Las cosas más importantes que aprendí de joven (desconfiar de los curas, los militares, los políticos, de la familia misma) no me las enseñó mi padre, que era un toro salvaje y malherido, sino mi abuelo materno, don Roberto.También me enseñó una mañana cualquiera a conducir su auto. Me despertó a las seis, me anunció que no iría al colegio, desayunamos juntos y cuando entramos a su auto, me expresó: Tú manejas.

Pero no sé manejar, le dije. Hoy vas a aprender, me expresó, con una sonrisa.

Adónde vamos, le pregunté. A mi hacienda, respondió.Don Roberto desconfiaba de los curas, los militares y los políticos porque ellos le habían robado su hacienda, en nombre de la reforma agraria.

Le confiscaron todo, sus tierras, sus caballos, sus vacas, sus tractores, sus árboles de manzanas y naranjas. Lo acusaron de explotar a los peones y, pagándoles miserias, abusar de ellos.

Le hurtaron sus mejores recuerdos, sus triunfos como agricultor, la vida entera. Entregaron la hacienda, incluyendo la casa principal y la casa de huéspedes, a los campesinos.

No le dieron un centavo por despojarlo de sus bienes, de su patrimonio. Al contrario, lo insultaron.

Peor todavía, uno de sus hijos, fogoso líder comunista, aplaudió que los militares, los políticos y los curas, coludidos en tamaña tropelía, le quitasen su hacienda a don Roberto. Por eso mi abuelo desconfiaba hasta de su propia familia.Yo me mudé a su casa en un barrio apacible de la ciudad después de cumplir quince años.

Mi madre comprendió que debía alejarme de mi padre. Yo había escapado varias veces de la casa de mis padres, refugiándome en hoteles de mala muerte, huyendo de los abusos de mi padre.

Entonces mi madre habló con sus padres y les pidió que me dieran asilo. Don Roberto y doña Josefina me recibieron con los brazos abiertos, me acomodaron en el cuarto de huéspedes y me colmaron de un amor puro, limpio, desinteresado, un amor que no pude encontrar en mi padre.

Por eso me quedé a vivir con ellos los últimos años del colegio, al que podía ir andando, y los primeros de la universidad, cuando pensaba ingenuamente que me convenía ser un abogado.Don Roberto soñaba con recuperar su hacienda y volver a trabajar en aquellos parajes de los que fue expulsado, desterrado, las tierras que eran suyas, el campo fecundo donde supo ser feliz. Después de asistir al colegio, yo trabajaba como reportero de un diario conservador.

Mi abuelo escribía unas vibrantes cartas a máquina, dirigidas al director de ese diario, papeles que yo entregaba a la secretaria del periodista. En esas misivas desesperadas, don Roberto le rogaba al director del periódico que lo ayudase a recuperar su finca.

Después de tantos años de dictadura militar, el país vivía en democracia. Fumando en su escritorio, bebiendo un whiskey, mi abuelo me decía: Si el presidente ha devuelto los periódicos y los canales de televisión a sus dueños, también debería devolver las haciendas a sus legítimos propietarios.

Don Roberto era la víctima de un robo a mano armada y el presidente no encontraba coraje para devolver sus tierras a los hacendados despojados por la reforma agraria.Aquella mañana de invierno aprendí a manejar el auto de don Roberto, mientras él me daba instrucciones pacientemente. Era un auto mecánico, de fabricación inglesa, en buenas condiciones.

Yo estaba tenso, pues temía chocar, pero mi abuelo confió en mí y no lo defraudé. Me enseñó a hacer los cambios, a soltar gradualmente el embrague, a frenar sin brusquedad, a guiar el auto a una velocidad moderada.

Me sorprendió la absoluta confianza que depositó en mí, todo lo contrario de mi padre, que siempre me rebajaba, haciéndome sentir un inútil, un perdedor. Aprendí entonces a manejar, gracias al cariño de don Roberto.

No chocamos. Cuatro horas después, llegamos a su hacienda.Cuando se sentaba en su escritorio, fumando y bebiendo, don Roberto leía, con ayuda de una lupa, los avisos clasificados del periódico, buscando una finca, soñando con comprar unas tierras para redimirse de la vil emboscada que sus enemigos le tendieron años atrás.

Se había resignado a que el presidente, y el ministro de agricultura, y los militares, y los curas, y su propio hijo comunista, no pedirían que se hiciera justicia, restituyendo a los agricultores los latifundios que les habían sido confiscados en plena dictadura. Don Roberto era un terrateniente sin tierras, un hacendado sin hacienda, un sembrador sin árboles, un jinete sin caballos.

Sus enemigos lo habían convertido en un hombre quebrantado, diezmado, envenenado por los abusos y las injusticias. Yo lo observaba cuando él leía los pequeños anuncios del diario, marcando algunos, llamando a los vendedores de fincas para hacerles preguntas.

Luego enmudecía, abatido, descorazonado. Tenía setenta y tantos años, no le quedaba mucha vida.

A veces lloraba de rabia. Más frecuentemente el rostro se le tensaba de enojo y hacía unas muecas feroces que le desdibujaban la expresión, torciendo el gesto como si estuviera insultando a un militar, un político, un cura, un comunista como su propio hijo que no respetaba la propiedad privada.Esa mañana que aprendí a manejar su auto rumbo a la hacienda perdida, don Roberto no dejó de hacer unas muecas feroces, el semblante tenso de rabia, insultando en silencio, imaginariamente, a sus enemigos, que eran también los míos.

Cuando llegamos al campo, todo estaba en ruinas: la casa destruida y saqueada, los árboles muertos, resecos, las tierras baldías, los tractores robados, desaparecidos los caballos y las vacas. Allí no había ya nadie trabajando ni descansando ni bañándose en el río.

Allí no había ya nadie. La hacienda de don Roberto se había convertido en una casa afantasmada, un cementerio de los tiempos fértiles, el día después del fin del mundo.

Allí donde yo había montado a caballo, paseado en tractores, dormido en la casa de huéspedes, allí donde había visto trabajar al abuelo, cuidando a sus trabajadores, preocupándose por sus familias, multiplicándose para vender sus frutas, allí no había ya nada bueno, nada vivo, nada en pie, todo se había muerto, todo era polvo y olvido, campos yermos, inhabitados de promesas. Mi abuelo derramó unas lágrimas, se le torció la cara por las muecas feroces del rencor, y yo lloré con él.

Luego me expresó: Vamos a tomar algo al pueblo.El pueblo estaba a media hora en auto. Algunas almas en pena malvivían allí.

Nos sentamos a una mesa, prendimos cigarrillos, pues mi abuelo me dejaba fumar y tomar alcohol, y pedimos cervezas heladas. Unos vientos secos y tristes venían de los cerros como si fuesen caballos montados por jinetes sin cabeza.

Yo sentía que el mundo se nos había terminado y que esos predios estériles y olvidados debían de ser el infierno mismo, o su antesala. Algunos hombres apaleados por una suma de infortunios bebían, aguardando la muerte.

Flacos, desnutridos, nos miraban como si el oficio de estar vivos hubiese dejado ya de interesarles. Uno a uno, se fueron acercando a mi abuelo y lo saludaron con respeto.

Don Roberto, patrón, cuándo va a regresar, esta hacienda es suya, cuando a usted lo sacaron, todo se fue al diablo, le decían. Y mi abuelo les decía: Yo quiero volver, quiero volver a sembrar mis tierras, pero el gobierno no me devuelve mi hacienda, el presidente dice que la reforma agraria fue un acto de justicia social, y lo mismo dicen los curas y los militares, esos hijos de puta que me robaron todo.No quise tomar más cervezas porque debía manejar de regreso a la ciudad.

Cuando subimos al auto, don Roberto era un hombre derrotado, destruido, sin pasado y sin futuro. Sabía bien que no le devolverían su hacienda y que no tenía suficiente dinero, ni salud, para comprar una nueva finca.

Sabía que moriría, triste y quebrantado, afiebrado de justos rencores, haciendo muecas feroces de odio, en su casa en la ciudad, donde yo era su hijo, el hijo que más lo quería. Tal vez por eso, manejando de vuelta a la ciudad, viendo en don Roberto al padre que hubiera querido, le dije: No te preocupes, voy a ser abogado, y luego político, y cuando cumpla treinta y cinco años voy a ser presidente de este país y te voy a devolver tu hacienda.

Don Roberto me miró con la sabiduría que solo daban los años, comprendió que hablaba en serio y me expresó: Tienes quince años, en veinte años no serás presidente porque este es un país de locos y yo estaré muerto. Por desgracia, tenía razón.

Murió pocos años después, sin recuperar su hacienda, y yo no encontré coraje para postularme a la presidencia, como le había prometido.