Nos ha pasado lo mismo que a la rana en el agua que se calienta poco a poco hasta que se cocina: no percibió el cambio; se acostumbró. No fue que de pronto nos lanzaron a un ambiente abiertamente intolerante, o un día despertamos en medio del odio.

Fuimos aceptando pequeñas subidas de temperatura: una burla, una descalificación, una amenaza velada, un insulto aprobado, fake news compartidas porque favorecían a nuestro bando. Sí, polarizados hasta el punto de hablar de bandos.

Cuando quisimos darnos cuenta, el agua ya estaba demasiado caliente: la agresión verbal se había vuelto normal, cotidiana, casi deseable. Normalizamos el irrespeto y el desprecio; lo normalizamos como forma de hacer política y de vida entre pares.

Cada 18 de junio, por proclama de las Naciones Unidas, se conmemora el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio. No debería ser una fecha más, una efeméride cualquiera; mucho menos para la Costa Rica de hoy.

Hoy día, hablar de discursos de odio no es referirse a fenómenos de otras sociedades donde ocurren graves problemas que creíamos improbables en nuestro país. Es conversar sobre la forma y el contenido de lo que se discute en los ámbitos político, familiar y personal.

Incluso, en lo público de las carreteras o en lo privado de un chat de amigos, colegas o del trabajo.No quiero pedir silencio, todo lo contrario: defiendo el derecho a ejercer y a defender nuestra libertad de expresión. Sin ella, las demás libertades no tendrían sentido.

Necesitamos debatir urgentemente. Se requieren una crítica fuerte, una fiscalización seria, una oposición responsable, una prensa incómoda, una ciudadanía vigilante y universidades que no tengan miedo de pensar en voz alta.

No podemos dejar de discutir ideas y, en cambio, optar por destruir a las personas e instituciones.Mientras se compite por la frase más dura, el video más viral o la provocación más rentable, los problemas del país siguen ahí, esperando: seguridad, educación, empleo, salud, pobreza, desigualdad, infraestructura, ambiente, confianza pública.Las consecuencias de este deterioro no son menores. Cuando el odio se normaliza, la sociedad se empobrece; pierde la capacidad de escuchar y se debilita la confianza.

Se rompen los vínculos con amigos, familiares y la comunidad. La conversación da paso a peleas permanentes entre bandos que ya no buscan convencer, sino vencer.

Hoy, la verdad importa poco; el dato da paso al relato. La narrativa pesa más que el argumento.

Así, la política ha dejado de ser la búsqueda de soluciones para convertirse en la administración del resentimiento, del odio. Este sentimiento tiene una ventaja peligrosa: simplifica.

El odio ofrece respuestas fáciles a problemas complejos. Nos dice que todo está mal por culpa de “ellos”.

Y “ellos” puede ser cualquiera: los jueces, los periodistas, las universidades, los sindicatos, los migrantes, los ambientalistas, los funcionarios públicos, los diputados, los empresarios, los pobres, los ricos, los jóvenes o los viejos. Depende del día, del interés y del cálculo.

Mientras que la democracia necesita ciudadanos, el odio requiere culpables. Una otredad cínica.

No obstante, indignarse ante los discursos de odio no basta. Debemos decidir no reproducirlos.

Sé que es difícil porque casi todos, de una u otra manera, hemos caído en ello alguna vez. Si hacemos introspección, recordaremos cuando aprobamos un trato cruel hacia alguien, cuando compartimos un comentario ácido o un meme humillante.

Podemos caer en la trampa de que el odio ajeno nos escandalice mientras que el propio nos parece justicia. Debemos cambiar nuestra forma de actuar.

Y hacerlo ya. Necesitamos recuperar una regla básica: discutir ideas sin deshumanizar a las personas.

Poder estar en desacuerdo con un gobierno, un partido, una diputación, un medio, una universidad o un sindicato, sin convertirlos en basura moral. Exigir cuentas sin pedir linchamientos y denunciar la corrupción sin fabricar enemigos absolutos.

Asimismo, es urgente no premiar el odio, ni compartirlo, ni aplaudirlo, ni justificarlo: “esta vez sí se lo merecían”. Si la agresión produce aplausos, los líderes políticos la repetirán.

Si el insulto genera votos, lo convertirán en una estrategia. Si la humillación se vuelve espectáculo, siempre habrá alguien dispuesto a subirse al escenario.

La ciudadanía también tiene el poder de educar al poder mediante lo que celebra y lo que rechaza.Otro aspecto por fomentar es construir un lenguaje distinto, más decente e inteligente. Uno que nombre los problemas sin incendiar la convivencia.

Que permita disentir sin destruir. La esperanza, asimismo de diagnósticos, necesita palabras adecuadas.Finalmente, sugiero que volvamos a encontrarnos en torno a causas comunes.

Costa Rica tiene demasiados desafíos como para darse el lujo de vivir dividida en bandos que se desprecian mutuamente. La seguridad, la educación, la salud pública, las listas de espera, la pobreza y la democracia no se resuelven con odio, humillación, descalificación y gritos.Propongo que tengamos como eslogan: “Construyamos esperanza; digamos NO a los discursos de odio: yo me sumo”.

No hay duda: decir este NO con fuerza es la mejor forma de propiciar el ambiente para construir la solución a la mayoría de nuestros problemas como nación.juan.romero.zuniga@una.ac.cr Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, epidemiólogo y académico investigador en la UNA y la UCR. Ha publicado múltiples artículos científicos en revistas internacionales.