Análisis de los efectos que tiene nuevamente que una segunda vuelta presidencial se dé en medio de la Copa del Mundo, la fiesta más importante del fútbol.Puesto de votación en Corferias, preconteo y escrutinio de los votos de las elecciones presidenciales 2018 segunda vuelta.Cristian GaravitoEn junio de 2014 coincidieron dos pulsos nacionales: la definición presidencial en segunda vuelta y el mejor mundial de fútbol que recuerde el país. Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga se enfrentaron en el balotaje el 15 de junio cuando el país apenas despertaba del éxtasis que produjo el triunfo 3-0 frente a Grecia en el Mundial Brasil 2014.

Cuatro días después, el triunfo fue contra Costa de Marfil con marcador de 2-1, goles de James y Juanfer. La pregunta vuelve ahora, con otra campaña y otro contexto: ¿puede el Mundial alterar el resultado de la elección?

La respuesta exige despejar dos confusiones habituales. La primera: creer que el efecto electoral puede depender del número de viajeros al mundial.

La segunda: subestimar la escala real de un balotaje en Colombia. Cuando se pone el problema en magnitudes (votos, porcentajes y márgenes) el Mundial deja de ser un factor decisivo y pasa a ser, en el mejor de los casos, un ruido que aprovecharán los candidatos para mover su electorado.

Lo que hoy significa una elección cerradaAntes del Mundial, hay que definir qué puede ser una elección cerrada en Colombia y por qué ese concepto se volvió más exigente con el paso del tiempo. En un país que hasta 1990 eligió presidentes por pluralidad simple, en donde ganaba quien obtuviera la mayor votación en ronda única, así fuera con una ventaja mínima, el mandato del gobernante elegido podía nacer con una legitimidad discutible.

El caso más emblemático fue la última elección del Frente Nacional en 1970: una diferencia muy estrecha a favor de Misael Pastrana (63.557 votos), un país en estado de sitio, la controversia posterior y la sensación de fraude electoral terminaron por convertirse en un antecedente político de largo aliento. La segunda vuelta presidencial apareció precisamente para corregir ese problema: que un presidente llegara con una minoría relativa y un país fragmentado.

Nació con la Constitución de 1991, en un contexto de crisis de legitimidad institucional, violencia política y presión por refundar reglas del juego. La Carta fijó el principio: el presidente debe ser elegido por la mitad más uno de los votos, y si nadie lo logra, se abre una nueva votación entre los dos primeros tres semanas después. (También nacieron en 1991 la Fiscalía, la Corte Constitucional, la Defensoría del Pueblo, la elección popular de gobernadores y la acción de tutela.

Ah, y la moción de censura que, 35 años después, sigue sin estrenarse.) La segunda vuelta no solo fue un cambio jurídico; fue también uno estratégico. El balotaje obligó a coaliciones, moderaciones en el discurso y negociaciones interpartidistas para pasar el umbral del 50 % + 1 voto.

Y, asimismo, hizo que la segunda vuelta se pareciera más a un plebiscito: dos opciones, dos relatos, dos miedos, dos esperanzas. En la práctica, la segunda vuelta funciona como una válvula de salida para sociedades polarizadas, pero también como un mecanismo que puede tensar el sistema cuando el país se parte en dos mitades, como parece sucederá en esta elección.

Los ejemplos ayudan a precisar la escala. En Colombia, las segundas vueltas han mostrado, con frecuencia, márgenes estrechos y efectos políticos de alto voltaje: en 1994, primer balotaje bajo la nueva Constitución, Ernesto Samper Pizano derrotó a Andrés Pastrana Arango por una diferencia aproximada de 2,11 puntos (50,26 % vs. 48,15 %); en 1998 fue Pastrana quien venció a Horacio Serpa Uribe con 3,86 puntos de ventaja (50,39 % vs. 46,53 %); más adelante, en 2014, la reelección de Juan Manuel Santos se definió también en segunda vuelta (50,99 % vs. 45,00 %) frente a Zuluaga, en un clima interpretado casi íntegramente a la luz del proceso de paz; y en 2022 Gustavo Petro ganó con cerca de 50,4 % frente a 47,3 % de Rodolfo Hernández.

Más allá de las variaciones propias de las fuentes y del escrutinio, el patrón es consistente: diferencias de pocos puntos, país fragmentado y una movilización que crece en las segundas vueltas. La conclusión operativa para 2026 es simple: en balotajes con participación alta, un margen pequeño en porcentaje equivale a un volumen enorme de votos.

Los resultados de la primera vuelta de este 31 de mayo lo ilustran con precisión: con más de 23,7 millones de votantes en la primera ronda, un punto porcentual equivale a cerca de 238.000 votos; un margen apretado del 3 % representaría cerca de 715.000 votos, y una diferencia del 5 % rondaría los 1,2 millones. Esa escala importa porque permite responder la pregunta que motiva este artículo: ¿cuántos votos puede mover realmente un evento externo como el viaje de hinchas colombianos a México?

La ventana del Mundial y el incentivo a no regresar El argumento del voto perdido asociado al Mundial no es fantasía: responde a una lógica de calendario, costos e incentivos. Para 2026, la fecha de la segunda vuelta es el domingo 21 de junio.

Y en esa misma semana ocurre el punto neurálgico: los dos primeros partidos de Colombia en fase de grupos serán 4 días antes y 2 días después, lo que crea una ventana crítica de permanencia. Colombia jugará el 17 de junio en Ciudad de México (contra Uzbekistán) y volverá a hacerlo el 23 de junio con RD Congo en Guadalajara; y después, el 27 de junio cerrará fase de grupos contra Portugal en Miami.

En otras palabras: para el hincha que viaja y quiere cubrir al menos los dos primeros encuentros, el 21 de junio cae exactamente en la mitad. Ese es el corazón del problema.

¿Por qué esa ventana puede traducirse en abstención forzada dentro de Colombia? Primero, por economía del viaje, pues el componente más caro suele ser el desplazamiento aéreo.

Si un aficionado ya está en México, regresar a Colombia exclusivamente para votar y volver a salir para el segundo partido implicaría duplicar el costo del tiquete. El incentivo racional es quedarse en México.

Y, segundo, por el costo de oportunidad deportivo y emocional: cuando un torneo está en curso, el viaje se vive como una experiencia única. El costo psicológico de perderse un partido (o de vivirlo a distancia) suele pesar más que el beneficio percibido de votar, sobre todo en votantes menos militantes o menos disciplinados.

Ahora bien, el efecto agenda también podría incidir, pero en la población votante que se quedará en el país, pues el día de la segunda vuelta no compite solo con la logística de ir al puesto de votación, también con la atención. Para esa misma jornada del 21 de junio, el calendario del Mundial incluye dos partidos que se jugarán dentro del horario electoral: España-Arabia Saudita (11:00 a.m.) y Bélgica–Irán (2:00 p.m.), lo que refuerza el efecto mundialista y empuja conversación pública, medios y rutinas familiares hacia el torneo, aunque la ley seca aminorará en algo las reuniones numerosas para ver los partidos de ese domingo.

En síntesis, la ventana del Mundial sí crea un incentivo concreto a la no participación en la segunda vuelta presidencial, pero su efecto neto depende de dos filtros adicionales: cuántos hinchas de la tricolor viajarán realmente en esa ventana, y cuántos de esos viajeros son votantes efectivos y no votarán. Solo después de pasar esos filtros se puede estimar el tamaño real del voto perdido.

¿Cuántos viajan? El techo realista y el rango probable Aquí aparece el principal sesgo de los debates públicos: la tendencia a inflar cifras con proyecciones de mercado (paquetes, expectativas turísticas, ruido mediático) que no necesariamente se traducen en salidas efectivas.

En 2014 circularon números exuberantes sobre viajeros colombianos, que se llegaron a estimar en 60.000 durante todo el mundial, pero la experiencia muestra un patrón: el flujo real suele ser menor y, sobre todo, fragmentado por fechas, sedes, disponibilidad y costo. Asimismo, hay un límite físico que ayuda a no fantasear: la boletería.

Aunque los aficionados pueden comprar por venta general, canales oficiales y paquetes “hospitality”, la capacidad de los estadios (83.000 espectadores en el Azteca; 53.000, en el Akron), el acceso a entradas y el costo total del viaje (vuelos, hoteles, transporte interno, entradas, etc.) restringen ese universo. En una estimación prudente, el rango de viajeros desde Colombia para los dos partidos en una misma ventana puede ubicarse, “grosso modo”, así: Escenario bajo: 8.000–15.000; escenario medio: 15.000–25.000, y escenario alto: 25.000–40.000.

Lo importante acá es el orden de magnitud: incluso el escenario alto está en las decenas de miles, no centenas de miles. Del viajero al voto perdido: la corrección decisiva Ahora viene una consideración que suele omitirse: no todo viajero es un voto.

Viajar a un Mundial exige un perfil socioeconómico medio-alto y, por regla general, ese segmento tiene tasas de participación electoral relativamente estables, pero no perfectas: también hay abstencionismo por desinterés o desencanto. Si asumimos, con prudencia, que el 60 % o 70 % de quienes viajan serían votantes habituales, entonces el voto potencialmente afectado no sería de 40.000, sino de 24.000 a 28.000 en un escenario extremo.

En una elección de cerca de 23,8 millones de votantes (según el resultado del 31 de mayo), ese universo equivale aproximadamente a 0,10 % del total. Dicho sin eufemismos, matemáticamente es poca cosa.

Para que ese volumen tuviera alguna opción de incidir, tendría que cumplirse una condición adicional y extraordinariamente rara: que esos votos se concentraran de manera desproporcionada en un solo candidato (sesgo fuerte). Si se reparten de forma similar a la población votante, o si la pérdida afecta a ambos candidatos, el efecto neto se diluye aún más.

El escenario de segunda vuelta Con los resultados de la primera vuelta el escenario hipotético se convirtió en certeza electoral: Abelardo de la Espriella obtuvo el 43,72 % de los votos y el senador Iván Cepeda el 40,92 %, lo que los lleva a una segunda vuelta el 21 de junio con una diferencia de casi 3 puntos. Paloma Valencia se ubicó tercera con el 6,92 % (algo más de 1,6 millones de votos), seguida por Sergio Fajardo con el 4,26 % y Claudia López con el 0,95 %.

El dato estructural más relevante de la jornada, no obstante, no son los porcentajes sino la participación: 23.781.038 colombianos acudieron a votar, lo que equivale al 57,20 % del censo electoral, la cifra más alta en la historia del país para una primera vuelta presidencial. Claro, se debe tener en cuenta que el aumento sostenido de la participación electoral en Colombia responde a dos tendencias que operan de manera simultánea.

La primera es demográfica: el crecimiento de la población hace que el universo de votantes potenciales se amplíe en términos absolutos de manera casi automática entre un ciclo electoral y el siguiente. La segunda es política y generacional: los jóvenes que alcanzan la mayoría de edad constituyen una franja cada vez más expuesta a la politización a través de redes sociales, lo que eleva su disposición a participar en comparación con generaciones anteriores que accedieron al ejercicio del voto en entornos mediáticos menos saturados.

El efecto combinado de ambas tendencias explica que el crecimiento de la participación no sea solo un fenómeno cuantitativo (más votantes en números absolutos) sino también porcentual (mayor proporción del censo electoral que acude efectivamente a las urnas). Pues bien, teniendo en cuenta lo expuesto, es casi seguro que la elección de 2026 no se definirá por los viajeros, sino por lo que ocurra con el bloque de votos de Paloma Valencia, Juan Daniel Oviedo y Sergio Fajardo, y con la disciplina organizativa de cada campaña el día del balotaje.

En términos futboleros, ganar el partido está en la capacidad de transferir apoyos de primera a segunda vuelta, de convertir abstencionistas intermitentes en votantes y de movilizar con eficacia el voto propio. Comparado con eso, el Mundial actúa como un factor marginal: puede restar algunos miles de votos aquí y allá, pero no tiene la capacidad de sustituir la dinámica central de una segunda vuelta polarizada y masiva.

Conclusión: el Mundial pesa en la conversación, no en el resultado ¿Puede el Mundial afectar la elección? Sí, en el ambiente, en la conversación pública, en el almuerzo familiar y en la agenda emocional y mediática.

Pero ¿puede inclinar el resultado por la vía del voto perdido de viajeros? Con los rangos razonables, no.

Los resultados de la primera vuelta refuerzan esa conclusión con datos concretos. Incluso en el escenario más generoso (40.000 viajeros, 70 % de ellos votantes habituales), el voto potencialmente perdido no superaría los 28.000, es decir, menos del 5 % de la diferencia entre los dos candidatos que irán al balotaje.

Y eso suponiendo, en contra de toda lógica, que todos esos votos favorecieran al mismo candidato. Hay, asimismo, un dato que se debe tener en cuenta: la participación récord de la primera vuelta sugiere que el electorado colombiano está especialmente movilizado en 2026.

Una ciudadanía más activa no cancela el efecto mundialista, pero sí lo relativiza aún más. La política real, como siempre, no se decide en un estadio, sino en el terreno menos fotogénico de la organización electoral, la persuasión y la transferencia de votos de primera a segunda vuelta.

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