El día de la revelación (Disclosure Day, Estados Unidos/2026). Dirección: Steven Spielberg.

Guión: David Koepp, a partir de una historia de Steven Spielberg. Fotografía: Janusz Kaminski.

Música: John Williams. Edición: Sarah Broshar.

Elenco: Emily Blunt, Josh O’Connor, Colin Firth, Eve Hewson, Colman Domingo, Wyatt Russell. Distribuidora: UIP.

Duración: 145 minutos. Calificación: solo apta para mayores de 13 años.

Nuestra opinión: excelente. El próximo 18 de diciembre Steven Spielberg cumplirá 80 años.

Algunos dirán, desde la banalidad que legitima cada nueva meta alcanzada en la actual era del streaming, que su mejor tiempo ya pasó y que el arte al que dedicó toda su vida se aproxima cada vez más rápido al vislumbre de un ocaso para muchos casi irreversible. Cualquier augurio planteado en esa dirección deberá revisarse y seguramente eliminarse de plano frente a la aparición de una obra como El día de la revelación, cuyo lanzamiento en la Argentina se anticipó con funciones nocturnas programadas para este miércoles a su estreno formal del jueves 10. 5 starsSpielberg, que convirtió su arte (el cine, ni más ni menos) en el acto mismo de pensar, entender y encarar cada momento de su propia vida, vuelve a utilizar como tantas otras veces en su ilustre carrera ese talento sin igual para que nos preguntemos frente a una pantalla inmensa sobre nuestra realidad y nuestro destino como especie mientras nos entregamos al entretenimiento puro de una aventura llena de emoción, intriga, misterio, enigmas, sonrisas y lágrimas.

Más allá de cualquier cosa que pueda contar en este caso (y todo lo que se cuenta en El día de la revelación es apasionante del primer hasta el último fotograma) lo que Spielberg vuelve a decirnos es que esta experiencia solo adquiere sentido completo cuando se vive en una sala de cine llena de gente. No importa lo distintos que seamos en nuestra vida cotidiana.

Como viene haciendo desde hace más de medio siglo (esta es su película número 35), Spielberg sigue creyendo que ese encuentro comunitario bajo el mismo techo y alrededor de una enorme pantalla que refleja la única luz disponible es la única manera de enfrentar nuestros miedos, alimentar nuestra imaginación y descubrir nuestros sueños con el mismo asombro que se reflejará en algún momento en los rostros de sus personajes. Nadie como Spielberg ha logrado capturar a través del ojo de la cámara esa expresión boquiabierta de sorpresa, descubrimiento y emoción.

Encontraremos varias de esas epifanías a lo largo de las casi dos horas y media (que nos atraviesan sin un solo minuto de fatiga) en El día de la revelación, una historia que nos habla de la amenaza cierta de un devastador estado de guerra dominando casi todo nuestro mundo en un presente muy fácil de reconocer, de conspiraciones gubernamentales, de secretos ocultos durante demasiado tiempo por decisiones políticas. Por supuesto, tratándose de un artista absolutamente consciente de la materia artística que maneja, en esta historia se pone en juego la propia memoria de Spielberg y algunos de los avatares de su propia carrera en el cine.

Sobre todo aquellas películas que nos hablan de la fascinante probabilidad de que exista algún tipo de vida extraterrestre y el contacto que como especie humana establecemos con ella. A lo largo de su vida, Spielberg nos contó historias de vínculos humanos con extraterrestres bienintencionados (E.

T., Encuentros cercanos del tercer tipo) y malévolos (La guerra de los mundos). La novedad es el acercamiento metafísico que en la madurez de su vida el realizador incorpora como herramienta para entender nuestra conexión con la presencia alienígena y también como posible válvula de posible salvación (o refugio) de la humanidad frente a la amenaza de una serie de episodios en cadena que transforman al planeta entero en un campo de batalla donde la inmolación completa de nuestra especie es algo ciertamente posible.

Conviene llegar al cine y dejarse llevar por la trama concebida por Spielberg y David Koepp (uno de sus más fieles guionistas, el mismo de Jurassic Park, La guerra de los mundos e Indiana Jones y la calavera de cristal) sin preconceptos y sobre todo sin conocer por anticipado casi todo lo que vamos a ver. Con esa excelsa sabiduría narrativa que mantiene intacta (y que la mayoría de sus pares querría y no conseguirá jamás alcanzar), Spielberg dosifica el suspenso y va uniendo aparentes piezas sueltas alrededor de la peripecia de dos personajes que encontrarán al final, junto con nosotros, esa revelación que cambiará definitivamente todo.

De un lado tenemos a una joven presentadora televisiva (Emily Blunt, en el mejor papel de su carrera), responsable de la información sobre el clima en una emisora local de Kansas City. Su tarea de pronosticadora adquirirá con el tiempo una significación real y simbólica poderosa.

Del otro, un experto en ciberseguridad (Josh O’Connor, con otra interpretación prodigiosa construida desde la introspección y la sensibilidad) que posee información muy delicada. Toda esa data estuvo en manos de organismos extraoficiales ligados al gobierno estadounidense que necesitan mantenerla en reserva.

De paso, O’Connor nos sugiere desde su expresión franca y transparente que podría ser una versión adulta de Elliott, el niño protagonista de E. T.

El extraterrestre. A esa pareja se unen dos figuras con poder de decisión ligadas a ese mundo (los espléndidos Colin Firth y Colman Domingo) y una joven que pone en juego su propio pasado directamente conectado a la devoción religiosa.

Todos quedan envueltos en gran parte de la trama dentro de una espiral de persecuciones, intriga y acción que evoca a los mejores thrillers políticos de los años 70. Spielberg nos entrega varias escenas inolvidables por su magistral uso del suspenso.

Al menos una de ellas, que involucra a varios autos y un tren en movimiento, resultará inolvidable. Mientras todo esto ocurre Spielberg nos lleva de nuevo, como lo hizo tantas otras veces, al mundo de la infancia, otra de sus grandes obsesiones.

No es casual que el personaje de Blunt se llame Margaret Fairchild. En el escenario conspirativo propuesto por esta historia, tanto ella como Daniel Kellner (O’Connor) deben viajar al pasado y reencontrarse con episodios que vivieron siendo niños.

A esas experiencias se irán sumando, sobre todo a través del personaje personificado por Eve Hewson, diversas instancias de conexión directa con la iconografía católica, toda una curiosidad en el cine de Spielberg que incluye en este caso estigmas y rituales. Spielberg parece decirnos que la fe es un instrumento fundamental de la humanidad en un tiempo que nos obliga a tomar decisiones cruciales para nuestra propia supervivencia mientras la incertidumbre política, las tensiones y la beligerancia van en aumento.

Pero lo hace, como siempre, sin la necesidad de compartir mensajes o pronunciamientos concebidos con espíritu didáctico. Prefiere, como siempre, utilizar los recursos, los materiales, la destreza y la conciencia del arte que maneja como prolongación de su propia vida.

El día de la revelación es un gran espectáculo, entretenido hasta lo inalcanzable, que responde a través del cine en estado más puro a todo aquello que nos une (en términos de estado de ánimo) como seres humanos en el mundo globalizado en el que vivimos hoy. Como escribió hace pocos días Wesley Morris en The New York Times Magazine, hay algo que Spielberg sabe que necesitamos casi con desesperación: “La catarsis colectiva, esa que solo se experimenta en el cine”.

El plano final es la inspirada expresión visual de esa interpelación colectiva. La respuesta está en esta película extraordinaria, otra muestra de la imaginación de un artista superior que se acerca a los 80 años con más energía, convicción, potencia y dominio de su arte que la mayoría de sus colegas más jóvenes.

Ahora esperamos, con el mismo entusiasmo y la misma felicidad, que cumpla con la promesa de filmar por primera vez en su carrera un western.