapel, Daniela logró aprender y entender que estas plantas tienen un “tejido especializado que es el arénquima, que cumple la misma función que los tanques de buceo, es decir, almacenan el oxígeno para poder soportar la inundación (…) y otra cosa superbonita y superparticular es que la forma de las hojas, en su mayoría, son peltadas o más bien circulares u ovaladas como en una flor de loto. También se encuentran plantas adaptadas a vivir completamente bajo el agua, son supremamente delicadas, tienen muy pocas capas de células, no tienen pared celular y no tienen estomas porque no evapotranspiran”.Y añadió, “las plantas acuáticas tienen diferentes hábitos de crecimiento.

Hay unas que están bajo el agua, otras que están flotando y otras que, asimismo de estar flotando, están enraizadas. Y tienen unas adaptaciones diferentes, por ejemplo, en zonas como La Mojana, en donde el cuerpo de agua se expande y se contrae, dependiendo de la época, ellas pueden sobrevivir incluso cuando el agua se va y se vuelven más pequeñas esperando a que vuelva el espejo de agua”.Mujeres mojaneras lideran la rehabilitación ecológica de los ecosistemas acuáticos.Fundación NaturaLa clave, como ella misma lo dice, es entender la vegetación acuática, conocerla, su función, cómo se establecen, cómo se reproducen, sus hábitos de crecimiento.

Investigación y pilotos para poder establecer procesos que permitan determinar “¿dónde siembro una sumergida? ¿dónde siembro una flotante enraizada?

¿dónde siembro una emergente? Y adaptarnos al hecho de que en un ecosistema acuático puede ser supremamente dinámico, en aguas altas llegan unas especies, en aguas bajas llegan otras, en las transiciones llegan otras, y no solo estamos hablando de plantas, también de peces, también de tortugas, también de babillas, de un montón de cosas que no vemos”.Para el caso de la ciénaga de Ayapel, donde se lleva a cabo este proceso, cuando los profesionales llegaron se encontraron con un ecosistema degradado por “la ganadería y el cultivo de mangos a gran escala.

Unas áreas totalmente erosionadas, sin vegetación a la orilla del cuerpo de agua, con potreros; afortunadamente teníamos unas zonas con bosque nativo, pero también con ganadería bufalina y a los búfalos les encanta es meterse a la ciénaga y comerse la vegetación”, resaltó Salazar. Y bajo esas circunstancias se empezó con el proceso de aislamiento de las zonas para evitar que siguieran entrando vacas y búfalos, esto de la mano de los propietarios con quienes se firmaron acuerdos.

También se definieron unas parcelas para realizar restauración activa con vegetación acuática, semiacuática y también con especies leñosas tolerantes a la inundación, que son las especies que van más hacia las orillas. Todo el proceso ha sido llevado a cabo junto a Organizaciones de Base Comunitaria que hacen parte del proyecto. “Quienes fueron capacitados y se notaron interesados desde el primer taller.

Les encantó meterse al agua, buscar vegetación acuática, trasplantarla y hubo un proceso muy bonito con las mujeres. Yo siempre he dicho que las mujeres tenemos una relación muy fuerte con el agua.

Ellas fueron las que aprendieron más fácil a sembrar este tipo de vegetación porque requiere mucha delicadeza”, expresó Daniela. Y es que el rol de las mujeres en este proceso es fundamental, pues más allá de su participación en las labores técnicas, se consolidaron como agentes de cambio dentro de sus comunidades, impulsando una visión de conservación basada en el cuidado, la transmisión de conocimientos y el trabajo colectivo.

Su liderazgo demostró que la restauración ecológica no depende únicamente de la recuperación de los ecosistemas, sino también del fortalecimiento de las capacidades locales y del compromiso de quienes habitan y protegen estos territorios. Al asumir un rol protagónico en el proceso, contribuyeron a sembrar no solo plantas acuáticas, sino también una cultura de corresponsabilidad ambiental que garantiza la sostenibilidad de las acciones de restauración a largo plazo.Pero, las plantas ¿de dónde se sacan? “Bueno, las semillas se recogen de los ecosistemas que están conservados, y se llevan a los viveros para empezar a germinar, tomamos fotos, le colocamos los nombres comunes a las plantas y nos comprometimos con esta idea, porque no queremos que la ciénaga se siga desbordando”, aseveró Angie Paola López, una de las mujeres que lideran el proceso en territorio.Para Angie Paola, este proceso ha sido clave pues “hemos logrado aprender la importancia de las plantas acuáticas y cómo hacer la restauración en la ciénaga.

Asimismo, en la zona de restauración he visto un cambio, por ejemplo, el color del agua, las aves llegan porque ya tienen de qué alimentarse. Es como que va volviendo lo que se había perdido (…) Este proceso es algo que nunca había llegado a nuestro territorio y estamos contentos, porque va a quedar un área conservada”.“Las comunidades están siendo súper efectivas y aprendieron súper fácil todo el proceso de siembra, de propagación, de todo”, mencionó Daniela.

Pero el aprendizaje ha sido mutuo, pues hay mucho que aprender de las comunidades, por ejemplo, ella ya sabe cuál es el rol y uso de cada una de las especies en el ecosistema, sobrepasando el nombre científico y entendiendo lo importante de su trabajo: el beneficio para las personas de la región y los animales que habitan en el ecosistema. Este es un proceso clave para el país, en una ecorregión priorizada por el Gobierno actual, con unas características muy particulares, pero también con unos retos que deben seguir motivando a las organizaciones presentes en la zona y a la comunidad local a restaurar los ecosistemas presentes.

No obstante, cualquier estrategia de restauración debe partir de una lectura rigurosa del territorio, sus dinámicas ecológicas y las funciones que cumplen sus ecosistemas. Si bien todas las acciones de restauración son valiosas y contribuyen a la recuperación ambiental, no existe una fórmula única aplicable a todos los contextos.

En algunos escenarios, la restauración terrestre, mediante la recuperación de coberturas vegetales puede ofrecer resultados significativos; pero en territorios donde el agua estructura la vida, la restauración de humedales, ciénagas, ríos y demás ecosistemas acuáticos, debe ocupar un lugar prioritario. Reconocer estas diferencias es fundamental para garantizar intervenciones más efectivas, sostenibles y alineadas con las necesidades de los territorios, sus ecosistemas y habitantes.

Para Daniela, “estos son unos pilotos que aportan información muy valiosa para el país, ya que no se conocen muchos ejercicios de este tipo y junto con Fundación Natura se está haciendo posible mi sueño de hacer ejercicios de restauración en una ciénaga tan importante como lo es Ayapel”.Y para Angie el sueño es ser “el ejemplo para los jóvenes, para que ellos valoren los ecosistemas acuáticos, se enamoren de ellos y los cuiden”. Y más allá ella se imagina “una Mojana recuperando todo lo que hemos perdido”.