Hace tiempo he anhelado que Chile termine estos interminables años en que se han cocinado juntos, estancamiento, polarización, atentados al orden público y una política más obsesionada en la derrota del otro que en la suerte de nuestra Patria.Por eso, más que por un gran entusiasmo, he deseado que a este gobierno le vaya bien en esos dos propósitos que le dieron el triunfo: la seguridad y orden público más la prosperidad de los chilenos gracias al mayor empleo provocado por la inversión y el crecimiento.Frente a inicios decepcionantes, los cambios en el gabinete y la cuenta del Presidente Kast me dieron esperanzas. No obstante, la tarea es difícil.

La magnitud del daño a la economía, por largos años de malas políticas y malas prácticas públicas, era demasiado grande como para esperar resultados rápidos. El PIB tendencial estará por años bajo el 2%, la deuda pública era mucho mayor a la confesada, el despilfarro de recursos, por ejemplo en salud, se mide en presupuestos que crecen y crecen, mientras la calidad de servicio decrece y decrece.

Ya no basta un mero cambio de gobierno para revertir daños estructurales, tampoco leyes con triunfos de vigencia incierta, logrados por apenas uno o dos votos. El gobierno ha dejado en evidencia debilidades de planes, de personas preparadas en la función pública y de liderazgos.

Tomamos consciencia que la tarea es bastante más difícil que prometer “mano dura” con cara severa. Para su fortuna, cuenta con dos ventajas sobre la oposición: tiene el gobierno y años por delante; si la cuenta del Presidente es consecuente, en su convocatoria a todos tiene donde aperarse de capacidades en sus dos tareas principales que hoy son consenso nacional: seguridad y prosperidad.Lo de la oposición es más dramático.

Comprendo que prefiera no hablar de sus fracasos, pero desearía que al menos diera señas de preocuparse por rectificarlos. Parece no ser así.

Su énfasis en una oposición “frontal” apoyada en caricaturas y consignas descalificatorias, con rechazo a legislar y caricaturas a reformas que fomentan inversiones o racionalizan un gasto público desmadrado, nos hablan de alguien con más energías puestas en hacer una oposición feroz que en asegurar una gobernanza futura mejor a la que han tenido. No trabajan por ser una mejor izquierda, sino por lograr una peor derecha.

En los hechos, sin quizás quererlo, no trabajan para ellos sino para populismos antipolítica. No obstante, pensando en Chile, creo que hay en ella gente deseosa de construir un Chile mejor.

Espero que se rebelen contra este “statu quo” polarizado y que construyan una izquierda que tenga sentido para mayorías y no tan solo para sí mismos. Si agregamos los desafíos geopolíticos, tecnológicos y económicos del mundo, convulsionando culturas y afectando democracias, estos serán años donde izquierdas y derechas tienen mucho en juego.

Espero reaccionen.Por Óscar Guillermo Garretón, economista