Chile tiene un problema serio en su mercado laboral que no se va a resolver solo, ni siquiera si el país vuelve a crecer. La tasa de desempleo ha alcanzado niveles que no veíamos desde 2010, exceptuando el período de pandemia.

El desempleo juvenil supera 22% y en el caso de las mujeres jóvenes llega a 28%. Entre los ocupados, más de 600 mil quieren trabajar más horas y casi 800 mil buscan cambiarse de trabajo.

Uno de los mayores problemas es que en Chile tenemos el costo de despido más alto de la OCDE, junto a Turquía e Israel. Cuando despedir es muy costoso, los empleadores no contratan o lo hacen a plazo fijo o directamente no formalizan.

Los datos lo confirman: más de un tercio de los contratos formales dura menos de un año y solo el 14% de las relaciones laborales termina con derecho a indemnización. El sistema que supuestamente protegía al trabajador, en la práctica excluye a la mayoría.

Y, como suele suceder frente a distorsiones significativas en el mercado laboral, los más perjudicados son los trabajadores menos calificados: el sueldo promedio de los contratos cortos es menos de la mitad del de los largos. Chile sufre una paradoja llamativa.

Schumpeter llamó destrucción creativa a la capacidad de que los trabajadores se muevan desde sectores que declinan hacia actividades más productivas. Pues bien, un estudio de 2023 hecho por economistas del Banco Central encontró que tenemos la tasa de rotación laboral más alta de la OCDE: 37% de los trabajadores formales cambia de empleo cada año.

Pero esa rotación no es movilidad virtuosa —trabajadores ascendiendo hacia empleos más productivos— sino movimiento en círculos: contratos cortos, salarios bajos, sin acumulación de experiencia ni de derechos. Es la movilidad de los que no tienen alternativa, no la de los que eligen.

Por otro lado, un grupo pequeño de trabajadores tiene incentivos a la inmovilidad. Como la indemnización solo se cobra si el empleador despide, el trabajador que encuentra una mejor oportunidad enfrenta un dilema perverso: renunciar y perder su indemnización acumulada, o quedarse donde está.

El resultado es un mercado que gira mucho y avanza poco. Alta rotación en la base, baja movilidad hacia arriba.

Lo opuesto, exactamente, a la destrucción creativa.Por esto, desde Pivotes proponemos una reforma que no elimina la protección, sino que la universaliza. Un esquema de indemnización a todo evento financiado con una cotización mensual del empleador donde el fondo es propiedad del trabajador, manteniendo derechos intactos, ya que no se toca el seguro de cesantía, ni la tutela laboral ni los fueros.

Con una tasa de cotización de 2,0%, se alcanza el promedio OCDE: 2,7 sueldos a los diez años. Nuestra propuesta es que este régimen sea alternativo y voluntario manteniendo disponible el sistema actual como norma general.

Si bien involucra una nueva cotización, si el trabajador elige esta alternativa, el empleador quedaría liberado de un pasivo incierto que hoy inhibe la contratación.Dejemos de pensar en cómo proteger los empleos existentes y comencemos a pensar en por qué no se crean más y mejores empleos. Cambiemos la lógica.

Pasemos de un sistema que castiga el movimiento productivo a uno que lo acompaña. La destrucción creativa no es crueldad económica, por el contrario, es la condición para que nazca algo mejor: empresas más productivas y mejores salarios.

Pero para que funcione, necesitamos un sistema que proteja a los trabajadores en el tránsito, no que los paralice en el origen.*La autora de la columna es directora de evidencia de Pivotes