SANTA CRUZ.— EL CALAFATE, Santa Cruz.- Hay personas que viajan y vuelven. Y hay personas que viajan, miran el horizonte y sienten la urgencia de hacer algo con esa emoción nueva que los sacude.

Rafael Martínez de Sanzo pertenece a ese segundo grupo, aunque la vida lo haya llevado y traído innumerables veces entre Buenos Aires y la Patagonia. Ahora quiere revertir un fenómeno que se repite sin prisas ni pausas hace años: el despoblamiento de las zonas rurales.Junto a otros productores, pobladores y amantes de la Patagonia impulsaron la Fundación Patagonia Rural Sustentable (FPRS) que nació con un objetivo claro: demostrar que producción, conservación, ciencia y desarrollo social pueden reforzarse mutuamente.

Su plan contempla reinstalar al menos 150 familias rurales en tres años, crear nodos productivos y diversificar la economía mediante ganadería regenerativa, fibras naturales, turismo, alimentos con identidad, energías renovables y economía del conocimiento.Pasaron más de treinta años desde que este abogado porteño llegó por primera vez a la estepa santacruceña. Algo en esa inmensidad —el viento, el silencio, la tierra que parece no tener fin— lo atrapó de una manera que todavía le cuesta explicar con palabras. “Me enamoré de esa inmensidad”, dice, y en la frase no hay nostalgia sino certeza.

Junto a su hermano compró dos campos sobre la ruta 37, esa cinta de ripio sinuoso y difícil que une la ruta nacional 40 con la cordillera, en el noroeste de Santa Cruz: El Delfín y Sierra Andía. Con los años se convirtió en testigo del fenómeno de despoblamiento, pero también de la tenacidad de los hombres de campo que se quedan en las estancias y apuestan a la actividad productiva.

En el centro de la provincia es donde más se siente el despoblamiento. Pero Rafael Martínez de Sanzo no es de los que se quedan con el diagnóstico. “El sueño es que se repueble la Patagonia”, asegura en diálogo con LA NACION.

Sobre la fundación explica: “Creemos que no hace falta transformar por completo una estancia de 20.000 hectáreas para cambiar su futuro. Intervenir estratégicamente entre el 0,1% y el 0,5% de la superficie puede generar beneficios desproporcionados cuando esas áreas se destinan a reservas forrajeras, infraestructura hídrica o innovación productiva”, detalla.

Habla de tecnología, de nuevas herramientas, de un mundo que cambió y que hace posible lo que antes parecía imposible, y aclara: “Esto debe hacerse de la mano de quienes lo crearon y sostuvieron hasta estos días, el sueño no está perdido, está vivo".Entre los fundamentos de la Fundación, hay un ejemplo ilustrativo: la implantación de 25 hectáreas de alfalfa bajo riego. Dependiendo del sitio y del manejo, ese módulo puede producir una reserva estratégica suficiente para amortiguar inviernos rigurosos o sequías y reducir la necesidad de comprar alimento o bien producir un lote de 40 hectáreas de avena o trigo forrajero en secano favorable o con riego suplementario, concebido como seguro biológico frente a contingencias climáticas.“En una estancia de 20.000 hectáreas, esas 50 hectáreas representan apenas el 0,25% del predio, pero podrían incrementar la estabilidad del sistema productivo, mejorar la supervivencia de vientres y sostener mayores niveles de receptividad durante años críticos”, detalla Martínez de Sanzo.

Uno de los ejes más emotivos del proyecto es la recuperación de saberes. Habla de “poner en valor lo que hicieron los viejos”: el cultivo de alfalfa, las técnicas de manejo que durante décadas sostuvieron a familias enteras en condiciones climáticas extremas.

Esos conocimientos no desaparecieron. Están guardados en la memoria de quienes aún quedan, en los registros de estancias que todavía resisten.La Fundación se propone recuperarlos, sistematizarlos y combinarlos con las herramientas del presente.

Ganadería regenerativa diversificada —ovinos, bovinos, caprinos, camélidos—, producción de fibras naturales patagónicas, alimentos con identidad, turismo rural, energía renovable, créditos por captura de carbono y economía del conocimiento.En Europa, aldeas de las serranías españolas, italianas, francesas, que se vaciaron durante el siglo XX cuando la gente se fue a las ciudades, hoy se ofrecen casas por un euro para que alguien las vuelva a habitar. “El mundo descubrió, tarde, que abandonar el campo tiene un costo enorme, la Patagonia todavía está a tiempo de no cometer ese error”, afirma el abogado, que asegura que para ello el apoyo de los Estados provinciales será fundamental. La propuesta de la Fundación es la revalorización de la historia y tradición: se oponen a la idea de la oveja como enemigo de la naturaleza. “Para esto rescatamos la historia de Santa Cruz, forjada por ganaderos que poblaron la región en condiciones climáticas extremas y realizaron grandes esfuerzos, como arreos de dos años, para establecerse”, describe, a su turno, María Palacios, geóloga de profesión y miembro de la FPRS.

Nacida en Buenos Aires, en 1986 se radicó en Santa Cruz donde dio clases y fue directora provincial de Minería, lo que la llevó a recorrer varias veces el territorio. Con el tiempo se dedicó a la paleontología, donde hoy es asesora ad honorem de la Dirección de Patrimonio Cultural de Santa Cruz.En esa misma línea, Guillermo Adrián Puccio, miembro de FPRS, plantea una diferencia clave entre preservación y conservación. “Estos términos no significan lo mismo, y es muy importante tenerlo en cuenta.

La diferencia principal radica en la intervención humana: preservar implica proteger algo para mantenerlo intacto, sin uso ni intervención, mientras que conservar conlleva cuidar y gestionar los recursos para permitir su uso sostenible. En resumen, preservar es “no tocar” y conservar es “usar responsablemente”, sostiene en el documento “Notas para un futuro sostenible” que inspira a la fundación que también integra.Lo que más entusiasma hoy a los impulsores de la entidad, no son los planes escritos en papel.

Son las llamadas que reciben y las que hacen todos los días. “Van a ser varios clústeres por región, espectaculares, la Fundación será un paraguas de verticales y aristas comerciales, el mundo necesita comida y abrigo sustentable. Nuestra Patagonia no es solo un museo”, se entusiasma el productor.Sandro Heinze, de Puerto San Julián, dice: “Nuestro sueño como familia es volver a producir en estas 60.000 hectáreas junto a mi hijo, y que el día de mañana también pueda sumar a mis nietos.

Aspiramos a que este establecimiento pueda sostener a tres generaciones de una misma familia, trabajando y viviendo de la producción. Sabemos que la clave está en el agua: donde hay agua, hay pasturas, y donde hay pasturas se abren muchas oportunidades.

Siempre con mucho trabajo y equipamiento adecuado”. Agrega: “Invertir en agua es invertir en el futuro de quienes producen y de quienes viven de la tierra”. “La FPRS no quiere reemplazar a las Sociedades Rurales ni competir con nadie.

Quiere sumar. Quiere ser el espacio donde los que tienen tierra, los que tienen ganas, los que tienen conocimiento y los que tienen capital puedan encontrarse y construir algo juntos”, afirma Martínez De Sanzo.Heinze se entusiasma con el proyecto: “Apostar al desarrollo productivo es pensar en el futuro de nuestras comunidades, en el arraigo de los jóvenes y en las próximas generaciones.

Ese es el sueño que nos impulsa: que tres generaciones puedan vivir de esta tierra, cuidándola, produciendo y dejando un legado duradero”.La propuesta, tal como surge de sus fundadores, no es construir y reactivar solo para los productores: es para los que todavía no saben que quieren volver. Para los sobrinos, nietos e hijos de los viejos estancieros.

Para los jóvenes de las ciudades que quizás nunca eligieron vivir donde viven.