A Sebastián Pérez le gusta el futbol. Le gusta la emoción de los partidos, el ruido de la tribuna cuando todo sale bien y la sensación de compartir una pasión con miles de personas al mismo tiempo.

Pero para llegar a ese momento, su familia ha tenido que recorrer un camino que la mayoría de los aficionados jamás imagina.Antes de cada salida hay conversaciones, explicaciones y estrategias. Hay planes alternos, rutas de escape y objetos que ayudan a regular emociones.

Hay preguntas que se repiten una y otra vez. “¿Y después?”Durante años, para miles de familias de personas dentro del espectro autista, asistir a un concierto, una feria, un festival o un partido de futbol no ha sido una decisión espontánea. Ha sido una operación cuidadosamente calculada.

¿Hay demasiado ruido? ¿Habrá un lugar para descansar?

¿Qué pasa si ocurre una crisis sensorial? ¿Existe una salida rápida?

¿Valdrá la pena intentarlo? Durante años, Sebastián fue una pregunta sin respuesta.

Mientras otros niños crecían siguiendo rutas conocidas, él recorría el mundo a su manera y su familia intentaba comprender un lenguaje que nadie parecía saber traducir.La respuesta llegó en Houston, durante la pandemia, a los once años de edad. El diagnóstico de autismo no cambió las terapias ni borró los desafíos del camino, pero sí puso fin a una de las cargas más pesadas para cualquier madre: la incertidumbre.Hoy, con 15 años, Sebastián ha hecho mucho más que crecer.

Ha transformado la mirada de toda una familia, recordándoles que el autismo no es algo que deba corregirse, sino una condición que merece comprensión, respeto y oportunidades para desarrollarse plenamente.“Lo más difícil fue encontrar el diagnóstico. Tener un diagnóstico te da paz porque dejas de dar palos de ciego.

El camino realmente fue el mismo; Sebastián ha estado en terapias desde los cuatro meses y medio de edad y siempre hemos trabajado con él. Pero cuando nadie te dice qué está pasando, aunque tu intuición de madre te lo grite, vives con una incertidumbre muy pesada.

Cuando finalmente recibes el diagnóstico, al menos sabes dónde estás parada”, explica su madre, Verónica Martínez. Esa preparación permanente también acompaña cada salida familiar. “Con Sebastián funciona muy bien la anticipación.

Necesita saber qué va a pasar, a qué hora va a pasar y qué sigue después. Su pregunta eterna es: ‘¿Y después?’.

Entonces nosotros vamos construyendo todo el recorrido desde antes de salir de casa. Le explicamos dónde vamos a estar, cuánta gente puede haber, cómo vamos a entrar y qué vamos a hacer si algo lo incomoda.

Nunca puedes saber exactamente qué detonará una crisis sensorial, pero mientras más contexto tenga, más tranquilo se siente”, relata.Lo que durante años fue una preocupación cotidiana para muchas familias comienza a formar parte de una conversación más amplia sobre accesibilidad e inclusión. La incorporación de espacios de regulación sensorial en los escenarios que albergarán algunos de los encuentros internacionales más importantes de 2026 representa un precedente en la forma en que el deporte de gran escala entiende la diversidad humana.La discusión adquiere una relevancia especial en vísperas del Día del Orgullo Autista, que se conmemora cada 18 de junio.

La fecha busca promover una visión basada en la aceptación, el respeto y el reconocimiento de la neurodiversidad, recordando que el autismo no es una enfermedad que deba corregirse, sino una forma distinta de experimentar y comprender el mundo.Durante décadas, la accesibilidad se asoció principalmente con rampas, elevadores o espacios reservados para personas con discapacidad motriz. Hoy la discusión empieza a extenderse también hacia necesidades que no siempre son visibles, como las relacionadas con el procesamiento sensorial.No se trata solamente la existencia de una sala.La noticia es que necesidades que durante años permanecieron fuera de la conversación pública comienzan a ser consideradas desde el diseño mismo de los espacios.Para Magda de León, abuela de Sebastián, el cambio comienza por algo tan simple como comprender.“Cuando empecé a informarme entendí que el autismo no es una enfermedad.

Es una manera diferente de ver el mundo. A veces nosotros queremos que todos entren en las mismas reglas, pero cuando convives con una persona autista descubres que existen muchas formas de percibir la vida.

Sebastián me ha enseñado precisamente eso: a mirar el mundo con menos rigidez y con más posibilidades.” Para entender por qué ocurre esto, primero hay que comprender qué sucede dentro del cerebro.El doctor Antonio Rizzoli, director del Hospital Infantil de México Federico Gómez, considera que el autismo debe entenderse desde una perspectiva que privilegie la diversidad humana por encima de la idea de normalidad.“No es una enfermedad que deba curarse. Estamos hablando de una forma única y particular de percibir, sentir e interpretar el mundo.

El objetivo no es que las personas autistas sean como el promedio, sino que puedan ejercer plenamente sus derechos siendo quienes son”, explica. Desde esta visión, las dificultades no aparecen únicamente por la condición de una persona, sino también por entornos que históricamente han sido diseñados pensando en una sola forma de experimentar la realidad.Gloria Herrera Rodríguez, maestra en Neuropsicología y directora del Centro de Capacitación y Estimulación Temprana (CCYET), considera que este tipo de iniciativas pueden marcar una diferencia importante para familias que históricamente han tenido que renunciar a muchas experiencias públicas.“Yo creo que si le preguntamos a los papás que vienen aquí, la mayoría no se arriesga”, afirma.

No porque no quieran hacerlo. Porque saben lo que puede ocurrir.Herrera recuerda el caso de un padre que llevó a su hijo a un concierto.

El niño disfrutaba el espectáculo, estaba emocionado y participaba de la experiencia, pero apenas unos minutos después apareció la sobrecarga sensorial y la familia tuvo que retirarse.La escena se repite con frecuencia y detrás de ella suele esconderse una pregunta incómoda:¿Por qué yo no puedo llevar a mi hijo a un lugar donde van todos los niños?La incertidumbre no siempre aparece dentro de un estadio. Muchas veces comienza mucho antes de comprar un boleto.“Hace poco fuimos a un partido y tuvimos una situación complicada.

Había muchísima gente y el tren ligero venía completamente saturado. Mostré la identificación de Sebastián para solicitar apoyo y agilizar un poco el acceso, no para tener un trato preferencial, sino para evitar que permaneciera en medio del tumulto.

La respuesta fue muy agresiva. Incluso me dijeron que si seguía insistiendo podían negarnos la entrada.

Al final alguien de la organización nos ayudó, pero son situaciones que generan mucha angustia porque nunca sabes si quien está enfrente entiende realmente lo que implica una condición como ésta”, recuerda Verónica. El doctor Mario Alberto Arias García, profesor de la Facultad de Psicología de la UNAM e investigador especializado en neurodesarrollo, explica que algunas personas dentro del espectro autista procesan los estímulos del entorno de una manera distinta.“La información llega más intensa”, señala.En un estadio eso significa miles de voces, música, luces, pantallas gigantes y emociones ocurriendo al mismo tiempo.

Lo que para una persona puede representar una experiencia emocionante, para otra puede convertirse en una situación profundamente agotadora.Rizzoli lo ejemplifica con una suma de estímulos que la mayoría de las personas apenas percibe: el grito de gol, las vibraciones provocadas por miles de aficionados saltando al mismo tiempo, los aromas de la comida, los perfumes, las conversaciones simultáneas, los cambios de luz, el contacto físico involuntario y la tensión emocional propia de un partido. Por separado pueden parecer detalles menores; juntos, pueden desencadenar una sobrecarga sensorial.“Lo que para muchas personas es parte del espectáculo, para otras puede convertirse en una experiencia abrumadora.

No porque sean más frágiles, sino porque perciben y procesan el entorno de una manera distinta”, explica. Desde esa perspectiva, los espacios de regulación sensorial no buscan cambiar a las personas.

Buscan ofrecer herramientas para que más personas puedan participar de experiencias que históricamente les han resultado inaccesibles.Para Verónica, la existencia de estos espacios representa mucho más que una sala dentro de un inmueble.“Lo más importante es saber que existe un lugar al que puedes acudir si lo necesitas. Sebastián ama el futbol y disfruta muchísimo ir a los estadios.

Saber que hay un espacio donde puede regularse si llega a sentirse abrumado te da tranquilidad como mamá. Significa que puedes concentrarte más en disfrutar la experiencia y menos en estar pensando qué harás si algo sale mal.” No obstante, para Herrera el tema rebasa cualquier infraestructura. “Todos tenemos que caber en el mismo mundo, no somos mundos aparte.”La frase resume una discusión que va mucho más allá del deporte.

La inclusión no consiste únicamente en permitir que alguien entre. Consiste en generar condiciones para que pueda quedarse, participar y disfrutar de la misma experiencia que los demás. “¿Por qué privarlos?”, cuestiona.La respuesta obliga a mirar no las limitaciones de las personas, sino las limitaciones de los entornos que hemos construido.Porque cuando una sociedad comienza a pensar en quienes perciben el mundo de manera distinta, también comienza a transformarse a sí misma.“Lo que espero es que no se quede solamente en la infraestructura.

Que quienes están en contacto con el público sepan que estas condiciones existen y entiendan cómo actuar. Porque de poco sirve tener una sala sensorial si la persona que está en la puerta no sabe que existe o no entiende por qué alguien la necesita.

Cuando una institución piensa en personas como Sebastián desde el diseño de sus espacios, te sientes tomada en cuenta. Te das cuenta de que alguien entendió que también formamos parte de la sociedad y que también tenemos derecho a vivir estas experiencias”, afirma Verónica.

Para Rizzoli, el verdadero significado de estas iniciativas va mucho más allá de una sala dentro de un estadio. “No tenemos que obligar a las personas a vivir las cosas de la misma manera que las vive el promedio. La inclusión ocurre cuando cada persona puede participar, disfrutar y sentirse parte sin dejar de ser quien es.”Magda coincide. “Estos espacios son importantes porque ayudan a que la gente conozca y comprenda.

La inclusión empieza cuando dejamos de ver a las personas como diferentes y entendemos que todos tenemos necesidades distintas. Al final, todos queremos lo mismo: participar, convivir y ser felices.”Herrera lo resume con una reflexión que trasciende cualquier discusión sobre autismo. “Estos chiquitos así nacen, pero mañana podemos ser tú y yo”.Quizá por eso ésta no es solamente una historia sobre estadios, ni sobre salas sensoriales, ni siquiera sobre futbol.Es una historia sobre un adolescente llamado Sebastián que quiere vivir un partido como cualquier otro aficionado.

Y también sobre una sociedad que empieza a entender que la inclusión no ocurre cuando abrimos una puerta.Ocurre cuando pensamos, desde el principio, en quiénes se habían quedado fuera de ella. CIG