El 25 de mayo, en la presentación de una encíclica papal, sucedió una escena casi inadvertida que retrata nuestro tiempo mejor que cualquier informe de coyuntura. Junto al Pontífice se sentó un ingeniero, uno de los que construyen las máquinas que quizá reescriban el trabajo humano.

La fe y la técnica, frente a frente. Ninguno respondió la pregunta que debería desvelar a un país pequeño como Costa Rica.

Conviene llegar a ella por el camino largo, porque el atajo no se entiende.Una carta contra BabelLa encíclica se llama Magnifica Humanitas, la primera de León XIV, y no es más que una carta de enseñanza que un papa dirige al mundo. Se firmó cerca del aniversario 135 de la Rerum Novarum de 1891, que leyó la cuestión obrera de la Revolución Industrial; esta quiere leer la de la máquina que piensa.

Me interesa su tesis más terrenal: a diferencia del pasado, cuando los Estados impulsaban la gran innovación, hoy los motores son actores privados, transnacionales, con recursos superiores a los de muchos gobiernos. Un poder, dice, con “un rostro inédito, predominantemente privado”, difícil de discernir y de gobernar.

Guarden esa frase.La máquina debe adaptarse al hombreQuien mejor lo ha pensado desde la Iglesia es un fraile franciscano, Paolo Benanti, hoy el principal asesor del Vaticano en inteligencia artificial (IA). Su concepto es la algorética: incorporar la ética dentro del propio algoritmo.

Y sus advertencias importan: ninguna tecnología es neutral; la IA concentra el poder, hasta el punto de que teme “por el fin de la clase media”; y la máquina debe adaptarse al hombre, no al revés. Tenemos un diagnóstico –tecnología no neutral, que concentra poder en manos privadas–, pero no una respuesta: ¿de quién es ese poder, y de quién su fruto?¿De quién es el futuro?El mundo ya improvisa respuestas.

El 1.° de junio, el senador Bernie Sanders propuso que el Estado se quede de golpe con el 50% de las acciones de las grandes empresas de IA. Un día después, el presidente Trump firmó una orden que las empuja a darle al gobierno acceso a sus modelos antes de lanzarlos.

Dos rutas hacia el mismo volante: Sanders, por la propiedad; Trump, por la regulación. Una misma intuición, con cierta prisa atolondrada: la IA concentrará una riqueza enorme, y alguien anda decidiendo de quién será.Todas comparten una contradicción.

Invocan un patrimonio universal –Sanders dice que la IA se construyó sobre “la inteligencia colectiva de la humanidad”–, pero el fruto que reclaman es nacional: utilidad para “cada estadounidense”. ¿Y el resto del mundo, que también aportó a esa inteligencia colectiva?

La respuesta no está en el nacionalismo de Sanders, sino en algo más hondo: no existe tesorería mundial ni ciudadanía planetaria a quien repartir, así que el reclamo universal cae en el único recipiente capaz de cobrar impuestos y redistribuir, el Estado-nación. Conviene retenerlo, porque está a punto de quebrarse.

¿Y si ese supuesto –que el Estado sigue siendo el actor fuerte– fuera el eslabón débil?Una liga de mercaderesPara verlo, hay que dar un rodeo por el siglo XIV. Hubo una institución que explica el año 2026 mejor que muchos análisis tecnológicos: la Hansa, o Liga Hanseática, una confederación de ciudades mercantiles del norte de Europa –incluida Brujas, de donde viene buena parte de mis antepasados– que, durante unos cinco siglos, de los años 1200 a los 1600, dominó el comercio del Báltico y el mar del Norte sin ser un Estado.

Sin ejército permanente, sin constitución, sin rey, gobernaba como una red: difundía una ley comercial común, el “derecho de Lübeck”, sin que ningún soberano la impusiera. Su fuerza no era un ejército, sino el control del comercio: un interruptor que apagaba a quien se le opusiera (sí, un interruptor: on / off).

Derrotó a Dinamarca y le dictó condiciones en 1370. Un poder transterritorial que convivía con los reyes en vez de obedecerlos, y que duró más que toda la vigencia de Estados Unidos de América hasta hoy.El politólogo Hedley Bull bautizó, en 1977, el escenario al que esto apunta: el “neomedievalismo”, un mundo donde el Estado pierde su soberanía exclusiva y vuelve a algo medieval, de autoridad superpuesta y lealtades divididas, donde ninguna potencia lo reclama a uno por entero.

Entre las fuerzas que lo traerían, Bull indicó una: las organizaciones transnacionales que operan por encima de las fronteras.Los nuevos hanseáticosAquí va mi tesis. Los gigantes que el mercado llama los “Siete Magníficos” –Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Nvidia, Meta, Tesla– están tomando la forma de una nueva Hansa.

No un cartel: tampoco la Hansa lo era, sino una liga laxa de rivales con un interés común. Pero la estructura calza.

Fijan la ley de facto de la vida digital –términos de servicio, reglas de sus tiendas, estándares– como la Hansa difundía el derecho de Lübeck, sin que ningún parlamento la vote. Negocian privilegios de Estados que compiten por atraerlos.

Y empuñan el embargo moderno: excluir de la red, bajar una aplicación, cortar la nube. El mismo interruptor: on / off.Para medir la escala, un dato.

En 2025, Nvidia facturó cerca de 1,3 veces el PIB de Costa Rica; para 2026, se espera que ronde el doble: una sola empresa vendiendo, en un año, dos veces lo que produce este país entero. ¿Qué poder tiene un Estado pequeño para “imponerle” impuestos a semejante socio?

Con una escalada que la Hansa jamás tuvo: aquella movía mercancías; estas mueven la información y, cada vez más, cómo pensamos. La alarma exacta de la encíclica: no el comercio, sino la persona.El peaje que alguien tendrá que pagar¿Y esto qué tiene que ver con Costa Rica?

Todo. La Hansa se apagó cuando los Estados consolidaron su poder fiscal y militar y lograron revocarle los privilegios.

La lección parece tranquilizadora –la red pierde cuando el Estado es fuerte–, pero supone un Estado fuerte, y Costa Rica no es un imperio en consolidación, sino una economía pequeña, abierta y financieramente sensible.Y la nueva Hansa no son solo los Siete Magníficos: es todo el capital móvil, incluidos nosotros. El profesional o el empresario tico que hoy factura desde dondequiera y puede mudarse si la relación entre impuestos y servicios deja de satisfacerle.

Un Estado se financia gravando lo que está a su alcance; durante siglos era casi todo, porque el capital y el trabajo estaban clavados al territorio. Ya no.

Una red rodea el peaje: lo móvil escapa y lo inmóvil paga. La carga se desplaza hacia lo que no se mueve (la tierra, el consumo, el trabajador arraigado), y la deuda, las pensiones y los servicios se quedan anclados al territorio.

Así, el Estado puede dejar de ser un mecanismo de redistribución para volverse un lastre regresivo: quienes se queden a pagar, y ojalá a recibir servicios, serán los más pobres, los amarrados a la tierra.Esa es la pregunta que el Papa y el ingeniero dejaron sin responder: ¿quién pagará la deuda de un Estado pequeño cuando sus contribuyentes más capaces pueden simplemente mudarse, cuando y cuantas veces gusten? No es abstracción lejana: ya vivimos un colón apreciado, un equilibrio fiscal frágil y una economía que crece, pero tensiona su base.

Añádase un mundo donde la base imponible más rica es una red sin territorio, y la aritmética de un país pequeño se complica.Lo que solo nosotros podemos decidirLa encíclica no ordena: ruega, porque la Iglesia hace siglos perdió el poder de obligar a los poderosos. Un Estado pequeño está aún más incómodo: no puede mandar sobre la nueva Hansa ni ganarle en impuestos a una red que puede marcharse.

Su único activo verdadero es el que la encíclica defiende y que ningún algoritmo entrega: el criterio, el juicio sobre qué clase de país quiere ser cuando ser un país ya no garantiza ser el más fuerte de la mesa. Los grandes pelearán como los viejos reinos, y algunos ganarán; los pequeños deberán decidir qué le ofrecen, de manera única, a un mundo de poderes superpuestos, antes de que el peaje recaiga del todo sobre quienes no pueden marcharse.

Eso no se improvisa en una emergencia fiscal: se decide ahora, con criterio, mientras todavía hay algo que decidir. La escena de mayo no tuvo respuesta.

Pero la pregunta es nuestra, y el momento de contestarla es este.consultor@jvalembois.comJonathan Valembois es economista.