¿Abelardismo o una vieja geografía política? (análisis)

Con los resultados de la primera vuelta en la elección presidencial se ha instalado la idea de que ha nacido una nueva derecha. ¿Es así?
Lo que una década de elecciones revela sobre la derecha colombiana en este análisis.Foto del encuentro a finales de 2025 del expresidente Álvaro Uribe con el candidato ganador de la primera vuelta, Abelardo De la Espriella, en su finca en Rionegro. Archivo ParticularTras la victoria de Abelardo de la Espriella en la primera vuelta presidencial, han comenzado a circular diagnósticos apresurados sobre el surgimiento de una “nueva derecha”, el inicio del “posuribismo” o incluso el nacimiento del “abelardismo” como una nueva fuerza política.
Estas interpretaciones tienen algo en común: parten de la idea de que estamos frente a un fenómeno completamente novedoso y que el principal responsable de esa transformación es el propio candidato.No obstante, cuando se observa la evidencia histórica con mayor detenimiento, aparece una imagen diferente. Más que una ruptura, lo que parece emerger es una notable continuidad.
Más que la creación de un nuevo electorado, lo que se observa es la reactivación de una cultura política que lleva décadas presente en determinadas regiones del país. En otras palabras, antes de hablar de “abelardismo”, quizás valga la pena preguntarse si no estamos viendo simplemente una nueva expresión de una geografía política mucho más antigua.La importancia de mirar más allá de una elecciónUno de los problemas más frecuentes del análisis político colombiano es el exceso de coyuntura.
Cada elección parece inaugurar una nueva era. Cada candidato exitoso es presentado como el fundador de un movimiento inédito.
No obstante, los comportamientos electorales suelen ser más estables de lo que parecen.Para explorar esta hipótesis, construí una base de datos con los municipios donde opciones de derecha ganaron de manera consistente durante una década completa. El criterio fue sencillo: identificar los municipios donde triunfó el No en el plebiscito de 2016, Iván Duque en la primera vuelta de 2018, Federico Gutiérrez y Rodolfo Hernández en la primera vuelta de 2022 y Abelardo de la Espriella en la primera vuelta de 2026.El resultado fue llamativo: 489 municipios cumplen esas condiciones.
No se trata de una coincidencia estadística. Tampoco de una elección excepcional.
Estamos hablando de territorios donde cuatro comicios nacionales diferentes, con candidatos y contextos distintos, produjeron el mismo resultado político.En esos municipios existe una base cercana a los 4,7 millones de votantes que ha mantenido una orientación electoral estable durante diez años. Asimismo, la diferencia frente a las candidaturas de izquierda no es marginal.
En promedio, la distancia entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda en dichas entidades territoriales fue de 37 puntos porcentuales, y en algunos municipios llegó a superar el 80 %.Esto sugiere que estamos ante algo más profundo que la popularidad de un candidato específico.(Sugerimos: Encuentre a su candidato presidencial aquí, en el Match Electoral de El Espectador)Una gran geografía política de la derecha conservadoraLa distribución territorial de estos municipios revela un patrón aún más interesante.La derecha estable no está repartida homogéneamente por el país. Se concentra en una amplia franja andina y centro-oriental.
Caldas presenta el caso más extremo: los 27 municipios del departamento forman parte de este bloque. Lo mismo ocurre con el 92 % de los municipios del Quindío, el 86 % de Huila, el 79 % de Casanare, el 75 % de Norte de Santander, el 74 % de Tolima y Antioquia, y el 66 % de Cundinamarca.Municipios colombianos que muestran una tendencia de votos estable para la derecha política en el período comprendido entre 2026 y 2026.Juan David Velasco MontoyaPor el contrario, departamentos enteros como Cauca, Chocó, Córdoba, Nariño, Putumayo, Amazonas, Guainía o Vaupés no tienen un solo municipio dentro de esta categoría.La conclusión es importante.
Si la explicación fuera exclusivamente económica, sería difícil entender por qué departamentos con niveles similares de pobreza terminan ubicados en extremos opuestos del mapa político. Lo que aparece aquí es una geografía política relativamente estable, con fronteras territoriales mucho más claras que las fronteras socioeconómicas.Por eso resulta problemático atribuir el fenómeno exclusivamente a Abelardo de la Espriella.
Hace cuatro años esos mismos municipios votaron por Rodolfo Hernández (y en menor medida por Federico Gutiérrez). Antes lo habían hecho por Iván Duque.
Y antes respaldaron masivamente el No en el plebiscito.Si mañana apareciera otro liderazgo capaz de interpretar los valores predominantes en esos territorios, probablemente volvería a obtener resultados similares. El protagonista principal no parece ser el candidato, sino la cultura política que encuentra en él un vehículo de expresión.¿Quién es realmente ese votante?La pregunta central entonces deja de ser quién es Abelardo y pasa a ser quién es el votante que lo respalda.Aquí aparece otro hallazgo interesante.Cuando se analizan variables estructurales, los resultados desafían varios supuestos convencionales.De los 489 municipios estudiados:53 % son predominantemente rurales. 47 % son predominantemente urbanos. 57 % tienen un índice de concentración de la tierra superior al promedio nacional (medido con el coeficiente de Gini de propietarios rurales). 32 % tienen pobreza multidimensional superior al promedio nacional. 52 % presentan niveles de participación electoral superiores al promedio del país.
En otras palabras, no existe una división contundente entre municipios rurales y urbanos, pobres y ricos, participativos y abstencionistas.La ausencia de un patrón claro es, paradójicamente, el hallazgo más importante.Durante años se ha asumido que la derecha representa exclusivamente a los terratenientes y a los sectores más ricos y privilegiados. No obstante, la evidencia sugiere matizar.
El electorado conservador colombiano parece ser profundamente policlasista.Ya había ocurrido con Álvaro Uribe. Precisamente, en Bogotá, en los comicios de 2002 y 2006 obtuvo apoyos masivos entre los estratos 2 y 3.
Algo similar parece estar ocurriendo hoy. Los análisis recientes de votación por barrios (realizados por Yan Basset, Ricardo Ruiz y La Silla Vacía) muestran que Abelardo obtuvo resultados particularmente sólidos en sectores de clase media urbana de localidades como Fontibón, Engativá, Puente Aranda y Barrios Unidos.(Puede leer también: Voto de clase en Bogotá: así se dividió el mapa electoral por la primera vuelta presidencial)Más allá de la clase social y el clivaje rural-urbanoTampoco parece tratarse de un fenómeno exclusivamente rural.La derecha estable se encuentra tanto en ciudades capitales e intermedias como Medellín, Pereira, Armenia, Ibagué, Cúcuta, Neiva y Bucaramanga como en municipios cafeteros de Caldas, Risaralda, Huila, Tolima y Antioquia.De hecho, una hipótesis es la relación entre la economía cafetera y el voto por la derecha conservadora.
Buena parte de los territorios donde históricamente ha sido fuerte el uribismo coinciden con zonas de colonización cafetera y pequeña y mediana propiedad rural. Allí aparecen valores asociados al emprendimiento individual, la propiedad privada, la integridad de la familia y una fuerte valoración por el orden y la autoridad patriarcal.No significa que todos los cafeteros voten igual ni que el café explique por sí solo el comportamiento electoral.
Pero sí sugiere que las trayectorias económicas subregionales pueden haber contribuido a moldear culturas políticas diferenciadas.Lo que Abelardo tiene de UribeSi la explicación no está únicamente en la estructura social y económica, entonces conviene observar los elementos simbólicos y afectivos que conectan a estos liderazgos con ese electorado. Desde esta perspectiva, la candidatura de Abelardo de la Espriella parece menos una ruptura con el uribismo y más una reedición de varios de los elementos que llevaron a Álvaro Uribe a la Presidencia en 2002.
Más que inaugurar una nueva derecha, Abelardo parece haber reinterpretado 24 años después una fórmula política que ya había demostrado su eficacia electoral.En primer lugar, ambos se presentaron como figuras externas a los partidos tradicionales. Uribe en 2002 rompió “formalmente” con el Partido Liberal y ganó la Presidencia a través del movimiento Primero Colombia, convirtiéndose en el primer presidente colombiano elegido por fuera del bipartidismo.
Abelardo siguió una lógica similar al construir su candidatura alrededor del movimiento Defensores de la Patria. En ambos casos, el mensaje era claro: enfrentar a “los mismos de siempre” desde una plataforma que se presentaba como independiente de las estructuras partidistas tradicionales.En segundo lugar, ambos construyeron su discurso alrededor de una idea profundamente nacionalista de comunidad política.
Ninguno habla principalmente de multiculturalismo, diversidad o ciudadanía global. El concepto central es la “patria”.
No es casual que Uribe conquistara al electorado con el lema “Mano firme, corazón grande”, mientras que Abelardo utilizó consignas como “Firmes por la Patria”. La palabra “firmeza” aparece asociada a una noción de autoridad, disciplina y defensa militar.
En ambos casos, la patria se presenta como una comunidad amenazada que necesita ser protegida por un talante fuerte.La seguridad constituye quizás la coincidencia más evidente. Uribe llegó al poder prometiendo recuperar rápidamente el control territorial frente a las FARC luego de el fracaso del proceso del Caguán.
Abelardo construyó buena parte de su campaña alrededor de la promesa de conquistar el control del territorio en apenas tres meses frente a los grupos armados ilegales. Aunque los contextos son diferentes, la lógica narrativa es similar: existe una amenaza extraordinaria, el Estado ha perdido autoridad y solo un liderazgo fuerte puede restaurar el orden.
En ambos casos, la seguridad se entiende principalmente desde una perspectiva militar y coercitiva.(Le puede interesar: Este es el tarjetón electoral de segunda vuelta: Cepeda y luego De la Espriella)También existe una coincidencia notable en la visión del Estado. Durante su campaña, Uribe criticaba con frecuencia el “Estado derrochón” y defendía una administración pública más austera y eficiente.
Abelardo ha utilizado un lenguaje diferente, pero con un contenido similar, al denunciar a quienes, según él, “han vivido de la teta del Estado”. Ambos presentan al aparato estatal como una estructura sobredimensionada que debe ser reducida, racionalizada y puesta al servicio de la productividad económica.
La promesa de eliminar ministerios, reducir burocracias y contener el gasto público ocupó un lugar central en ambas propuestas.La política exterior ofrece otro punto de convergencia; Uribe fue probablemente el presidente colombiano más alineado con Washington desde la Guerra Fría. Su relación con George W.
Bush se convirtió en uno de los pilares de la estrategia de ‘seguridad democrática’. Abelardo ha buscado proyectar una cercanía similar con Donald Trump y con sectores del Partido Republicano estadounidense.
Ambos representan una visión clásica del respice polum: mirar hacia Estados Unidos como principal aliado estratégico y referente político internacional. Tampoco es casual que ninguno haya construido su identidad política alrededor del multilateralismo, la integración latinoamericana o los organismos internacionales (de hecho, Abelardo prometió salirse de la OEA y reducir la presencia diplomática en agencias de la ONU).A esto se suma una agenda moral conservadora que atravesó a ambas candidaturas.
Tanto el Uribe de 2002 como el Abelardo de 2026 han defendido públicamente la familia tradicional como núcleo fundamental de la sociedad. Los dos han expresado reservas frente a la ampliación del derecho al aborto, han cuestionado políticas de igualdad de género y han promovido una visión más conservadora sobre temas relacionados con la familia, la sexualidad y la educación.
Más que un programa económico, esta agenda contribuye a generar una identidad cultural compartida con sectores importantes de su electorado.Otro elemento común es la combinación entre liderazgo regional y respaldo tecnocrático. Tanto Uribe como Abelardo construyeron su identidad política desde las regiones y desarrollaron una narrativa crítica frente al centralismo bogotano.
No obstante, ambos comprendieron que para generar confianza en inversionistas, organismos multilaterales y mercados internacionales necesitaban el respaldo de figuras reconocidas por la tecnocracia económica. No es casual que Uribe escogiera como primer ministro de Hacienda a Roberto Junguito, en ese entonces una de las figuras más respetadas del mundo gremial y la élite tecnocrática.
Tampoco es casual que Abelardo haya recurrido al bogotano José Manuel Restrepo como fórmula vicepresidencial. Ambos encarnan esa ortodoxia económica basada en la disciplina fiscal, el control de la inflación, la estabilidad macroeconómica y la promoción de estímulos tributarios para los inversores extranjeros.Finalmente, ambos difundieron una narrativa de redención nacional.
Uribe llegó al poder en 2002 afirmando que Colombia se encontraba al borde del colapso luego de el fracaso del Caguán y prometiendo una nueva etapa de prosperidad. Abelardo construyó un relato similar alrededor del “fracaso de la paz total”, presentándose como el único capaz de corregir el rumbo del país.
En ambos casos, la campaña parte de una descripción dramática de la crisis heredada y culmina con una promesa de reconstrucción nacional. El mensaje no es simplemente administrar mejor el Estado, sino inaugurar una nueva época.Por eso resulta difícil sostener que el éxito de Abelardo responde exclusivamente a la aparición de una nueva derecha.
Una parte importante de su fuerza electoral parece provenir de haber logrado reinterpretar, con nuevas herramientas tecnológicas y nuevos gestos, muchos de los códigos políticos, emocionales y culturales que hicieron exitoso a Álvaro Uribe hace más de dos décadas. Más que una ruptura con el uribismo, lo que aparece es una adaptación contemporánea de algunos de sus elementos más eficaces.(También puede leer: “A Cepeda no lo tienen que poner a responder por todo lo que dice Petro”: exministro Cristo)La doble narrativa hacia las élites tradicionalesOtra similitud reviste importancia.
Tanto Uribe como Abelardo construyeron buena parte de su narrativa enfrentándose a las élites tradicionales. No obstante, ambos terminaron rodeándose de familias tradicionales bogotanas.Uribe criticaba a los “señoritos bogotanos”, pero gobernó en su momento con los Santos y junto a otras familias tradicionales.
Abelardo denuncia a “los de siempre”, pero sus alianzas incluyen figuras pertenecientes a algunos de los grupos políticos más longevos del país (como los herederos de Laureno Gómez y los Char).Esta aparente contradicción no es accidental. Los discursos ‘antiélite’ generan cercanía emocional con los votantes, mientras que el respaldo de ciertas familias bogotanas es importante para conectarse y transmitir “confianza” en un grupo selecto de inversionistas, organismos internacionales, dirigencias gremiales y grandes grupos económicos.
Un electorado menos partidista de lo que pareceOtro error frecuente consiste en asumir que este electorado actúa con disciplina partidista. De hecho, la evidencia muestra lo contrario.En muchos de los municipios donde Abelardo obtuvo sus mejores resultados, los partidos más votados para comicios de Senado en marzo de 2026 fueron diversos.
Centro Democrático (40 % de los municipios), Partido Conservador (17 %), Partido Liberal (13 %) e incluso Alianza Verde (11 %) aparecen como fuerzas mayoritarias dependiendo del territorio.Boyacá es un buen ejemplo. Allí Abelardo obtuvo resultados contundentes.
No obstante, muchos de esos mismos municipios respaldan habitualmente liderazgos regionales asociados a la Alianza Verde, especialmente la familia Amaya, que está adherida formalmente a la campaña de Iván Cepeda.Esto sugiere que el votante por la derecha es menos leal a los partidos y más orientado hacia ciertos valores, emociones, estilos de liderazgo y narrativas políticas. Lo que parece movilizarlo para elecciones presidenciales no es una etiqueta partidista específica, sino mensajes relacionados con autoridad fuerte (hombría), militarismo, patriotismo, mérito individual, emprendimiento privado, austeridad fiscal, crítica a la izquierda y miedo al comunismo.Una derecha vieja y nueva al mismo tiempoPor eso hablar simplemente de una “nueva derecha” puede resultar engañoso.Lo que muestran los datos es algo más complejo.
Estamos ante una corriente política que combina elementos tradicionales y modernos. Conservadurismo moral con innovación tecnológica.
Nostalgia por ciertos valores del pasado con promesas de transformación radical hacia el futuro. Crítica a las élites acompañada de alianzas simultáneas con ellos mismos.
Patriotismo exacerbado por las nuevas tecnologías digitales. Reclamo por cambios rápidos sin renunciar al gradualismo institucional.
Estados Unidos como el referente primordial en el mundo, a pesar del apogeo de China y el inminente cambio en el orden global. De esa forma, la fuerza de Abelardo de la Espriella no parece provenir únicamente de su estridencia.
Proviene más bien de su capacidad para reconectar con una cultura política que existe desde mucho antes de su candidatura.Hace veinticuatro años esa cultura que irradia en múltiples sectores sociales encontró en Álvaro Uribe a su principal intérprete. Hace cuatro años encontró a Rodolfo Hernández (quien prefirió hacer campaña en Miami durante la segunda vuelta).
Hoy encuentra a Abelardo de la Espriella.Inclusive, mañana podría encontrar a alguien aún más histriónico.Por eso la pregunta más importante para entender la política colombiana no es quién lidera hoy la derecha. La pregunta verdaderamente relevante es por qué existe una geografía política tan estable que, elección luego de elección, sigue respondiendo a ciertos lenguajes, símbolos y promesas.
Mientras esa pregunta permanezca abierta, cualquier análisis centrado exclusivamente en los candidatos corre el riesgo de confundir el vehículo con el camino, o confundir la foto del momento con las raíces de una mentalidad muchas veces reacia a las reformas sociales y los cambios progresistas.* Senior Atlantic Fellow en el London School of Economics and Political Science. Profesor de la Universidad de El Bosque.
Coautor del libro “¿Quién manda en Colombia? Élites, poder y nación”.Encuentre a su candidato presidencial aquí, en el Match Electoral de El EspectadorTextoBanner elecciones 2026 Desktop👁🗨 Conozca “Futuro en Pausa”, un proyecto multimedia de El Espectador sobre los relatos escondidos de la vida en seis regiones del país👉 Lea más sobre el Congreso, el gobierno Petro y otras noticias del mundo político.✉️ Si tiene interés en más temas políticos o información que considere oportuno compartirnos, por favor, escríbanos a cualquiera de estos correos: hvalero@elespectador.com; aosorio@elespectador.com; dortega@elespectador.com; mbarrios@elespectador.com; lmejia@elespectador.com; ntorres@elespectador.com o jsperez@elespectador.com.
Information from El Espectador (Colombia). Edited by: Noticias Today.
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