Un hombre, un cigarrillo, una mesa de billar

SANTA FE.— I Algunas consideraciones para entenderme y para que me entiendan. En los tiempos de mi adolescencia, allá por los años sesenta, el ingreso de un joven al mundo masculino exigía dos requisitos: fumar y jugar al billar.
No sé cómo funcionaban entonces esas exigencias, pero de lo que estoy seguro es que funcionaban. Podemos discurrir sobre la calidad de esa exigencia, podemos escribir un tratado acerca de los prejuicios que nos dominaban e incluso impugnar todo un modelo de "educación sentimental" masculina, pero por ahora prefiero detenerme en los hechos como tales.
Después, que cada uno haga su propia evaluación y condene o apruebe aquello que constituyó un modelo de formación masculina. Quienes han vivido en aquellos tiempos recordarán que fumar no tenía que ver con la calidad del tabaco sino con el gesto, con la presencia de un hombre con un cigarrillo en la mano, un cigarrillo en la boca o en el acto de encender el cigarrillo con fósforos o encendedor; o ese otro acto -tantas veces ensayado y que costó tantas lágrimas- de hablar con el cigarrillo en la boca.
Cientos de películas promocionaban esa gestualidad masculina que yo no sé si atraía a las mujeres, pero está claro que a nosotros nos parecía que sí, pero sobre todo, sospecho que fumar más que un acto de seducción a las mujeres era algo así como una contraseña entre hombres, porque ser "hombre" reclamaba en primer lugar la aprobación de los hombres. La aprobación femenina reclamaba otros procedimientos, aunque, como escribió Adolfo Bioy Casares, "el héroe de los hombres no siempre es el héroe de las mujeres".
II La otra exigencia de hombría era jugar al billar. El muchacho que lograba acceder a una mesa de billar o casín ya empezaba a ser un hombre con los pantalones bien puestos.
El billar se jugaba en bares o salones de clubes; bares y salones a los que asistían los hombres exclusivamente. Acceder a ese templo no era fácil se los aseguro.
Primero había que eludir las prohibiciones de la edad. "Pibe, sos menor de edad, no podés jugar", te decía el mozo o el dueño del bar.
Después había que conseguir mesa, lo cual era complicado porque los billares de entonces estaban siempre ocupados y no había lugar para un imberbe. Finalmente, lo más importante: había que aprender a jugar.
¿Cómo se aprendía? En primer lugar mirando; mirando jugar a los maestros; mirando cómo tomaban el taco, cómo le ponían tiza y cómo lo manejaban en la mesa.
Recuerdo al veterano que alguna vez me expresó: "A un buen jugador lo conocés en el arranque por la manera de agarrar el taco". Y no estaba equivocado.
Por la manera de agarrarlo y de dar la primera tacada. Después del aprendizaje visual, llegaba el aprendizaje práctico.
Había que jugar. Había que familiarizarse con el taco, advertir qué taco se adaptaba mejor a uno, y empezar a lidiar con las bolas.
Allí terminaban las especulaciones y empezaban los desafíos: el desafío de trabajar los efectos, las picadas, el trabajo con las bandas, el cálculo para dejar las bolas distribuidas de tal manera que al rival se le haga muy difícil hacer su juego. III Una pudorosa confidencia personal: empecé a ir al bar de billares a los catorce o quince años y durante algunos años jugué mucho y me esforcé mucho por jugar bien.
Todo en vano. Nunca fui un gran jugador, ni siquiera un jugador bueno.
¿Para qué mentir? Jugaba con chambones como yo y a veces ganaba y a veces perdía, pero cuando llegaba un buen jugador, no importa la edad, uno respetuosamente se hacía a un costado y permitía que los maestros hicieran su juego.
Yo me daba por bien pagado con que me permitieran estar con ellos. En mi adolescencia el billar fue un juego que me gustaba practicar.
Me gustaba jugarlo y me gustaba el ambiente de hombres que se formaba alrededor de una mesa o de un bar de billares. En aquellos años sesenta en la ciudad de Santa Fe había más de cien bares con mesas de billares.
Bares y clubes. Dicho de otra manera: no se concebía un bar que mereciera ese nombre sin una mesa de billar.
Yo jugué (si la palabra "jugar" vale para un chambón como yo) en varios bares cuyos nombres ahora no recuerdo. Algunos en Bulevar, algunos en barrio Candioti, uno por López y Planes, otro que estaba en una esquina de Blas Parera cerca del cementerio.
Jugué en diferentes bares, pero el preferido o el que frecuenté con más insistencia fue el Tokio, frente a Plaza España, el bar donde alguna vez dio una exhibición uno de los hermanos Navarra, verdaderos magos del taco. Más modestos, nosotros jugábamos por "la vuelta" y por el pago de la mesa, no mucho más.
IV Santa Fe fue una ciudad que dio grandes jugadores de billar, y en particular en el juego que, según los entendidos, es el más complejo, el más exigente para un jugador: el casín. En aquellos años los campeonatos de casín no voy a decir que convocaban a multitudes, pero he visto partidos con más de cien personas contemplando las "diabluras" de los jugadores.
El billar fue durante años un juego, un deporte popular. Y lo era por su
Información de El Litoral (Santa Fe). Edición y redacción: Noticias Today.
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