Lo más importante de esta fiesta fue lo que nunca ocurrió

En un salón de fiestas de San José, se reunieron decenas de preadolescentes para celebrar su paso a secundaria.El comité organizador, compuesto por mamás y papás, llevaba meses preparando el evento. Los invitados llegaron puntuales.
La emoción era enorme: cuatro horas de fiesta, con apenas unos cuantos valientes chaperones y muchas ganas de celebrar.Entre globos y luces de neón, los chicos sacan sus smartphones y empiezan a tomarse fotos y videos. Algunos corren a la pista de baile; otros tardan un poco más en entrar en calor.
Al cabo de un rato, la mayoría brinca y baila mientras los teléfonos documentan todo lo que ocurre.Algunos reenvían el material a amigos de otros colegios. Otros recopilan contenido para burlas: el que baila raro, el que se resbaló, el que hizo una mueca desafortunada.
Algunos producen reels que podrán ver cientos de personas. O millones.
Sin haber dado su consentimiento, quedarán para siempre en el ciberespacio exhibiendo sus pasos de baile al ritmo de Bad Bunny.Mientras tanto, se consolida otro grupo: los que optan por sentarse y encuentran alivio en el celular. Uno ve videos de cocina y cuidado de la piel.
Otro revisa precios de zapatos en una tienda en línea. Otro juega videojuegos.
Lo peor: alguien enseña un video pornográfico recibido por WhatsApp. Termina la fiesta, pero en realidad no termina.
Al día siguiente, circula un video del que se resbaló. En horas empiezan las burlas.
Lo convierten en un personaje involuntario de historias que seguirán apareciendo durante meses. También circulan stickers, rumores y fotografías sacadas de contexto.De pronto, lo que más permanece de aquella celebración no es la alegría, ni la amistad, ni el orgullo de haber llegado a la secundaria.
Lo que permanece son los videos, las burlas y la sensación de haber sido observado todo el tiempo.Pero les tengo una buena noticia.Esta es la historia de lo que no pasó.De lo que podría haber ocurrido, pero no sucedió.No sucedió porque, en realidad, el comité organizador tomó una decisión sencilla, valiente y, me atrevo a decir, revolucionaria: la fiesta sería sin teléfonos. Y todas las familias la respetaron.
Quienes los llevaron, los entregaron a un papá que los guardó bajo llave en una caja de herramientas durante toda la noche.Las grandes compañías de tecnología se quedaron en la puerta y no lograron secuestrar la fiesta. Adentro, los chicos disfrutaron plenamente estando presentes, como nos tocaba hacerlo a muchos de nosotros: bailando, saltando, cantando y vacilando en un evento irrepetible en sus vidas.
La vivieron en vez de grabarla. La recordaron en vez de publicarla.El comité organizador nunca sabrá qué problemas evitó.
Tal vez le ahorró a algún niño años de burlas, o protegió a alguien del ciberacoso. Tal vez les regaló a muchos la única fiesta de su juventud en la que podrán estar en el presente.Soy la mamá de uno de los niños que asistió a esa fiesta.También soy psicoterapeuta de niños y adolescentes que sí han sido víctimas de historias como la de esta fiesta que esta vez no pasó.
Y, asimismo, con ingredientes adicionales: alcohol, drogas o dinámicas de riesgo que dejan heridas emocionales profundas.Por eso, sentí una enorme gratitud al saber que, por una noche, mi hijo pudo vivir una fiesta como las que viví yo.En el fondo, todos sabemos lo que los smartphones nos quitan a nosotros y a nuestros hijos, pero los aceptamos porque parece que todo el mundo los tiene y que no nos queda otra opción. Experiencias como esta nos recuerdan que sí la hay: cuando las familias actuamos juntas, la presión social pierde fuerza.Lo que sucedió en esta fiesta no fue casualidad.
Fue el resultado de una comunidad de padres y madres que decidió actuar en conjunto a favor de sus hijos. Organizar una fiesta sin smartphones no requiere grandes recursos ni conocimientos especializados.
Solo requiere voluntad para hacer lo que sabemos que es mejor para ellos.La pregunta no es si los chicos van a disfrutar sin smartphones. Ya vimos que sí pueden.
La pregunta es si los adultos estamos dispuestos a facilitarlo.Somos la última generación de la humanidad que vivió una juventud sin smartphones. Tenemos la responsabilidad de transmitirles a nuestros hijos lo que aprendimos de esa experiencia.
Si no lo hacemos ahora, pronto no quedará nadie que pueda hacerlo.La historia (y la ciencia) nos dará la razón.monicaberrocal@post.harvard.eduMónica Berrocal Kriebel es psicóloga de niños y adolescentes.
Information from La Nación (Costa Rica). Edited by: Noticias Today.
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