Treinta y cinco minutos. Eso es lo que tarda un algoritmo en instalar un patrón de consumo adictivo en un adolescente.

Datos que emergieron de documentos internos de TikTok/ByteDance, revelados en la investigación coordinada de 14 fiscales generales de Estados Unidos. Años de diseño intencional condensados en media hora de scroll.Mientras tanto, en Argentina, el bullying pasó del 25% al 41% en un solo año, según Unicef.

Entre mayo de 2024 y mayo de 2025 se registraron al menos 140.000 casos graves de acoso escolar. El 37,8% de esa violencia se traslada a las redes sociales.

Y buena parte de la que estalla en los patios, según Argentinos por la Educación, no se origina allí.Estos dos fenómenos, el diseño adictivo de las plataformas y el deterioro del clima escolar, son parte de la misma cadena.Lo que ocurre antes de que lleguen al aulaAntes de que un adolescente llegue a la escuela, ya pasó horas frente a un sistema que decide qué ve, qué siente y cómo se percibe. En ese entorno se aprenden formas de compararse, de construir autoestima y de gestionar, o no gestionar, la frustración.

La autoestima hoy está mediada por métricas. Likes, visualizaciones, rankings.

Una comparación global constante, diseñada para ser inalcanzable.Cuando esa percepción de valor personal se erosiona, la frustración busca salida. La evidencia lo documenta: investigaciones en población universitaria muestran correlaciones negativas entre el uso adictivo de redes sociales y la percepción de valor personal (como explica Jonathan Haidt en su libro La generación ansiosa, de 2024).

Un adolescente que no puede procesar la frustración que genera la comparación permanente llega al aula con esa carga. Y el aula, muchas veces, es donde esa carga explota.Lo que llamo diseño depredador digital son sistemas que optimizan la explotación de vulnerabilidades cognitivas y emocionales, especialmente en etapas de formación.

Plataformas que identifican cuándo un usuario es más vulnerable y capitalizan ese momento. Cada plataforma transmite, de manera implícita, un modelo de valor: Instagram refuerza la centralidad de la imagen; TikTok, la lógica de la inmediatez.

Los mismos entornos donde circula el entretenimiento también circulan escenas de violencia que se viralizan, se detallan y se convierten en modelos disponibles. Cuando un hecho se repite y se normaliza digitalmente, deja de ser un evento aislado.

Se transforma en una referencia cultural.El caso de San Cristóbal desató una ola de amenazas viralizadas en más de diez establecimientos del país. El efecto de imitación no fue espontáneo: fue amplificado por algoritmos que priorizan el contenido que genera reacción, sin ningún criterio sobre el daño que produce.Lo que la educación puede hacer hoyHay tres formas de relacionarse con la IA en la educación.

Enseñar con IA. Enseñar sobre IA.

Y enseñar por qué existe la IA. La tercera es la menos conversada: revisar qué enseñamos, para qué lo enseñamos, qué capacidades priorizamos en un mundo donde el criterio para habitar entornos diseñados para capturar la atención sigue siendo un asunto irreductiblemente humano.Cuando un adolescente produce, crea, argumenta y publica con voz propia, su relación con la pantalla cambia.

Y su relación consigo mismo también. Construir esas condiciones: en el aula, en la política institucional, en la conversación familiar, es urgente.También es posible exigir algo concreto: que las herramientas que ingresan a las escuelas sean explicables.

La IA explicable (en inglés Explainable AI o XAI) busca que docentes, directivos y familias puedan comprender cómo y por qué un sistema llegó a una determinada recomendación; por qué da una respuesta y no otra. Exigir esa transparencia es una forma de soberanía pedagógica que hoy muy pocas instituciones (e incluso como usuarios) ejercen y ejercemos como ciudadanos del mundo.Lo que ningún sistema puede reemplazarUn docente que conoce a sus estudiantes, que puede interpretar sus emociones y construir vínculo real, constituye una forma de mediación cuyo valor se vuelve más visible precisamente ahora.

El aprendizaje genuino requiere continuidad, presencia y sentido, condiciones que un algoritmo puede simular, pero que solo ocurren en la relación entre personas.La autoestima es la condición del aprendizaje, y en este momento está siendo moldeada por sistemas que no conocen a ese estudiante, que no saben de su historia ni de su contexto, y que optimizan su atención para sostener el negocio de otra empresa. Reconstruirla desde el vínculo pedagógico es también una forma de prevención.La IA no es destino: es entorno.

Habitarla con intención propia requiere criterio. Y el criterio, todavía, se construye con personas, en el tiempo, con presencia, algo que los espacios educativos aún pueden dar.