'Soy Frankelda', la maravilla en 'stop-motion' que fascina a Guillermo del Toro y está en Netflix

La animación stop-motion tiene algo especial, y más si guarda vínculos con el fantástico. En Netflix acaba de estrenarse Soy Frankelda, película mexicana definida por ese doble componente y con el relieve de contar con la bendición creativa del mismísimo Guillermo del Toro.El reconocido cineasta apoyó y orientó en el proceso a Roy y Arturo Ambriz, directores del primer filme de animación stop-motion impulsado desde el país norteamericano.
Los dos hermanos, a través de su compañía Cinema Fantasma, despliegan un cautivador imaginario de criaturas tomando como base Sustos ocultos de Frankelda, su miniserie para HBO.Crítica de 'Soy Frankelda'Los hermanos Ambriz dedican Soy Frankelda a Guillermo del Toro por su guía, amistad e inspiración. Era natural que el cineasta, orgulloso amante de los monstruos, las pesadillas y el fantástico, se rindiera ante la magia creativa de esta película stop-motion y decidiera aportar consejo y experiencia, y más tratándose de una producción mexicana pionera.
Netflix acoge una obra con rasgos de verdadera maravilla animada. En primer término por su fascinante imaginería, y después por las ideas que la mueven, sensaciones que se habrían elevado aun más sin las sombras narrativas que emergen hacia el final.Soy Frankelda desprende la sugerencia artesanal emparentada con la técnica de animación, exhibiendo el titánico trabajo que hay detrás.
Esa potente esencia y la enorme riqueza de detalles en los diseños de personajes y en los escenarios (la vista general del Topus Terrentus) la convierten en una delicatessen, y también en una rareza. En lo visual y formal embelesa.Su carga arrebatadora se manifiesta asimismo en las conexiones que establece entre la realidad, los sueños y las pesadillas, entre la verdad y la ficción, a través de sus retratos del plano de los sustos y del plano de la existencia, dos mundos vinculados y que se retroalimentan.
La visión de la tinta de los relatos escritos como alma y el apunte de que la inspiración implica estar mirando al otro lado son solo dos de los atractivos conceptos etéreos manejados.La película habla, en definitiva, de la fuerza de las historias, representada igualmente en cómo, por el dolor y el hecho de ser y sentirse diferente, las abraza desde su infancia Francisca Imelda, Frankelda cuando entra en otra fase interior. El perfil de la protagonista femenina, la apariencia fantasmal que adquiere en el Topus Terrentus y la ubicación a mediados del siglo XIX indican el sustrato gótico de Soy Frankelda.El tratamiento clásico por el que apuestan Roy y Arturo Ambriz queda patente en el uso de las canciones como vía para expresar y describir estados y situaciones.
Se ve igualmente en el retrato de Herneval, el príncipe de los sustos, y en la relación que surge entre ambos. También en la arácnida figura de Procustes, pesadillero real que remite al sugestivo arquetipo del consejero conspirador, y en aspectos como la dimensión que se muere, los deseos de extenderse al mundo terrenal, la traición, el conflicto, la decepción y los aires de tragedia.La doble dimensión cautivadora de Soy Frankelda, la visual y la conceptual, convive no obstante con los problemas expositivos que cobran corporeidad una vez llegan los tramos clave.
La historia no está rematada con acierto, tornándose enredada, deslavazada y algo confusa en las explicaciones y resoluciones. La sensación acelerada que deja en esos momentos no le sienta bien.
Esto afecta al propio desarrollo de Frankelda, en cuya evolución, como resaltan sus reacciones, fallan cosas.
Información de 20 Minutos. Edición y redacción: Noticias Today.
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