BRUSELAS.– El mundo desarrollado lleva décadas buscando una fórmula para desacoplarse de los hidrocarburos. La Unión Europea, que importa alrededor del 66% de su consumo energético, aceleró esa búsqueda luego de la invasión rusa a Ucrania en 2022 y la consecuente crisis del gas.

En ese contexto, el hidrógeno verde aparece, junto con la nuclear y las renovables, como una de las apuestas de largo plazo del bloque, aunque su viabilidad económica a escala todavía genera escepticismo.Hoy, el hidrógeno verde es casi invisible en la matriz energética global: apenas el 1% del que se consume en el mundo proviene de fuentes renovables. Se obtiene al descomponer moléculas de agua mediante electricidad renovable en un procedimiento llamado electrólisis: sin emisiones, sin combustibles fósiles.

El más utilizado es el hidrógeno gris, producido a partir de fósiles (energía térmica) y con emisiones de dióxido de carbono. Existe también el hidrógeno azul, en el que el carbono generado se captura antes de liberarse a la atmósfera, aunque con rendimientos imperfectos.El problema es energético y económico a la vez.

La electrólisis consume alrededor del 60% de la energía que se le suministra, lo que la convierte en un proceso relativamente ineficiente. A eso se suma que el hidrógeno es extremadamente liviano: para almacenarlo en volúmenes útiles hay que comprimirlo a presiones de hasta 700 bar, lo que demanda infraestructura costosa.Los defensores responden con un argumento histórico: lo mismo se decía de la energía eólica y solar hace 20 años.

Ambas tecnologías fueron durante décadas objeto de críticas por sus costos. Hoy representan una porción creciente de la generación eléctrica europea y, más importante, le quitaron volatilidad al precio de la energía en momentos en que el gas ruso dejó de fluir.El caso de AmberesEn el puerto de Amberes, Bélgica, la empresa CMB.Tech construyó la primera estación de repostaje multimodal de hidrógeno del mundo: un sistema capaz de abastecer tanto camiones como embarcaciones con hidrógeno producido en el mismo lugar.

La instalación cuenta con un electrolizador de 1,2 megavatios (MW) y una estación de llenado de tráilers de tubo a 500 bar.El sistema funciona con dos contenedores de 45 pies. En el primero se convierte la corriente alterna de la red eléctrica en corriente continua.

En el segundo opera el electrolizador, que separa las moléculas de agua en hidrógeno y oxígeno mediante una membrana de materiales raros. El hidrógeno resultante se purifica y se almacena comprimido.

El costo del electrolizador ronda el millón de euros sobre una inversión total de seis millones.La empresa no opera con hidrógeno puro en todos sus vehículos. En los camiones utiliza una combinación de hidrógeno y diésel al 50% durante los primeros 800 kilómetros; los 1200 restantes corren con diésel convencional, para una autonomía total de 2000 kilómetros.

El sistema lleva seis tanques de 30 kilogramos de hidrógeno y un tanque de 700 litros de diésel. Un camión a hidrógeno cuesta alrededor de 250.000 euros, el doble que uno diésel y menos que un eléctrico, que supera los 300.000.

En barcos, utiliza amoníaco —una molécula derivada del hidrógeno que es más fácil de almacenar— en una proporción que puede llegar hasta el 95%, mezclado con un 5% de diésel para mantener flexibilidad operativa. La proporción no es fija: cada armador elige cuánto amoníaco incorporar según las emisiones que quiera evitar.

El 95% es el techo técnico; el piso lo determina el cliente.La lógica de CMB.Tech no es purista: prefieren la flexibilidad a la descarbonización total. “Aprendimos que la confianza era más importante que la descarbonización”, explicó uno de sus referentes. Si el barco no tiene combustible, no navega.

Por eso mantienen motores duales que pueden funcionar con distintas mezclas según disponibilidad. La empresa reconoce que la tecnología todavía no es económicamente eficiente a escala, pero sostiene que su rol es “romper el hielo”: demostrar que funciona y familiarizar al mercado con ella.

El contexto ayuda: cada vez más empresas de transporte marítimo europeas tienen compromisos formales de reducción de emisiones, lo que convierte a estas soluciones en opciones concretas, aunque todavía caras.Uno de los problemas estructurales del sector es que no existe un precio de referencia claro para el hidrógeno verde. Su costo depende fundamentalmente del origen de la electricidad utilizada en la electrólisis: donde se usa energía renovable, la producción es significativamente más barata que donde se recurre a fuentes térmicas.

CMB.Tech resuelve esa ecuación produciendo hidrógeno cuando los precios eléctricos son bajos —a veces negativos— y almacenando el excedente. Pero esa variabilidad es también un obstáculo para el desarrollo del mercado: sin un precio estable, los contratos de largo plazo son difíciles de estructurar y la Unión Europea no encuentra aún la manera de regularlo.En la Unión Europea, la apuesta institucional es clara.

La Comisión Europea lanzó en 2020 una estrategia de hidrógeno que se mantiene vigente, aunque reconoce que la reducción de costos esperada no se cumplió en los plazos previstos. Aun así, sostiene que la política continuará.

Alemania y los Países Bajos tienen estrategias de importación de hidrógeno verde con foco en el uso industrial y el transporte pesado, sectores en los que la electrificación directa tiene limitaciones técnicas. España apuesta por convertirse en productora y exportadora.

El corredor de infraestructura planificado conectará la península ibérica con el norte de Europa a través de ductos, con los principales puertos como nodos de entrada.La Argentina figura en el mapa. La Comisión Europea tiene un memorando de entendimiento con el país para cooperación en hidrógeno verde, y el Banco Europeo de Inversiones financia estudios de factibilidad por cuatro millones de euros para evaluar qué proyectos locales podrían pasar a una primera fase de desarrollo.