La inminente victoria de Keiko Fujimori ha activado diversos temores, algunos sustentados en hechos del pasado, otros más imaginados. Lo cierto es que, difícilmente, alguno de los escenarios apocalípticos que se plantean ocurra.Entre quienes recelan de Fujimori, auguran un retorno a la década de los noventa, basándose en lo dicho en campaña por ella misma: que gobernaría como su padre.

Pero es difícil que algo así suceda. Esto porque el país ya no es el mismo que aquel que aún enfrentaba los estragos de la terrible crisis económica dejada por el aprismo y el cruento conflicto armado interno.Es poco probable, asimismo, que alguien vaya a cumplir el rol de Vladimiro Montesinos.

Se puede fantasear con el papel que tendría el mismo Montesinos desde prisión (¿o aun libre?) o algún aspirante a serlo. No obstante, la capacidad de escrutinio actual reduce en mucho estas posibilidades.Las propias fuerzas del orden se encuentran hoy en una situación muy distinta.

Puede leerse con justificada suspicacia la reciente aprobación de cambios que aplicarían a los delitos de función en el fuero militar-policial. Pero, difícilmente, puede equipararse esto al sometimiento o a la complicidad de aquella época.Hay temores más recientes, también, relacionados con el rol de la misma Fujimori.

Se dice, por ejemplo, que sus decisiones apuntarán al revanchismo o al ajuste de cuentas. ¿Quién podría beneficiarse de algo así?

Evidentemente, las presuntas víctimas antes que, en este caso, la victimaria.Los estropicios recientes, casi todos de origen parlamentario, también son señal de mal agüero para muchos. El Congreso bicameral por instalarse en julio, donde el virtual partido de gobierno solo cuenta con un tercio de la representación, quizá sea la mejor garantía de que más estropicios son menos probables, incluso, de que hasta se podría aspirar a revertirlos.Entre los simpatizantes, ciertamente, se impuso el miedo al caos social.

Los fantasmas que lo alientan tienen sus antecedentes en las protestas que siguieron a la instalación del gobierno de Dina Boluarte, con su dolorosa cifra de muertos, y el inoportuno activismo de algunas figuras políticas.Pero la calle no prende, ni se acerca a lo vivido entre diciembre del 2022 y abril del 2023, o, más atrás, a la “defensa del voto” que promovieron los votantes de Pedro Castillo en el 2021. Los inminentes comicios subnacionales de octubre podrían tener algo que ver con este enfriamiento.El miedo es impulsado por experiencias previas, como las repasadas líneas arriba.

No obstante, el principal temor es el que nadie ha señalado: que la ganadora tenga una lectura errónea del país que, ahora como presidenta, deberá enfrentar. ¿Sabrá, por ejemplo, que todo lo que haga y, sobre todo, deje de hacer ya no caerá en el vacío?